Día XXXV: en el peor de los casos, por Yoss

En el adarve, los yowas alzan sus armas y aúllan, encantados, cuando Oyoga, cuya enorme silueta parece diminuta en la distancia, lanza por los aires, con un preciso revés de su gran alabarda, al tercer y último lobo.

Que luego se yergue y se aleja a duras penas, usando sólo sus patas delanteras, arrastrando lastimeramente las traseras y aullando de dolor y pánico… hasta que el gigante aplasta su ya dañada espina dorsal, con su enorme bota recubierta de acero, rematándolo.

Un vapor difumina la forma del cadáver lupino… y de repente, en su lugar hay un hombre de negros cabellos rapados, tendido en el suelo en una postura casi anudada, por completo incompatible con la vida.

Victorioso por cuarta vez en el día, en apariencia invulnerable en la pesada armadura de trinchera que Shakowa y los demás herreros forjaron especialmente para su enorme cuerpo, el Martillo de Shonto levanta su terrible arma de asta, como saludando a su dios, en lo alto.

Luego da media vuelta, sin volver a mirar el cuerpo destrozado del cambiapieles enemigo, y regresa al castillo.

-A ese último no tenía necesidad de matarlo- rezonga Kowiya, acariciándose una de las sienes, tras despojarse del pesado yelmo, con expresión de obvio alivio, mientras observa cómo el campeón de la fortaleza se acerca, por el puente levadizo, acompañado como siempre por el shamán heraldo e intérprete, y por el silencio del anonadado Ejército Libertador –Ya estaba acabado, desde que lo lanzó al aire, al final.

-Fue pura piedad. No creo que ningún guerrero quisiera seguir viviendo sin poder usar sus piernas. Y fueron los mismos ryukeshas quienes pidieron luchar a muerte- le recuerda el gorakan Yarawo, satisfecho por la exhibición de su combatiente –Nadie se los impuso. No sé si los tres cambiapieles lupinos que aniquiló Oyoga ahora contarán como un solo desafío, pero, de no ser así… ya el Martillo de Shonto lleva seis enemigos vencidos. Si sólo derrota a cuatro más…

-No creo que los cavatierras se retiren, ni aunque Oyoga venza a cien de ellos. Ni a mil- objeta el jefe de artilleros, escéptico, volviendo a encasquetarse el casco con máscara de calavera, con una apenas disimulada mueca de dolor –Pero siempre es entretenido, ver pelear al gigante. ¡Y pensar cómo nos burlábamos de él, en Yowa, porque no podía montar a caballo…!

-Lejos, donde no podía oírlos, supongo- sonríe el kan de kanes, acariciándose el mentón, en el que ha comenzado a aflorar una leve pelusita rubia, crecimiento del que está desmesuradamente orgulloso –Pero tienes razón, Kowiya… yo tampoco creo que esos nadadores comepeces se retiren de ninguna manera. Como mismo ellos saben que no pretendo dejarles Kangayowa, si de alguna manera uno de los suyos vence a nuestro coloso. Ambos bandos sólo estamos… ganando tiempo. Cínico, pero real.

-¿Oyoga también sabe que los combates de su reto uno contra diez son pura apariencia?- pregunta el artillero, preocupado, con otra mueca, mientras se ajusta el yelmo para que le moleste lo menos posible –No quisiera ser quien se lo tenga que explicar, si gana y esos cavatierras siguen ahí afuera…

-Lo que no sepa, no le hará daño. El Martillo de Shonto es un alma simple- se encoge de hombros Yarawo, con despreocupación. –Y también una criatura de los Shontolanes. Ellos se lo harán entender, si hace falta que lo entienda. Pero supongo que bastará con que lo acepte. Y lo aceptará- cambiando de tono, le pregunta a su interlocutor: –Los hombres santos… no te han mencionado nada raro ¿no? ¿No han sentido con su brujería… ninguna mina, ningún túnel… nada nuevo?

-Sólo lo que vemos- replica Kowiya, seguro, y un poco más relajado, tras dar con lo que parece una posición algo más confortable para el casco, sobre su adolorido cráneo –La gente de la manca Ygrelth sigue llenando los lechos de los lagos desecados con cestos de tierra, y construyendo algo que parece una gran torre de asedio, al fondo de su campamento. Pero creo que tardarán años, en echar suficiente tierra para que pueda pasar por ahí. Así que no puede ser sólo eso…

-No, no puede ser únicamente eso. Sé muy bien que esa maldita vieja ¡ojalá que Shonto haga estallar su corazón! prepara algo oculto, algo inesperado- refunfuña el gorakan Yarawo, oteando por encima de la muralla, pero sin atreverse a alzar mucho la cabeza sobre las almenas.

Terminada la tregua del desafío, tanto los fundíbulos como los cañones y otras armas de fuego menores han reiniciado sus eternas rondas de disparos contra las murallas.

-Cuidado, mi kan, no se arriesgue- le advierte Kowiya, de todas formas –Ya empezaron de nuevo, y usted es la presa que todos los enemigos ansían…

En los últimos cuatro días, los francotiradores tumbrianos se han vuelto un auténtico incordio, para los sitiados. Con sus rifles de cañón estriado, que confieren un fuerte giro a la bala cuando los abandona, estabilizándola, pueden hacer blanco con asombrosa precisión, y desde mil pies de distancia… o más.

Varios disparan desde posiciones altas, en la montaña, como el que mató al kaikodo. Y se esconden con un arte que no tiene nada que envidiarle al de los ryukeshas: bajo capas de nieve, con ropas grises indistinguibles de las rocas…

Otros prefieren acercarse más, y recurren a mantos de césped vivo, como los guerrilleros… aunque ya no queda mucha hierba verde en los glacis. Los terceros se embadurnan de barro y hacen fuego desde los fangosos taludes de las orillas de los lagos ya vacíos.

Pero es un acoso constante, su fuego de precisión.

La víspera, una de sus balas golpeó el casco de Kowiya… y si no se tratara del pesado yelmo de una armadura de trinchera, de casi dos dedos de grueso, habría desparramado sus sesos sobre el adarve.

Pero hoy todavía le duele la cabeza, al artillero, por el impacto: fue como estar dentro de una campana, cuando alguien la golpea con el badajo.

-Si sólo pudiera adivinar por dónde va a atacar ahora esa manca maldita- sigue pensando el kan de kanes, en alta voz –Conoce muchos trucos. No me trago lo de la torre de asedio. Es una pista falsa, evidentemente.  Un engaño para tontos. ¿Lanzará un ariete flotante sobre el foso, para romper los muros? ¿O irá de nuevo contra el puente levadizo?

-Mi kan, no se obsesione. No vale la pena- le advierte Kowiya, filosóficamente resignado, pero frunciendo el ceño por la cefalea remanente del balazo del día anterior. -Nadie puede entrar en la mente de su adversario… y es mejor aceptarlo. Tranquilícese: ya hemos hecho todo lo que es humanamente posible hacer. Por donde vengan, los estaremos esperando…

-¡Ah, si los constructores de Kangayowa hubieran dejado por lo menos una poterna oculta, en estos muros, aunque fuera bien estrecha…!- rezonga el gorakan, como si no hubiese escuchado a su artillero jefe.

-Qué bueno que no lo hicieron, o ya medio centenar de ryukeshas se nos habrían colado por ahí- lo contradice Kowiya –Aunque, mi kan, reconozco que no sé muy bien lo que es una poterna, por su tono de voz supongo que…

-Una puerta oculta en la muralla de la fortaleza, que permite la salida de los asediados, de uno en uno, para atacar a los sitiadores por su retaguardia –recita Yarawo, mirando al artillero con cara de reproche. –Uyasewa lo habría sabido…

-Sí, pero… lo siento; yo no soy él. El kaikodo ya no está con nosotros, y aunque todos echamos de menos su prudencia y sagacidad, hay que seguir adelante- le recuerda Kowiya, con acrimonia –Mi kan… subí más de la mitad de la pólvora y las municiones al donjon. Pero los trabuquetes que nos quedan… ni siquiera desarmados cabrían en la azotea de la torre. No hay nada que hacer…

-Me lo temía- suspira el kan de kanes –Pero no es tu culpa, por supuesto. Bueno… Shonto proveerá; que tus hombres sigan disparando con ellos desde el patio central… ¿y las balistas?

-A esas, como ya estaban en el adarve, las rodamos hasta el puente de acceso al donjon y sí las subimos- se ufana el artillero –Ahora hay una junto a cada culebrina. Y dos en el matacán sobre el puente levadizo. Estaba pensando en embadurnar las puntas con excremento humano… ya lo estamos haciendo con las flechas, después de todo. Una herida infectada es un feo asunto…

-Háganlo ¿Y las fraguas?- inquiere Yarawo, distraído –Aunque no es que nuestras balas incandescentes hayan podido hacer mucho, contra esos puentes de los khorks ¡malditos sombreros de hierro! Esa idea de forrarlos con cueros mojados, para que no ardieran, funcionó muy bien…

-Las fraguas las subimos todas al donjon- informa Kowiya –calentar las balas al rojo vivo lleva tiempo, es cierto… pero también pueden servir para mantener líquido el plomo…

-Ah, claro… el plomo… terrible- comenta el gorakan, evidentemente con la mente en otra parte. Murmura algo, como si hiciera algún complicado cálculo mental.

Sólo cuando su cortés, casi servil interlocutor lleva callado casi un minuto entero, es que el kan de kanes sale de su ensimismamiento, con un súbito respingo: -Perdona, Kowiya… es que estaba acostumbrado a conversarlo todo con tu jefe, y cuando me falta, a veces me quedo sin saber ni qué pensar. Ahora quedamos unos tres mil trescientos, en la fortaleza ¿no?

-Hombre más, hombre menos- concuerda el artillero –éramos dos centenares, los de Uyasewa, luego usted llegó con sus cinco mil. Perdimos millar y medio en el desastre de la barbacana, con Hankawa. Luego, los doscientos de Hidoshi y, entre ambas cosas, otro par de centenares cayeron en la muralla, durante el intento de escalada enemiga…

-Pero los paramos- señala, no sin orgullo, el kan de kanes.

-Sí, los paramos… y de esas doscientas bajas de la muralla, por lo menos la mitad son sólo heridos, y muchos se recuperarán pronto- hace notar Kowiya –Las balas de plomo de los arcabuces y rifles entran calientes en el cuerpo y cauterizan a medias el agujero que abren. Mientras que ellos, heridos por nuestras flechas sucias… muchos morirán de la infección. Y si no, por muy bueno que sea ese médico real, el viejo Motkath… no tendrá descanso, amputando miembros.

-No perdieron mucha gente en la barbacana, es cierto- calcula Yarawo –Pero la escalada les habrá costado al menos un par de miles de bajas… entre ahogados y heridos por nuestras armas. Muchos de muerte… Ojalá y Shonto hable por tu boca.

-No, no tantas- corrige el artillero, frunciendo el ceño por el dolor de cabeza – Pongamos que millar y medio. Pero eran más que nosotros, al comenzar el sitio.

-Ya lo sé ¡ya lo sé!- se molesta el kan de kanes –Tú, corrígeme, si me equivoco en mi cuenta: un regimiento de catafractos… cerca de ochocientos jinetes… bah, ¡por Shonto! digamos que un millar, si le sumamos a esa patética guardia real de Korgalth II… ya tampoco servirán de mucho, esos nobles engreídos, sin su comandante y su capitán, muertos ambos por nuestro Martillo de Shonto. Más un blanquinegro: un regimiento de arcabuceros tumbrianos y otros tantos piqueros gadeos. Ya serían tres millares ¿no?

-Súmele la misma cantidad Perros de Mar, el grueso del Ejército Libertador, mi kan- interviene Kowiya –Y otro millar de los malditos ryukeshas ¡Shonto los fulmine a todos! Menos mal que Oyoga también mató a su jefa, esa monstruosa Partecráneos ¡todos la vimos desde las murallas, convertirse en osa pescadora! Monstruos…

-Pues van siete mil. Bueno, tal vez algunos menos- corrige el joven kan de kanes –No sé si, juntos todos los guerrilleros, llegarían al millar. Matamos a muchos, cuando arrasamos esas aldeas…

-Siete mil; cuente también a los sombreros de hierro tumbrianos… aunque no llegan ni a medio centenar. Y a esa Gente de la Oscuridad, los leprosos mineros- insiste el jefe de artillería –Y todavía dejamos fuera por lo menos a dos mil seguidores de campamento…

-Civiles y mujeres, casi todas- desprecia el gorakan –Si acaso, un puñado de viejos y rufianes que sabrían dar una cuchillada en un callejón oscuro, pero no pelear en primera fila…

-No desprecie a las hembras khorks, mi kan- le advierte Kowiya, tratando de sonar humilde y reprobador, a la vez. -Muchas ryukeshas son mujeres, y han luchado muy bien. La misma Partecráneos…

-¡Oyoga la mató!- exclama Yarawo, como si le molestara hasta escuchar el nombre de la difunta guerrillera –Puede que fuera buena escondiéndose y peleando en las sombras. Pero no era una guerrera; el Martillo de Shonto lo demostró partiéndole el espinazo… siete mil enemigos, entonces, eran al llegar ¿y cuántos crees que les queden ahora?

-Por lo menos cinco mil- suspira Kowiya –Las pérdidas que sufrieron en la escalada fueron terribles. Pero no definitivas.

-Cinco mil contra tres mil trescientos- murmura el kan de kanes –No suena tan mal, así. Y nuestros muros siguen sin ser superados.

-Mi kan, creo que le preocupa lo mismo que a mí- dice, lentamente, el artillero, de nuevo metiéndose la mano bajo el yelmo para frotarse la adolorida sien –Esa anciana con una sola mano, Ygrelth… ya ha demostrado que no es tonta, que sabe hacer la guerra mejor que muchos hombres. Así que, si aceptó ese tremendo número de bajas ¿a cambio de qué sería?

-Sí, esa es la gran pregunta, ahora- suspira Yarawo –Kowiya… sé que prepara un truco de los suyos. Y tú también lo intuyes. Esa maldita araña tiene que estar terminando de tejer su red, en estos mismos momentos… y me desespera lo que no eres capaz de imaginarte no poder hacer nada para evitar caer en ella ¡Shonto la maldiga!

-Tenemos seis culebrinas en perfecto estado, y uno de los morteros todavía funciona bastante bien- puntualiza el jefe de artillería –Hice bajar del donjon las dos armas de bronce que perdieron exactitud al calentarse, y las cambié por las dos de los baluartes junto a la montaña- Por donde vengan… los recibiremos con una tempestad de piedra y hierro.

-Ojalá y eso los contenga, amigo… ojalá y Shonto pelee de nuestro lado, la próxima vez que ataquen esos cavatierras- suspira el gorakan –faltan sólo ocho días para Gurzegh… y estoy seguro de que ahora, cuando vengan… será con todo.

-Pues peor para ellos, mi kan. Y mejor para nosotros; todos morirán, y así podremos regresar al Cielo de Hierba. Aunque sea a pie. Pero píenselo… ¿no sería magnífico, poder cabalgar, ahora mismo, por la estepa sin fin, ver la hierba moviéndose? Tal vez ya llovió y ha reverdecido el pasto- dice Kowiya, con sincera nostalgia… aunque está muy lejos de sentir tanta seguridad como proyecta su voz.

A él también lo preocupa sobremanera qué puede estar tramando la vieja zorra de Ygrelth. Y, como artillero, esas bombardas de las que sabe que dispone, pero que todavía no han disparado en todo el asedio… realmente, le quitan el sueño.

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