Día XXIX: pasado mañana, al amanecer, por Yoss

Cuando todavía el halo solar ni siquiera se asoma por el horizonte, al este, ya toda la fortaleza de Kangayowa está despierta y alerta.

Pero en completo silencio. Al acecho.

De hecho, muchos soldados han dormido en los adarves, si bien envueltos en sus capas; refresca bastante de noche, en la montaña, hasta para tipos duros de la estepa occidental.

Cuando un rumor casi inaudible brota desde las escaleras que conducen a las mazmorras, las decenas y decenas de arqueros sentados frente a la salida se ponen de pie y colocan saetas en las duelas de sus armas, aguardando, expectantes.

La primera fila de mujeres que salen corriendo al exterior, parpadeantes por el brusco cambio de iluminación, semidesnudas y ensangrentadas, llevan en las manos varios cuchillos, más dos o tres sables yowas, un hacha de leñador, unas tenazas… todo lo que pudieran encontrar para golpear, pinchar, cortar. Las demás blanden los mismos pesados grilletes de los que se han librado gracias a las providenciales ganzúas traídas por el tritón, noches atrás.

Pero, aunque mal armadas, están dispuestas a todo, desde la primera hasta la última.

Aturdidas por la luz y el círculo de arcos cargados que les apuntan, detienen su carrera y se quedan mirando a la muerte que las recibe, durante un largo instante. Entienden lo que ha fallado… y lo que les espera. Y aún así, no temen.

Echan a correr hacia sus asesinos, sin proferir ni un solo grito.

La primera andanada de flechas mata a casi la mitad de las fugitivas. Los arqueros que han disparado se arrojan al suelo, y la segunda fila lanza sus saetas por encima de ellos. Así hace también la tercera.

Las mujeres siguen saliendo de la escalera. Los yowas, lanzándoles flechas.

Los guerreros son muchos más. Las khorks nunca llegan a tener una oportunidad

Cuando a los arqueros de la décima fila les llega el turno de liberar sus saetas, ya tienen que apuntar al suelo: no queda en pie, ilesa, ni una sola de las prisioneras sublevadas, que buscaban a venganza y libertad.

Ya nadie sale por las escaleras. Y varios centenares de cuerpos femeninos, muchos desnudos, todos erizados de saetas, yacen sobre el patio central de Kangayowa. Algunos se retuercen aún, y sangran, agonizantes. Pero ni una sola se queja.

Son duras, las mujeres khorks.

Todo ha durado menos de un minuto.

Los arcos vacíos vuelven a las aljabas. Cientos de sables chirrían al ser extraídos al unísono de sus vainas. Los yowas avanzan, dispuestos a rematar a las heridas.

Los tres shamanes van junto con los hombres. Unas pocas cautivas, lo bastante astutas como para fingirse muertas, logran lanzar un tajo o un golpe a sus matadores. Pero sólo uno, y ninguno mortal; las corvas y afiladísimas hojas yowas reaccionan, veloces, para evitar nuevos ataques… y la sangre salta.

Acompañados por hombres con antorchas en una mano y el sable ensangrentado en la otra, y más arqueros con dardos en las cuerdas, los Shontolanes bajan las escaleras, por si alguna rezagada o cobarde quedó en las mazmorras.

No encuentran ninguna. Sólo los cuerpos de los cinco guardianes, con las gargantas abiertas y los testículos introducidos en las anchas heridas. Para que no puedan llegar como hombres enteros al paraíso de Shonto.

Los shamanes se encogen de hombros, ante los profanados cadáveres: siempre supieron que las khorks eran unas salvajes sacrílegas. Por eso designaron para la guardia de esa noche a los guerreros más torpes e inútiles de toda la tropa: los peores jinetes y arqueros, los más lerdos con el sable, tan tontos que ni siquiera preguntaron por qué, cuando les dijeron que no podían bajar a las mazmorras sus arcos y flechas.

Un pequeño sacrificio para deshacerse de esas malditas prisioneras, que estaban rebajando la moral de la guarnición y podían ser una peligrosa quinta columna de los sitiadores.

Mientras que ahora, en gran sacrificio a Shonto, aseguraran el favor del exigente Cielo, que tanto necesitan los defensores de su fortaleza.

Cuando están seguros de que no queda con vida ninguna de las cautivas, los Shontolanes se hacen tajos en sus brazos para derramar su propia sangre, y ordenan cortarles a todos los cadáveres femeninos la cabeza, los brazos y las piernas.

Algunos yowas vomitan, ante la macabra tarea. Pero el gigantesco Oyoga, con su imponente alabarda, se destaca en la sangrienta labor: si Shonto lo exige, y los shamanes lo dicen, hay que hacerlo. ¿Quién es su guerrero elegido, para cuestionar el deseo de sus mensajeros?

Cuando el gorakan y el kaikodo dan la orden, los fundíbulos de la fortaleza empiezan a arrojar sus macabros proyectiles por encima de los muros. Justo cuando los primeros rayos del sol ya se reflejan en la miríada de lagos más allá del inclinado glacis de la fortaleza.

En el punto más alto de su movimiento pendular, las bolsas al extremo de los largos brazos lanzadores se abren, y decenas de objetos oblongos vuelan sobre el ancho foso inundado. Luego caen en la hierba que cubre el glacis, rebotan, ruedan pendiente abajo. Algunos van a dar, con sonoro chapoteo, en los lagos más cercanos. Pero son los menos.

Son grandes trozos de carne, difíciles de identificar: ni cabezas, ni miembros humanos. Pero decenas, cientos, tantos que tiñen de rojo la hierba, al caer y deslizarse sobre ella.

Ocultos bajo sus mantos de césped, en el glacis, en los serpenteantes caminos entre los lagos, los ryukeshas que esperaban a las cautivas los ven llover del cielo, a su alrededor, y saben que algo ha salido muy mal en la fuga. Ni una sola mujer ha saltado al foso desde los muros de Kangayowa. Ni una sola se ha aferrado a las cuerdas que ellos tendieran, en la oscuridad, para que pudieran trepar fuera del agua, hasta sus brazos.

Pero sólo cuando algunos de los sanguinolentos despojos caen lo bastante cerca de sus escondites es que los reconocen, los maridos, padres, hermanos, tíos y primos emboscados: son torsos femeninos.

Con magullados senos y anchas caderas, con frondosos, oscuros matorrales púbicos y opulentas nalgas. Los torsos de sus esposas, hijas, hermanas, sobrinas, primas. Despojados de cabezas y miembros, para que a sus adoloridos deudos les sea más difícil, o incluso imposible, identificarlos.

La ecuanimidad humana tiene un límite, y la desesperación puede vencer a toda prudencia. Aullando, enloquecidos de dolor, casi un centenar de ryukeshas saltan fuera de sus mantos de césped, encurdan sus arcos de tejo con los dientes apretados, lanzan flecha tras flecha a los vacíos adarves de la fortaleza, hasta vaciar sus aljabas… mientras la siniestra lluvia de torsos femeninos sigue cayendo sobre ellos.

Partecráneos, rugiendo y blandiendo su clava, camina de un lado a otro sobre el borde del glacis, como retando a los sitiados a salir a luchar contra ella.

Pero ni un solo nómada se asoma a los muros de Kangayowa, por más que los pocos guerrilleros salten, agiten sus hachas, lancen saetas y se desgañiten, reclamándolos, retándolos, insultándolos.

Sólo, lentamente, cientos de cabezas de ojos rasgados abiertos para siempre y cortos cabellos negros van alzándose por encima de las almenas, ensartadas en lanzas, goteando sangre sobre los muros inclinados, en macabra burla del sufrimiento de los khorks.

Cuando los ryukeshas ya han enronquecido de tanto gritar y, resignados a que ningún yowa responderá a su desesperado desafío, comienzan, cabizbajos, a recoger los restos de sus mujeres… desde dos de los baluartes redondeados, desde el alto donjon, dese el patio central lleno de trabuquetes, catapultas y balistas, comienzan a caer balas, bombas, bolaños, grandes flechas, sobre ellos.

Luego llega el estruendo de los disparos, y las nubes de humo. Y en las almenas, bajo las lanzas con cabezas cortadas, se asoman miles de arqueros, con cascos de metal y máscaras de calaveras, que les obsequian una lluvia de flechas a los estupefactos enemigos.

Incluso la misma Partecráneos recibe un saetazo, en uno de sus gruesos muslos. Aunque apenas si parece notarlo.

Mientras que los dardos de los grandes arcos de tejo de los guerrilleros rebotan inofensivos contra los anchos escudos rectangulares, gruesos petos y pesados yelmos de los yowas.

Kangayowa no se rinde, ni es fácil de tomar por sorpresa. Sólo unos pocos ryukeshas logran regresar junto al grueso del Ejército Libertador. Los restos de varias decenas quedan en el glacis, junto a los lagos, en el foso… erizados de saetas y/o destrozados, hasta tal punto que resulta muy difícil distinguirlos de los de sus mujeres, cuando no imposible.

Confundidos en la muerte, ellas y ellos.

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