Taberna el Fénix

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1.223 comentarios sobre “Taberna el Fénix

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    1. No estoy seguro si lo estoy haciendo bien para publicar. Si sale, perfecto, veo que es el cumpleaños del emperador, me sumo s los felicitaciones, tenga mis mejores deseos de salud y prosperidad para usted, familia y amigos.

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      1. Ya salen perfectos, camarada, no tienes que preocuparte por que los apruebe, aquí el sistema es distinto.
        Y muchas gracias por las felicitaciones, fue un buen día 🙂

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        1. Jajaja, esperemos que así sea y el imperio dure decenas de años, lo cual sería genial. Pero ya veremos, un abrazo y muchas gracias una vez más camarada.

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  1. Hola a todos, camaradas, espero que el blog les esté siendo cómodo en su mayoría. Todavía me quedan hacerle algunos ajustes y buscar un tema en el cual pueda tener un mejor banner y una página de inicio. Pero, poco a poco, gracias a todos por seguir al blog en su mudanza.

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  2. Hola, camaradas, hoy me displace informarles que la batería de mi laptop murió (probablemente las visitas a la wiffi no le hicieron bien).
    Pero bueno, eso me deja sin forma de publicar las entradas, al menos hasta noviembre. Pero, veré si la sala de navegación del centro de la ciudad sigue funcionando y publico el contenido allí el fin de semana.
    Tengan un buen inicio de semana, y si tiene una bateria de VIT P2412 en buen estado, la compro.

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    1. Mis más sentidas condolencias, emperador. Sin dudas luchó valientemente por la gloria del imperio, ahora en el momento de su partida alcemos una plegaria a los dioses para que acepten al noble artefacto en la gloria de sus elegidos y que así mismo permitan que su anima encarne en un nuevo artefacto que descienda de las alturas para proveer del poder eléctrico a la computadora imperial.

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  3. Bueno, camaradas, me displace informarles que las interrupciones del fin de semana se debieron a que la administración estuvo actualizando los temas y eliminando algunos plugins como el de SEO (infernales sonidos de disgusto).
    Todavía queda que actualicen el tema, así que esperen futuras interrupciones.
    Gracias por seguir al blog.

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      1. La plataforma está en decadencia, así que es normal que acudan a esas cosas para pagar menos por recursos contratados a Etecsa, que es un dinero fuerte.

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  4. Hola Cantallops que tal por aquí
    Creo que me voy a apuntar al nanowrimo…jejejeje
    Tengo una idea bastante bien construida.
    En cuento me organice vengo a poner el resumen.
    ಠ ͜ʖ ಠ

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    1. Ánimos camarada, pero trata de que sea esta semana o, a más tardar, la otra. El 25 cierra la convocatoria y hasta ese día es que estaré recibiendo suscripciones.

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  5. Hola a todos, hoy las entradas se publicarán un poco más tarde debido a que por el apagón no hay wiffi. Pero a eso de las ocho y media debería estar publicados.

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  6. Solo faltan 24 días para el NaNoWriMo camaradas. A todos mis contrincantes les deseo suerte logrando esas 30K. Yo aspiro a lograrlo, veremos. Pero lo bueno aquí es que el blog se llene de historias. Como sea, un poco de saludable espíritu competitivo siempre viene bien. ¿Quién cumplirá la meta? Eso lo sabremos muy pronto.
    Como decían los Stark de winterfell: November Is coming!!!
    No se lo pierdan, y lean al viejo VonGoldring si pueden, tengo algo que tal vez podría gustarles. ( Inserte risa malvada con carcajadas dementes).
    PD: lean a todo el mundo, y al emperador claro está, al César lo que es del César, pero lean, opinen, cuestionen cosas, eso hará que en noviembre pasemos un buen rato con esto.
    Hasta entonces, usen nasobuco y lavense las manos. Un saludo.

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    1. Jajaja, bueno el espíritu, camarada. Aunque el evento es más sobre q la mayor cantidad de personas llegue a la meta de palabras. Aunque yo me tomaré mi tiempo en llegar a las 30.000 palabras.

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      1. Bueno, en ese caso no hay nada de malo en que yo quiera ser el primero XD. Tengo como para 10 capitulos bien organizados que solo sería escribirlos. Comencé con algo pequeño y creo que la idea tiene potencial hasta para una novela larga. Estoy ansioso por comenzar, pues de momento sigo en centro de aislamiento y eso me da tiempo, ojalá que en noviembre no se me enrede la vida y pueda escribir a intervalos regulares. La cosa es que cuando empiece quiero adelantar por si acaso me mandan para consultorio y tengo que bajar el ritmo.

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        1. Esperemos q las cosas se den para trabajar en las mejores circunstancias. Yo tengo q organizarme, pero creo q al menos llegaré al mínimo de páginas.

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  7. Hola a todos, quiero avisarles que es probable que la plataforma de problemas durante estos días. Hay una nueva versión de WordPress desde hace semana y algo, así que es probable que durante este mes o principios del otro decidan actualizar. Por lo que si el blog está caído durante un tiempo, no se preocupen, se debe a eso.

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  8. Saludos Puenterianos!
    Una pasada por acá, que hace rato no comentaba. Aunque nos encontramos en WhatsApp con más frecuencia.
    Ahora de regreso al trabajo así que con menos tiempo, pero tratando de leer todo lo que se pueda.
    Cuídense mucho,
    Un abrazo.

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    1. Buenas noches, correctora imperial. Espero q el laburo te deje tiempo para venir de vez en cuanto. Sabes que andamos por acá o en el whatsapp.

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      1. Saludos también para ti Sauron. Lo de gran VonGoldring pues gracias, me hiciste sentir importante XD!!! Hubo una época en que me llamaban el guardián de la taberna, pero bueno, supongo que era porque vivo metido en el blog. Es raro un día que no pase por aquí. Bueno ver que tú también lo frecuentas. Cuídese mucho camarada.

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    1. Hola Luth, que bueno verte por acá. Las cosas andan tranquilas. El emperador ha arrancado el blog recientemente, la gente va y viene. Te aconsejo q te quedes pues en noviembre tendremos NaNoWriMo.

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      1. Hola Von! que bueno que andas por aquí, yo hacia bastante que no pasaba, pero si, ya debo poder visitar mas el blog. Si, se lo del Nanowrimo, el cual leeré , pero no participare, jajaja.

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    2. Hola, Luth, gracias por pasarte por acá, tras tanto tiempo.
      Aunque lo mejor seria conectarte en la mañana, q es cuando hay más personas y se puede intercambiar.

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        1. Esperemos q así sea. ¿Está despierto a las siete de la mañana? Yo estoy publicando a esa hora las entradas, escuchando el canto de los pajaritos del parque.

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  9. Hola Cantallops como anda todo….si si…estoy perdido… Jajaja
    Oye he estado ya sabes leyendo buscando cosas y libros. Ahora mismo estoy centrado en cuentos, relato e historias cortas de ciencia ficción , ya sabes los clásicos .
    Y me pregunto, existe está categoría en fantasía? Porque la verdad Google no me ayudó mucho.
    No tienes alguna lista por ahí que recomiendes?

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    1. Eso es un tema complejo, debido a que la existencia de cuentos de cf se basa en q durante medio siglo, fue la principal salida de publicación (las revistas), hasta q se volvió comercialmente aceptable.
      En el caso de la fantasía, debido al tipo de historias y que hasta el final de los setenta no era muy popular, sólo puedes encontrar cosas similares a Conan en estos primeros años.
      Cuando la fantasía se hace comercialmente viable, lo que quieren las editoriales son trilogías y es lo q más se escribe. Pero, tímidamente, aparecen revistas y antologías (Mundo de ladrones es un buen ejemplo) donde los autores novatos se daban a conocer y los populares hacian una calderilla entre novelas. Y aunque han surgido varias revistas digitales, de las cuales la más conocida es Beneath Ceasless Skies no hay un movimiento fuerte de cuentos de fantasía (algo q tenemos nosotros debido a que no tenemos salida de mercado de novelas).
      Por eso, lo que te recomiendo es esta revista digital q te mencioné, que tiene más de centenar y medio de números. Y las antologías que son premio en esa categoría del Nébula y Locus. Hay una trilogía de antologías que se autoproclama los mejores cuentos de fantasía, pero es puro marketing. Lo otro seria preguntar en Reddit, aunque te arriesgas a recibir propuestas genéricas y politicamente correctas.

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      1. Gracias por la lectura del Bicitaxi del tiempo camarada. Me alegro si te reiste de vez en cuando, para eso lo hicimos, para reírnos todos. Si ya quieres uno es más difícil. Los viajes al pasado están prohibidos y si te deportan al período especial no la pasarás muy bien XD.

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    1. Las historias de taberna son como una broma interna de la comunidad del blog. Esta es como la tercera, hasta ahora siempre las escribo yo aunque a veces alguien se ha animado a escribir un capítulo como lo hizo Michael en El bicitaxi del tiempo. Los personajes principales siempre son los amigos de aquí y ponemos otros secundarios. Hay una incompleta q es La Rueda del Jamón que debo relanzarla pronto. Por lo demás son como novelas cortas y se van publicando diario en la taberna hasta q se acaban. Tengo otra armada pero no será con los amigos de aquí como personajes pues va a ser como un evento en noviembre donde varios vamos a tratar de sacar algunas novelas por acá, esa va a ser una obra original. Igual si te unes a la comunidad del puente tú también puedes salir un día en una historia. Claro, si te parece bien.

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      1. El Señor Oscuro abrió los ojos con pereza, se estiró entre las sábanas mientras bostezaba. Miro su mosquitero con huecos. Se suponía que un Señor Oscuro era inmune a todo tipo de picaduras de insectos, si es que incluso era a prueba de espadas, flechas y bolas mágicas. Pero así y todo un todo un miserable mosquito se le había metido en el oído en una ocasión, esa vez tuvo que hacer cola junto a un grupo de insignificantes mortales que no paraban de santiguarse y de gemir, para poder ver a un médico. Al final extraer el mosquito fue sencillo, una jeringilla XXXL llena de agua fue vaciada en el oído del Señor Oscuro y el mosquito salió. Claro después de eso el médico fue secuestrado y ascendido a Matasanos del Dolor, el Señor Oscuro le inventó el cargo y lo puso al cuidado de sus huestes.
        Esta partida de aduladores que tengo no me convence- suspiró el Señor Oscuro- según ellos debo proyectar un aura de desesperación, dolor y ruina. Ruina. Eso no me convence. ¿Por qué debo tener mis cortinas agujereadas y remendadas, las paredes de mi castillo agrietadas, telarañas en todos lados, polvo, suciedad? ¿Por qué mis prisioneros y prisioneras tienen que ser las criaturas más horrendas que hay, igual que mis sirvientes desdentados y jorobados? ¿Por qué no puedo capturar algunas princesas y hacerlas mis sirvientas? Contratar algunos albañiles, reparar el castillo y eliminar la palabra ruina de mi alfabeto.
        El Señor Oscuro se sentó en el borde de su crujiente cama y buscó con los pies las sandalias de piel de dragón, las calzó, se dio media vuelta y arrojó un hechizo de fuego nivel 2 sobre su cama y mosquitero, todo ardió con alegres chisporroteos y llenó la habitación de humo. El Señor Oscuro sonrío.
        “Es un buen momento para un cambio-pensó- a partir de hoy todo será diferente”- Y alzando la voz:
        -¡Adelante mis legiones! ¡A la conquista del Último Puente!

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        1. Camarada, mantenga una misma dirección de correo junto con el nick para que se apruebe automáticamente el comentari. Si no, el sistema lo reconoce como alguien diferente.

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      2. Tenga buen día estimado José Alejandro Cantallops, desde hace unos días estoy recorriendo el blog y le doy las gracias por poner al alcance de todos tan geniales obras, artículos y demás. Recién estoy leyendo los 43 dias de kangayowa ¿tendrá usted esa novela en otro formato? Se me hace muy difícil leerla pues me conecto al blog por el móvil y en ovaciones es muy lento, si la tiene en otro formato y le es posible mandemela a mi correo raudel1983@nauta.cu, le estaré agradecido.

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        1. Hola, Sauron, tras varios comentarios que has dejado creo que el problema es tu nick, que el sistema lo coge automáticamente como spam.
          Gracias por revisar el blog. Pero en lo referente a la velocidad, hay q tener paciencia, cubava es un subdominio con problemas y lentitud, como todas las páginas nacionales.
          Los 43 días de Kangayowa es una novela inédita y exclusiva para el blog cedida por Yoss. Por lo que fuera de publicarla aquí no puedo hacerla circular de otro modo, ya sabes, cuestiones de ética profesional. Pero te recomiendo lo que yo hago para estos casos, que es guardar la página del navegador (q se puede hacer en móvil, pero no si estás usando la apk del movil).

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  10. Bueno, ahora sí se acabó la historia, con la publicación del capítulo 25 y el epílogo mi trabajo termina. Espero que les haya gustado. Fue una historia larga, más larga que las que suelo poner aquí, los últimos capítulos los tuve que hacer con pocos días de ventaja y me estresé un poco para no atrasar ni un día las entregas. Me alegro haber cumplido. Un saludo a todos y nos vemos en otra historia de taberna.

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    1. Excelente trabajo camarada, disfruté un montón leyendo sus crónicas de guerra, tuvo un poco de todo, buenos personajes, combates intensos, abundancia de misterios, y formas bastante creativas de aplicar magia en tácticas de guerra. A menudo acudí a Google para tener una idea de cómo se veían los vehículos y armas mencionados en la historia (muy diferentes a como los dibujé en mi imaginación). Obviando algunos typos y frases que se mejorarían en una revisión, la narración me pareció perfecta, breve pero precisa.

      Mis felicitaciones, muchas gracias por traernos esta maravillosa historia, espero con ansias su siguiente trabajo.

      Dann

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      1. Gracias por la lectura y el comentario, hermano Saburov. Mi objetivo siempre fue mantenerlo simple y mi miedo era que la narración bélica se volviera muy pesada. Sin dudas hay que darle una buena editada, los últimos capítulos salieron a la carrera pues la escritura chocó con unas guardias feas y un par de problemillas que se me presentaron pero ya tendré tiempo de hacerlo. Tengo pendiente el fin de La rueda del jamón, la cual quisiera relanzar, veremos qué tal lo logro. Tengo el proyecto para el NaNoWriMo de noviembre en el cual debo seguir trabajando, tengo mi novela de toda la vida en espera, tengo Malaz por leer aún, en fin, lo q falta es tiempo. Un saludo y espero que haya más historias de taberna. Sobre todo de otros amigos. ¿Te animas?

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  11. Epílogo.
    Han pasado varios años desde nuestra llegada a Suiza. Qué bello país, no es el hogar que tuvimos pero sí un bien sitio para iniciar una nueva vida. La guerra ha acabado, parece mentira, ya la gente vive sus vidas y viaja a otros países a pasar las vacaciones. ¡Qué lejos esos días donde nos jugábamos la vida a diario!
    Tenemos ya nuestra fortuna en el banco y nuestra vida es buena. He abierto en pequeño café aquí en Zurich donde suelo reunirme con el mariscal de vez en cuando. Pasamos las tardes leyendo libros y comentando sobre eso. Jacque se nos une a cada rato y Luthien igual.
    Ellas dos trabajan ahora en un hospital local, Luth de Psiquiatra y Jacque de enfermera, pasó un curso hace un tiempo.
    Dannx fundó un taller de autos y ahora vive con Yekaterina en una bonita casa junto a un lago, ya tienen dos niños, los vemos seguido, casi siempre vamos a su hogar los domingos.
    Las chicas del pelotón femenino ahora viven de toda clase de oficios, un par de ellas trabajan en mi café y una incluso es quien lleva la contabilidad.
    Michael, Oscar y Roger Constantinovich son pilotos en una aerolínea local y les va muy bien en la vida civil, los vemos poco, se la pasan volando todo el tiempo.
    Gamora, Ropeh y Spriggan decidieron ir más lejos. Su pasado al servicio del Reich es algo de lo que no se sienten orgullosos. Con su parte del oro obtuvieron identidades nuevas y ahora viven cómodamente en Cuba, dicen que Gamora es dueña de una gran finca ganadera en un lugar llamado Camagüey y que Ropeh es un respetable abogado en La Habana. Spriggan se estaba dedicando a vacacionar eternamente de playa en playa y de hotel en hotel, dice que le fascina su nueva vida en el Caribe en las cartas que manda.
    Ya hace mucho que todo lo aquí escrito ocurrió, la vida sigue y hay que vivirla pues por alguna razón no morimos en Puentegrado. Aún así los cuarentaicinco días de aquel asedio mortal los llevamos en el alma grabados con fuego.
    A la memoria de todo los caídos en la defensa de mi ciudad. Honor y gloria hermanos, donde sea que estén. Algún día se sabrá su historia entera y serán recordados como héroes, como los héroes de los cuarentaicinco días de Puentegrado.
    VonGoldring Gonkarenko.

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  12. Capitulo 25 «El fin».
    El penúltimo día del plazo acabó en medio de intensos combates. La noche nos sorprendió igual, no nos dieron ni un minuto de tregua hasta la medianoche.
    Justo cuando mi reloj marcó las doce el cielo se llenó de nubes grises y la temperatura fue descendiendo hasta que la brisa se volvió fría y cortante. Poco después mi rostro se congelaba y me ardía la piel cada vez que salía de la chabola a inspeccionar los enfrentamientos en las trincheras. Entonces comenzó a caer nieve del cielo en pleno verano.
    Fui a la tienda de Cantallov a verlo. Estaba revisando los mapas otra vez. Lo tomé de la manga de la camisa y le dije que mirara a afuera. Cuando vio la nieve haciendo una capa sobre el suelo quedó perplejo.
    – ¿Qué diablos es esto, comisario? – me dijo -.
    – Solo puede ser brujería, camarada, es lo único que se me ocurre.
    Ambos asentimos y nos servimos un trago de vodka muy conmocionados por lo que aquello significaba.
    – Este va a ser un día muy díficil – dijo el mariscal -. Quiera Dios que vivamos para ver otro amanecer.
    Destapé la botella de vodka y volví a servir un par de tragos.
    – Bebamos, mariscal – dije -. Puede que sea el último vodka de nuestras vidas.
    Entonces brindamos a la gloria de la sexta división de Puentegrado pues el final estaba cerca.
    Cuando acabamos la botella se desató una terrible tempestad que nos obligó a encerrarnos en la tienda. La brisa era tan fuerte que amenazaba con acabar con la estructura y fue arreciando tanto que temimos por los que estaban afuera en las trincheras. La temperatura siguió bajando y nosotros comenzamos a temblar con los escalofríos.
    Abrimos un poco la lona de la entrada y una racha de viento con nieve se coló dentro dejandonos a nosotros y al suelo de la estancia empapados.
    – Cantallov, dios quiera que esos seres no estén usando esta tempestad creada por la brujería para inmovilizarnos y matarnos uno a uno – dije y él asintió en silencio -.
    – No lo dudo – me respondió el mariscal -. Si controlan nubes a su antojo perfectamente pueden usarlas a su conveniencia. Tal vez ni siquiera esté nevando fuera de la ciudad.
    Era una idea perturbadora. Inmovilizar y matar a nuestros hombres de frío mientras ellos podían entrar y masacrarlos por medio de la magia.
    Cantallov y yo escuchamos disparos a lo lejos seguidos de gritos desgarradores. Eran gritos que se le metían a uno en la cabeza y que resonaban muchas veces, no eran gritos de dolor sino de ese terror que nace en los hombres cuando algo es capaz de sacarlos de sus cabales, algo que no es de este mundo.
    Los gritos y los golpes se fueron escuchando por todos lados, sentimos pasos alrededor de la tienda, seguimos oyendo disparos, pero eran disparos esquivos y aislados, que precedían a los nuevos gritos, como la última defensa de alguien acorralado. Pronto escuchamos un lamentó realmente cerca y sentimos que algo se había detenido frente a la entrada de nuestra tienda. Sentimos el sonido de una respiración, era fuerte, como la de un caballo desbocado. Vimos una mano que abrió la lona, pero cuando sus dedos chocaron con las correas anudadas que cerraban la chabola sus uñas largas y negras las cortaron como si fueran afiladas navajas. La lona cedió por entero y la frialdad más grande que sentí jamás congeló el lugar. Había escarcha en la lona, yo lo ví con mis ojos.
    Era una hermosa mujer la que se paró en la entrada del lugar, de pelo negro, usando un viejo vestido blanco sucio de tierra y sangre. Sus uñas eran armas mortales, su piel tan pálida como la de los difuntos. Levantó su rostro y era tan bello como el de las Rusalkas, me recordó a aquella que me hipnotizó en el río.
    Nosotros no esperamos a ver lo que tenía para nosotros aquella criatura. Tomé un cuchillo y corté la lona de la tienda para que pudiéramos pasar. De inmediato el mariscal y yo nos lanzamos por aquella abertura. Ella trató de alcanzarnos pero le disparé par de veces con mi pistola Tokarev y logré que se quedara quieta. Así escapamos de una muerte segura.
    Afuera la nieve se amontonaba en la calle, nuestros pies se hundían en ella. Por todos lados veíamos los hombres muertos con la garganta cortada, los charcos de sangre que los rodeaban eran muy duros de ver. El frío nos hacía temblar pero aún así avanzamos. Vimos a algunos de los nuestros huir a la desbandada de una horda de zombis, tuvimos que agacharnos tras unos barriles vacíos para que no nos vieran.
    Entonces vimos a otra de las mujeres de uñas largas por aquella calle, ella sola había matado a doce soldados. Tuvimos que meternos a un callejón y trepar por un muro para caer en otra calle y evitarla, pero allí nos encontramos con un grupo de hombres con uniformes negros que se batían a tiros con algunos de los nuestros.
    Nos escabullimos al interior de una casa en ruinas y nos escondimos junto a la ventana. Estábamos justo en frente de la vieja iglesia abandonada de Puentegrado. En ese lugar estaba ocurriendo todo un combate. Varios grupos de hombres de negro trataban de abatir a un reducido grupo de soviéticos y alemanes que que se negaban a entregar el lugar.
    El tiroteo se desarrolló por horas hasta que se apareció por allí una mujer vestida con un catsuit de cuero negro que usaba un bastón. Con un solo toque de la larga bara de madera en el suelo los nuestros cayeron desmayados. Tras ella venían nueve muchachas vestidas igual que ella pero que no tenían bastón.
    – Esa debe ser la bruja – me comentó Cantallov y ambos estuvimos de acuerdo.
    La bruja no tenía resistencia por parte nuestra e iba hacia la iglesia con su macabro séquito. Algo me decía que todo el asedio a la ciudad se resumía a aquel momento. El infierno al que habíamos sido sometidos tenía como único fin la toma de aquel lugar porque no era lógico que la líder de aquellos fanáticos y engendros fuera a una iglesia a confesarse, había todo un objetivo detrás de la aparición de esas mujeres allí.
    La verdad yo no quería ni enterarme de lo que pasaría a continuación pero mis ojos no podían dejar de mirar. En ese momento desde el otro extremo de la calle llegó Luthien, seguida de las chicas de Fiodorova.
    Luth estaba en posesión de la daga cuando sintió la presencia maligna acercarse. La caída de la nieve fue un signo de lo que ocurriría pero cuando vio a las mujeres de uñas largas que rebanaban gargantas tuvo la confirmación que el último día hacia la noche de la libertad había empezado.
    La hora del enfrentamiento había llegado y la bruja alemana estaba finalmente en la ciudad. Luth tomó la caja de la daga y fue por Yekaterina. Al encontrarla junto a sus chicas les planteó lo que iba a ocurrir. Si iban con ella era posible que algunas no regresaran pero de no enfrentarse a aquella hechicera todos iban a morir.
    Llegaron a la calle de la iglesia cuando la bruja hacía su entrada seguida de un conjunto de brujas. Luth formó a las muchachas en un círculo y tomó la daga en sus manos sintiendo la misma náusea de la primera vez. Gran cantidad de poder fluyó a través del círculo, tal vez más del que debía manipular pero estaba segura de que debía atacar fuerte si tenía aspiraciones de sobrevivir.
    La bruja con el bastón se giró a mirarla en cuanto ella se llenó de energía. Esa seguro era la principal, pues se fue de inmediato a enfrentarla.
    Previendo que la otra fuera a romper el círculo Luth canalizó un hilo de energía a su alrededor y se preparó para un duelo de poder. Su contrincante golpeó el bastón contra los adoquines de la calle y brotaron rayos de aquel palo retorcido, rayos que fueron directo hacia todas ellas.
    – Veo que tienes la daga que me hace falta – le gritó la bruja alemana soltando el golpe -. Gracias por traerla.
    Los rayos de energía salieron disparados en su dirección pero Luth fue lo suficientemente rápida como para tejer un escudo y detenerlos. Sin embrago los golpes siguieron llegando y la hacían estremecerse cada vez que los paraba.
    En ese momento supo que el duelo se iba a ganar solo si aplastaba a la otra, un intercambio largo de ataques solo acabaría fatigandola más hasta que su contrincante la matara. La nariz comenzó a sangrarle y los músculos se le entumecieron, las chicas también tenían mal aspecto y las brujas de la alemana se metieron también a molestarla.
    No sería capaz de aguantar mucho más. Por muy doloroso que le resultara no estaba lista para batirse con diez hechiceras oscuras. Luthien seguía en pie de milagro. Las piernas le temblaban.
    Las enemigas entraron al interior de la iglesia, ella sabía que la querían conducir a la entrada de la jaula del demonio pero no quedaba más remedio que seguirles el juego y apostar porque en algún momento tendría suerte.
    Fueron a dar al sótano donde estaba la gárgola de piedra. Los rayos de energía volaban por todos lados. Era obvio que la alemana quería arrancarle el cuchillo a como fuera lugar. Si había un momento para tratar una medida desesperada era justamente aquel.
    Luth dio un salto y clavó la daga en la gárgola de piedra. La tierra tembló y el montículo de rocas se hizo pedazos. Una energía en forma de humo negro salió de allí y tomó una forma similar a la silueta de un hombre pero estaba constituido por entero de humo. No se divisaba otra cosa, ni rostro, ni cuerpo, era un hombre de humo. Era aquel Baltazar, debía serlo.
    El demonio se giró hacia ella exigiendo a gruñidos que lo dejara libre. Le prometió de todo, hasta la gloria, pero Luthien no iba a ser ingenua de caer en su trampas.
    Una correa a forma de magia surgió de la pierna del demonio hasta la mano de Luth y todo un torrente de energía fluyó a través de ella. Nunca como entonces se sintió tan poderosa. Si iba a hacer lo que quería hacer debía ser rápida. Con un solo movimiento envolvió a las diez brujas y al propio demonio y las fue arrastrando al hueco sin fondo que era la jaula mágica. Las diez enemigas gritaron y patalearon pero la fuerza que le daba ser la dueña del demonio iba más allá de todas las habilidades que ellas tuvieran.
    De un solo movimiento metió a las brujas y al demonio en la jaula y alzando las manos erigió un nuevo montículo de rocas en su lugar con la gárgola coronando el sello de la puerta. En ese momento Luth perdió la conciencia.
    El amanecer llegó con un sol perfecto de inicios de otoño, la nieve se derritió lentamente y el mariscal y yo salimos a ver lo que había quedado de la ciudad. Afuera reinaba la calma pero en la calle llacían tendidos miles de muertos. Eran soviéticos y alemanes, todos asesinados por las mujeres de uñas largas, su sangre estaba por doquier. Igual de muertos estaban los hombres que combatieron para la bruja, ni bien su dueña desapareció perdieron la vida al instante.
    Entonces vimos a Luth salir cargada por las chicas de Yekaterina, la pobre apenas si podía mantenerse despierta pero al vernos sonrió.
    – Acabé con ellas, todas sus criaturas se han ido y no podrán salir en cien años – nos anunció con orgullo -.
    – Descanse, camarada, ha hecho un gran trabajo – le dijimos.
    Solo quedó dolor y muerte en la hermosa ciudad de Puentegrado. La que había sido la joya de mi provincia natal ahora era una ruina destrozada. Todos estaban muertos, los muertos eran incontables. En las trincheras encontramos muertos por el frío, más lejos encontramos muertos por los zombis, vimos muertos por las balas de los agresores, tanta muerte me asqueaba. Qué pena tan grande la del sobreviviente, que horror sentí a esa hora y que dolor tan profundo por la muerte de tantos seres humanos. Sobrevivir a algo así es un golpe muy duro, esa imagen no se me borrará jamás.
    Vivos encontramos a Jacque y a Dannx, también a Ropeh, a Gamora y a Herr Spriggan. Solo quedamos un puñado. Buscamos por horas, pero en aquella ciudad de cadáveres la parca ya había cargado con todas las almas.
    Aún así encontramos la tienda de Cantallov sorprendentemente intacta. Solo por curiosidad llamamos al aeródromo y con alegría supimos que Michel estaba vivo.
    – Coronel Bramimchenko – dijo el mariscal -. Dígame que su tropa quedó entera.
    Por desgracia la respuesta no fue afirmativa.
    – Jefe, solo quedamos Kamov, Tarazov y yo. El resto fue exterminado por zombis y mujeres fantasmales de uñas largas.
    El mariscal asintió y le preguntó si habían aún aviones en condiciones de volar.
    – El bombardero Tupolev sigue intacto – fue la respuesta -. ¿Que desea el mariscal?
    Cantallov lo pensó mucho para responder pero finalmente habló.
    – Está historia no nos la creerá nadie, camarada – le dijo a Michael -. Hemos confraternizado con el enemigo, la provincia está acabada y no nos quedó ni un hombre con vida. En el mejor de los casos nos esperan veinte años en un campo de trabajo en la Siberia.
    – ¿Qué tiene en mente, camarada Cantallov? – preguntó Michael.
    – Nos vamos a Suiza, camarada, ya no nos queda nada por lo que luchar aquí. No sé si haya combustible para tanto.
    – Tendré que tomar hasta la última gota pero tengo como llegar a Suiza – respondió Bramimchenko.
    Luego supimos toda la idea. Cantallov quería tomar el oro del zar enterrado bajo la iglesia y dividirlo a partes iguales. Una vez en Suiza buscaríamos la manera de legalizarnos allí y de hacernos un futuro. Les dijimos a Gamora, a Ropeh y a Spriggan que ellos también estaban incluidos en el plan.
    Fue así como desenterramos el oro perdido del zar y lo montamos en un camión, fuimos hasta Mondursk y abordamos un bombardero Tupolev rumbo a un nuevo futuro.
    Nos dolió mucho dejar a la patria atrás pero ya nada nos ataba a aquel lugar. Con dolor fuimos subiendo de uno en uno, primero las chicas del pelotón femenino con Luthien, luego Dannx y Yekaterina, después Ropeh,Gamora y Spriggan y por último entre los pasajeros el mariscal y yo.
    El oro se aseguró bien en el medio de la plataforma de cargas y entonces los aviadores subieron al aparato. Kamov y Bramimchenko se ocuparon de pilotar, Tarazov iba de navegante.
    En la carrera de despegue sentí una terrible nostalgia por lo que dejaba atrás, ya mi vida nunca sería igual luego de Puentegrado pero los recuerdos perdurarán por siempre en mi memoria. Mi mayor miedo, a lo largo de estos años era que toda esta historia quedara en el olvido. Sin importar que nadie la lea me siento feliz de haberla logrado plasmar.
    Tal vez no me crean nada de esto, tal vez digan que el viejo Gonkarenko solo estaba loco pero yo ya cumplí. Sepan que ahora mismo hay un rincón de Rusia donde diez poderosas brujas y un demonio están recluidos en una jaula. Nunca lo olviden, mi generación ya no volverá a ver esa amenaza, pero la de ustedes tal vez sí.

    Zúrich, 2 de diciembre de 1956.

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    1. Amigo, recién he podido ver y leer algo de vuestra novela y lo único que quiero es learla por completo, me parece muy buena y magnífico argumento. Me es un poco incomodo leerla en el móvil de esta forma, de ser posible podrías mandarmela a este correo ?raudel1983@nauta.cu
      Si no es posible no importa, seguiré leyendo de esta forma y muchas gracias por compartir.

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      1. Camarada, te recomiendo decidirte por un mismo nick para usar siempre. De esta manera, una vez que te apruebe el primer comentario, los otros se publicarán automáticamente.

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  13. Capitulo 24. «Preludio del final».
    Justo al mediodía vino la ofensiva. Un contingente apoyado por tanques se aproximó a nuestra frontera norte. Eran soldados de la compañía invencible y varias unidades alemanas. Mil hombres fueron a hacerles frente en las trincheras. La mitad de ellos eran alemanes que pelearon junto a los nuestros con una disciplina total. Si algo había que decir de los alemanes era que nunca perdían el orden ni la disciplina.
    A la par de eso una nueva horda de zombis se alzó de la tierra y nos fue rodeando. Eran muchos muertos vivientes. Empujaban las barricadas sedientos de sangre y carne. Poco después Saburov y sus muchachos debieron ir a la carga.
    La compañía de macheteros ya contaba con doscientos miembros. A diario caía alguno pero pronto se alistaban nuevos voluntarios. Dannx era un líder respetado entre ellos, había formado a varios soldados en el uso del machete y su técnica era mortal para los engendros.
    Rodeados, con combates en las puertas y amenazados por criaturas putrefactas se alzaron grandes monstruos iguales a los últimos que Luth había destruido. Eran tres esta vez. Con fauces llenas de dientes afilados como sables y ojos cargados de odio. Vinieron por el sur y destrozaron a cien hombres en cosa de nada. Fue en ese momento que decidimos llamar a Michael.
    En el aeródromo de Mondursk se recibió la noticia del ataque de los monstruos. Michel recibió orden de hacer todo lo posible pues Luth aún no estaba en condiciones de encargarse de ellos.
    Bramimchenko, Kamov y Tarazov se alistaron al instante. Habían preparado tres de los Bell P-39 Airacobra con cohetes y munición. El despegue fue al instante. Los cazas tomaron el vuelo y pronto llegaron al campo de operaciones. Era sin dudas un ataque coordinado como nunca antes. Si los defensores lograban aguantar aquello podían darse por bendecidos por los dioses.
    Cantallov había sido preciso, los alemanes dentro de Puentegrado no debían ser atacados, eran aliados. Michael no daba crédito a aquellas palabras pero ante una instrucción del mariscal no podía hacer otra cosa que confiar. Su objetivo número uno eran los monstruos. De los zombis y los fanáticos de la bruja ya se encargarían los defensores, pero los monstruos eran un peligro inmediato.
    Los tres cazas volaron en formación hasta sobrevolar la ciudad. Entonces al divisar los tres engendros pasaron al ataque.
    El Airacobra de Bramimchenko voló en círculos alrededor de la criatura de tres metros con cabeza de León y torso peludo. Primero que nada Michel Michaelovich le disparó con el cañón de 37 milímetros y comprobó que le hacía mucho daño. Con unos pocos disparos el engendro comenzó a cojear sangrando a mares por un muslo acribillado. Pero no logró matarlo.
    El monstruo saltó a lo alto de un edificio y trató de divisar al avión que volaba a muy baja altura. Dos veces trató de golpear al caza obligando a Bramimchenko a elevarse y a esquivarlo, perdiendo así valioso tiempo y combustible que necesitaba para acabar la tarea y regresar a la base. Para su satisfacción vio desde lo alto como el avión de Kamov disparaba un cohete que hacía explotar a uno de aquellos seres, pero por desgracia Tarazov no estaba teniendo la misma suerte y debía esquivar rocas enormes y troncos que el tercer monstruo lanzaba a su aeronave como quien busca espantar a un pájaro indeseable.
    Bramimchenko sintió miedo por un instante, acercarse a aquel ser era una apuesta a la suerte. Un sólo manotazo que le propinara aquella cosa capaz de lanzar rocas del tamaño de motocicletas por los aires bastaría para desestabilizarlo y llevarlo a una muerte segura pero no podía abandonar la tarea ahora que lo tenía herido.
    El Bell P-39 tomó un poco de altura y se alejó lo suficiente como para tomar posición de ataque. Con las ametralladoras listas el coronel Bramimchenko se preparó para lanzarse en picada. El combustible se acababa peligrosamente rápido, se morían sus intentos por liquidar a su rival.
    El avión se lanzó a tierra con el monstruo en la mira mientras el piloto comenzaba a ametrallar. Tuvo suerte, volvió a herirlo, esta vez en el hombro, el ser cayó al suelo destruyendo dos casas que hasta entonces habían sobrevivido intactas a la guerra que destrozaba la ciudad. Si no lo terminaba ahora ya no lo haría nunca. Bramimchenko lanzó un cohete y no esperó a ver si este fue efectivo. De inmediato tomó altura escuchando la explosión detrás de sí. ¿Había dado en el blanco?
    Con afán trató de girar en círculos buscando con la vista al monstruo y no fue capaz de verlo. ¿Habría escapado entonces? La desesperación lo carcomía. Tenía que liquidar a aquella cosa, no había margen al error. Justo entonces lo vio. El monstruo llacía inerte junto a un montón de escombros. Su cuerpo estaba despedazado, había perdido ambos brazos y tenía un agujero en el pecho, lo había conseguido.
    Michael celebró de alegría golpeando los controles. Pero aún faltaba un tercer engendro. Roger Constantinovich estaba inmerso en esa contienda. Al parecer Kamov se había retirado por tener ya muy poco combustible dejando solo a Tarazov. Él también estaba a punto de tener que retirarse, no iba a repetir de nuevo la hazaña de aterrizar un avión planeando.
    El tercer engendro estaba en el mismo centro de la ciudad. A su alrededor reinaba la destrucción, había acabado con un tanque alemán de un empujón y en su marcha por la ciudad había matado a muchos.
    Roger Constantinovich hizo contacto con Bramimchenko por la radio.
    – Coronel, solo me queda combustible para cinco minutos más sin tocar la reserva que necesito para volver a la base – le dijo -. Tenemos una última oportunidad.
    – No nos iremos sin desaprovecharla, camarada. Prepárese para atacar por la derecha, yo lo haré por la izquierda.
    Ambos cazas se dividieron y tomaron altura hasta colocarse en la posición adecuada. Tras un instante de preparación ambos se lanzaron hacia el objetivo lanzando sendos cohetes.
    Los aviones subieron otra vez y el monstruo fue partido en dos por ambos impactos. La maniobra había sido perfecta.
    – ¡Misión cumplida, coronel! – anunciaba Tarazov lleno de emoción.
    Entonces los dos cazas tomaron velocidad consumiendo su último combustible y desaparecieron de Puentegrado camino a Mondursk.

    La caída de los monstruos nos llenó de alegría. Recuperamos las posiciones que nos habían arrebatado y volvimos a sacar a los escasos fanáticos vestidos de negro que habían entrado a la ciudad. Para eso, el pelotón de tanques Panzer alemanes fue de gran ayuda. Pero nada parecía indicar que el asedio fuera a menguar. Al contrario.
    En nuestro estado mayor Gamora nos advirtió que la bruja no iba a tener reparos en usar cualquier cosa en nuestra contra, al día siguiente se vencía el plazo que ella tanto esperaba y por eso, en la medida en que la desesperación se volviera más fuerte nos esperaban peores ataques.

    En lo alto de una montaña Lynnx contempló a la ciudad bajo asedio. La traidora de Gamora se había unido a los soviéticos ¿quién lo hubiera creído? Tan solo quedaba aquel día antes de la noche de la libertad y los defensores no morían. Los había hostigado toda la tarde pero habían probado tener energías todos aquellos obstinados.
    Los soldados alemanes que se habían quedado ya habían sido atendidos por sus chicas. Ahora cada uno de los hombres bajo su mando vestía el negro y peleaba con total devoción hacia ella. Los zombis estaban haciendo de las suyas y mantenían ocupados a los macheteros pero no eran suficientes para acabar de tomar la ciudad. El tiempo se acababa y la bruja se veía obligada a usar otros métodos.
    Lynnx podía sentir los espíritus de las muchas brujas asesinadas a lo largo de los años en Puentegrado. A veces las lograba utilizar y las mandaba a la ciudad en forma de Rusalkas pero ahora las necesitaba de una manera más intensa.
    En un inicio no quería devolverlas al mundo convertidas en monstruos porque en vida habían sido brujas de los bosques, contrarias a la magia negra que ella usaba, eso las haría difíciles de controlar. Aún así no quedaba otra alternativa que obligarlas a matar rusos, a Lynnx le alcanzaba el poder para eso.
    Sus nueve chicas eran de otro tipo de brujas, ellas sí eran como ella y habían sido realmente buenas en las artes oscuras. Por eso la obedecían con ganas desde que las había metido en los cuerpos de aquellas chicas rusas pero las brujas de los bosques nunca iban a ser así de dóciles.
    De cualquier manera Lynnx necesitaba un golpe que acabara de darle la ventaja. Por eso preparó un sacrificio para hacer lo que se planteaba.
    Dejó la batalla en manos de sus chicas y fue a buscar a un grupo de prisioneros. Eran pobladores de la zona que habían caído en manos de la compañía invencible. Tomó a diez hombres y los hizo degollar, su sangre bañó el cráneo de cabra con cuernos que guardaba para los sacrificios.
    Poco a poco sintió la conexión con el demonio encerrado en su jaula bajo Puentegrado y absorbió la cantidad suficiente de energía como para hacer lo que se proponía.
    Comenzaba a anochecer en medio del bosque. Los cuerpos sin vida de las víctimas del sacrificio colgaban de los tobillos desde la rama de un árbol goteando la poca sangre que les quedaba. El viento soplaba despacio arrastrando algunas hojas secas. La bruja alzó los brazos y el aire batió con violencia entre las ramas al punto que algunas crujieron.
    La tierra comenzó a agrietarse en algunos lados y figuras de mujeres comenzaron a salir de allí. Serían unas quince, todas tenían el pelo largo y usaban vestidos blancos muy sucios de mugre y moho. Lucían como chicas cualquiera, aunque por la suciedad estaban faltas de un baño. Todas estaban allí muy quietas y entonces una de ellas dio un paso al frente, al abrir sus ojos estos eran totalmente negros.

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  14. ¿Caerá Puentegrado? ¿La bruja se hará con todo el poder? ¿Nuestros héroes saldrán vivos de esta? Lea los capítulos diariamente y lo sabrá. El final se acerca. Lynnx Bauer al frente de hordas de seguidores fanatizados, zombis y criaturas amenaza con tomar la ciudad en busca de volverse la bruja más poderosa de todos los tiempos, mientras tanto, una alianza de última hora entre el tercer ejercito de la Wehrmarcht y los restos de la sexta división del ejército rojo de Puentegrado es todo lo que hará frente a las fuerzas oscuras. Una insegura Luth Romansky, bruja de los bosques, deberá buscar su fuerza interior para usar la daga ancestral una vez más y vencer a los monstruos. ¿Lo conseguirá? Lo sabremos muy pronto, solo por la taberna TV, el lugar donde todo es posible. (Inserte risa malvada).

    THE END IS COMING…

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  15. Capitulo 23.»Desertores».
    Tras un día de combates regulares la noche se mantuvo tranquila y amaneció entonces faltando dos días para el cumplimiento del plazo que tenían los alemanes para masacrarnos. En el estado mayor Cantallov, Luth, Jacque y yo tratábamos de buscar alternativas para los muchos problemas pero entonces quedamos sorprendidos cuando recibimos una noticia urgente por parte de un centinela. El muchacho entró a la carrera con un nerviosismo total y fue directo ante el mariscal con una mirada de ansiedad en el rostro.
    – ¿Qué ocurre? – preguntamos nosotros casi a coro pero el pobre casi no era capaz de hablar.
    – Mariscal – alcanzó a decir – no lo va a creer…
    Tanto misterio nos desesperaba bastante.
    – Por dios, habla de una vez – me atreví a decirle.
    – Es Gamora, señor, se apareció con una escolta de cuatro hombres en una posta del sector oeste, vino con una bandera blanca, dice que quiere hablar con usted – dijo el muchacho finalmente.
    Todos allí nos quedamos fríos. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. ¿Una teniente general de la Wehrmarcht queriendo negociar con nosotros cuando nos tenía al borde de la muerte? Ahí sí que creímos que lo habíamos visto todo pero saber aquello nos generó una gran curiosidad.
    – Háganla llegar ante mí – dijo el mariscal – ¿Tiene ella un intérprete?
    – Sí, camarada Cantallov, trajo uno – contestó el soldado.
    – Perfecto, entonces la estamos esperando.
    La teniente general vino acompañada de un tipo alto y rubio con un uniforme muy elegante y par de oficiales más. Al final había un soldado que al parecer era el intérprete. Me sorprendió que Gamora fuera tan joven y atractiva, en mi mente me había hecho la idea de una señora arrugada y cruel con un parche en un ojo y no la jóven esbelta de mirada inteligente que en realidad era. Creo que todos nos quedamos con la misma impresión. Fue el mariscal quien rompió el hielo.
    – Mi señora, debo admitir que su visita a nuestro campamento me deja desconcertado pero tenga por seguro que soy un militar de honor y si usted vino por sus medios a parlamentar yo le permitiré retornar a sus posiciones sin daño alguno para su vida. Lo juro – dijo solemnemente José Alejandrovich.
    El traductor habló y ella asintió antes de hablar en alemán algo en respuesta.
    – La teniente general Bertold le dice que ha sido usted un digno oponente en el campo de batalla y que sus soldados han peleado como héroes – dijo el intérprete -. Afirma además que cuenta con que usted es un hombre pragmático que entenderá la oferta que ella tiene para hacerle.
    Todos nos quedamos pensando en lo que nos iban a proponer. Por suerte el mariscal fue directo.
    – ¿Qué desean de nosotros los alemanes? Quisiera una respuesta franca – exigió él.
    – Somos víctimas de la magia – dijo el intérprete apenas Gamora acabó de decir sus ideas -. Estamos conviviendo con seres diabólicos que han torcido nuestra lucha de rivales hacia una matanza sinsentido donde no quedaremos ninguno de los dos grupos. Mis hombres están siendo esclavizados por una bruja y los suyos van a ser masacrados vilmente cuando esa bruja lance su ofensiva final. Es hora de definir lo que queremos. Pelear como adversarios comunes o morir en medio de un caos de magia, engendros del demonio y locura.
    – Sea más explícita por favor – dijo el mariscal -.
    – Quiero una tregua, Cantallov, es más quiero colaborar con usted – cuando oímos eso casi nos caímos para atrás allí mismo.
    Cantallov se sirvió un trago de vodka y se lo bebió de golpe. ¡Por dios! Nos proponían una tregua. Algo muy podrido debía estarse cocinando del otro lado como para llevar a alguien como Gamora a querer negociar.
    – ¿Quieren que yo les abra las puertas de mi parte de la ciudad para que peleemos juntos a la bruja y sus monstruos? ¿Es eso? Disculpe mi señora, pero yo no voy a meter al lobo a mi madriguera – dijo el mariscal.
    Gamora soltó un hondo suspiro y se acercó un poco más nuestro jefe.
    – Esto sería confraternizar con el enemigo en cualquier lado – admitió ella-. Probablemente nos fusilen por colaborar en lo que haremos pero ya a mi no me importa la muerte sino arrastrar a miles de hombres conmigo. No sé que crea usted de eso. Vine a aquí porque tenemos que ponernos de acuerdo para exterminar un mal mayor que si no lo atacamos nos acabará la existencia.
    – Concretamente ¿que tiene en mente? – dijo Cantallov.
    Ella desplegó un largo mapa en la mesa y les mostró a todos con gran interés.
    – Juntos seremos una fuerza de varios miles de personas, creo que eso será un golpe muy duro para ese ser que nos está usando – comenzó a decir-. Yo también soy una militar de honor. Yo sé que hay pocos motivos para confiar en nosotros, hay recelo de ambos lados. No niego que que se puedan dar situaciones complicadas entre nuestros hombres pero si usted me ayuda a librarnos de esa bruja, mariscal, yo le doy Puentegrado y hasta varios territorios aledaños y le juro que no lo atacaré más a cambio de quedarme con el control de la provincia. Usted entenderá que hay que guardar las apariencias.
    El mariscal estaba muy serio mientras analizaba las palabras de la alemana. Yo me imaginaba las cosas que debió haber estado pensando. Dejar entrar a los fascistas era algo por lo que más adelante podían enjuiciarlo en Moscú pero por otro lado era injusto desaprovechar una oportunidad que tal vez salvara a lo que quedaba de su división.
    – Quiero un documento por escrito, donde usted y yo firmemos la tregua como máximos referentes de nuestras tropas y solo así uniremos esfuerzos en tan desigual batalla. Es mi condición – aclaró Cantallov en la decisión más valiente que tomó jamás.
    Yo estuve allí cuando un mariscal de la Unión Soviética y una teniente general de la Wehrmarcht firmaron un papel para luchar juntos contra una hechicera fuera de sus cabales. Aquel día hicimos historia, tal vez una del tipo condenada al fracaso y al olvido pero que ejemplificaba como la humanidad está por encima de ideologías.
    Ambas partes firmaron el acuerdo y entonces todos compartieron un trago de vodka. Incluso dimos un gran aplauso y gritamos hurras. El tercer ejército alemán nos ayudaría en calidad de aliado. Pudimos verlo un rato después.
    Gamora se marchó con su escolta y los combates seguían, aún así quienes más nos hostigaban eran soldados vestidos de negro. Luego supimos que eran hombres fanatizados por la bruja.
    No teníamos claro cuántos alemanes honrarían el compromiso hecho por Gamora, asumimos que muchos sencillamente se lanzarían a los brazos de la bruja por tal de no pelear junto a los bolcheviques.
    Ocurrió a media mañana, una fila de hombres, tanques y camiones se pusieron en marcha hacia la parte soviética de la ciudad y nosotros los dejamos pasar. Eran miles, quizás veinte mil siendo exactos. No eran todos, casi la misma cantidad de esos que desertaron de las filas de la bruja se quedaron por motivos de honor, pero eran muchos los que respondieron al llamado de la teniente general.
    Los desertores fueron atacados por sus propios compañeros de armas, debieron huir a la carrera y murieron no pocos en el periplo. Sin embrago ya para mediodía Gamora Bertold al frente de veinte mil hombres estaba en Puentegrado y se incorporaba junto al Obergrupenfürer Spriggan Von Hasselhoff a nuestro estado mayor. Nunca olvidaré ese momento en lo que me queda de vida.

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      1. No sé bien si sea muy glorioso camarada, pero de que me he divertido escribiéndolo pues me he divertido cantidad. Siempre quise escribir una novela soviética a lo fantástico y salió esto. Gracias por pasarte por acá.

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  16. Capitulo 22. «Nace una idea».
    Michael nos había llamado por radio para decirnos que estaba listo para darnos apoyo aéreo. La llegada del bombardero seguido por los cazas fue un buen golpe para el enemigo. Los alemanes murieron como moscas ese día y su desespero por aniquilarnos de inmediato los llevaba a lanzarse contra nuestras posiciones en un intento de crear brechas a un alto costo en vidas para ellos.
    Ese día fue de fuertes enfrentamientos pero por suerte no perdimos el pozo del agua ni retrocedimos.
    Lo peor vino en la noche de ese día, cuando retornaron las apariciones de las Rusalkas. Perdimos no menos de veinte hombres ahogados en el río cuando dos de aquellos seres hicieron de las suyas. La única ayuda vino de un par de chicas del pelotón de Fiodorova que espantaron a las Rusalkas con flechas incendiarias pero una de ellas fue apuñalada por la garra de un engendro y estaba en el hospital al borde de la muerte.
    El resto de la noche se fue acercando una nueva oleada de zombis que se nos coló por el sur. Los macheteros debieron ocuparse toda la noche de eliminar cuantos pudieran pero aún así nos hostigaban demasiado. Además de eso los alemanes seguían tratando de colarse en nuestro territorio haciéndonos muchas bajas. La verdad que ya no sabíamos como íbamos a resistir más. No nos alcanzaban las fuerzas y nos superaban en número muchas veces, solo la obstinación nos mantenía con vida. Los ataques aéreos de Bramimchenko nos daban alegría y esperanza pero en algún momento se quedarían sin combustible y sin munición. Esa ayuda no sería por siempre.
    Mientras tanto Luth se recuperaba del último enfrentamiento cuando usó la magia. La pelea con los monstruos la había agotado al punto de pasarse veinticuatro horas tendida en una cama. Había abusado de su capacidad de canalizar la energía pero ya tan solo faltaban tres días para la noche de la libertad, cuando el demonio Baltazar estuviera en la puerta de su jaula listo para ser liberado.
    Una vez pudo caminar fue al sótano secreto bajo la iglesia. Allí fue a ver si había algo que le indicara que el ser estuviera manifestando su poder. Solamente encontró que la gárgola de piedra que custodiaba la jaula mágica del demonio brillaba con un tenue resplandor. El poder se podía respirar por allí, ella misma podía acumular gran cantidad de energía en aquel lugar con solo concentrarse un poco. Sin dudas la noche de la libertad se acercaba y la bruja nazi haría lo imposible por poner las manos sobre la daga y liberar al demonio.
    Estaba a punto de regresar a su dormitorio para seguir descansando cuando el monje loco volvió a aparecerse bebiendo de la misma petaca que usaba durante el primer encuentro.
    – ¿Qué quieres ahora, Rasputín? – dijo ella de muy mal humor haciendo que el fantasma hiciera una mueca de burla -.
    – Nunca ví bruja más mal agradecida con los consejos de un buen amigo – dijo él con su aire distraído de siempre -. El día que tengas marido no sé cómo te soportará, no aprecias la ayuda que se te brinda. Aunque eso es algo que se ve frecuente, las mujeres son de carácter…¿cómo decirlo bien? Inestable.
    Su verborrea no paraba de irritarla pero era un mal necesario.
    – La bruja alemana creó criaturas monstruosas que nos quitaron la mitad de la ciudad, Rasputín – dijo ella-. Por suerte las maté con la daga, te agradezco por tu ayuda al decirme cómo usarla.
    Sus palabras hicieron sonreír al monje loco que volvió a darse un trago.
    – Mejor, no puedo decir que fue perfecto pero es algo – contestó él -. Vas aprendiendo. Pero tengo nuevas cosas para ti que debes saber.
    – Habla, habla por favor – dijo ella casi en tono de súplica mirando al espectro que caminaba de un lado a otro por la habitación.
    – Está bien, bella bruja – finalmente dijo él -. Si quieres vivir, si quieres salvar a los que te quedan, prepárate para echar mano tú misma de la energía del demonio Baltazar porque lo que viene para encima de ti es mucho.
    – ¿A qué te refieres? – preguntó Luthien preocupada.
    – La bruja nazi quedó exhausta con sus últimas seis creaciones, tú se las destruiste, y demostraste que eres rival para ella, al menos usando la daga. La bruja alemana está buscando una nueva forma de aumentar su poder, lleva varios días ofreciendo sacrificios humanos a los demonios y sus fuerzas han estado aumentando. Se acerca una ofensiva final y ella va a crear monstruos más grandes que los que pueda crear tu imaginación para acabar contigo y con los últimos defensores de la ciudad. Llegada la hora debes canalizar la energía que emana de la jaula de Baltazar. Te aconsejo que comiences a usarla ahora mismo en recuperar tus capacidades físicas.
    Luth quedó pensativa, no tenía garantía de que todo aquello fuera cierto, pero no le quedaba otra alternativa que confiar.
    Con cierto miedo trató de captar un poco de la energía que se hacía sentir allí. Descubrió que era bastante fuerte, tan solo un toque de ella le restableció el cuerpo de la debilidad que tanto la estaba golpeando. Se sintió de repente como nueva.
    – ¿Puedo usar esta magia como arma? – quiso saber ella y él monje loco sonrió-.
    – Necesitarás usarla como arma, querida – fue la respuesta -. Pero he de decirte que no será suficiente. Falta muy poco para la noche de la libertad y algo me dice que esa bruja no esperará otros cien años para hacerse con su trofeo. Me temo que vendrá ante ti con todo el poder del que disponga y llegada la hora buena no sé si esta energía que queda aquí sea tu salvación. Puede que tengas que sacar al demonio tú misma, usarlo en tu favor y volver a encerrarlo. Sería una medida extrema pero mucho me temo que esa será tu última opción.

    Mientras los motines de soldados alemanes continuaban y los asesinatos a oficiales no paraban a Gamora le latía la cabeza como si la estuvieran golpeando con un martillo. La bruja la había llamado a sus habitaciones un instante antes, pidiéndole que hablara con sus antiguos hombres para que aceptaran órdenes de los miembros de la compañía invencible.
    La teniente general se había rehusado a hacer tal cosa, ya se sentía más allá del miedo delante de Lynnx. Si ya ni siquiera tenía un lugar dentro de su ejército no sería ella quien le entregaría a sus hombres en bandeja a aquella demente.
    – Fusíleme, ahógueme, haga lo que quiera pero no voy a aceptar que masacre a mis subordinados, no voy a servir a sus intereses Lynnx Bauer – le dijo ella a la hechicera desatando su ira.
    Lynnx la agarró por el cuello con tanta fuerza que la dejó sin aire mientras luchaba por arrancarse aquella mano que la exprimía como una tenaza. La bruja acercó su rostro al de la teniente general y le susurró al oído algo breve en un tono gélido.
    – No te mato ahora porque eso solo me daría más problemas con tu tropa, pero ten presente que cuando tome la ciudad voy a darte lo que te mereces.
    Gamora salió de allí jadeando con fuerza recuperándose del apretón en su cuello. Ya no tenía esperanzas de nada mientras aquella bruja diabólica siguiera al frente de los suyos.
    Una veintena de sus oficiales fueron a verla por la tarde a su tienda, los hombres de la compañía invencible vigilaban pero sus exsubordinados igual fueron. Le pedían que llamara al órden en las tropas. Los soldados se quejaban de que el tercer ejército había sido tomado por las brujas y sus fanáticos y que todos acabarían muertos siguiendo las órdenes de esa gente. Aquello era insostenible. Ella no prometió nada pero dijo que más tarde trataría de tener unas palabras con ellos.
    Tenían razón, aquello ya no era la guerra entre Alemania y la Unión Soviética sino una guerra personal de una bruja poderosa y trastornada. Pasara lo que pasara Gamora estaba convencida de que iba a morir por lo que tomaría una decisión acorde con sus convicciones. No podía permitir que las brujas se siguieran llevando a sus soldados para lavarles el cerebro y ponerles un uniforme negro si al final los usaban de carne de cañón para intentar romper las trincheras rusas. Había que jugársela a la suerte en una insurrección contra la bruja y aún estaba en tiempo de llevarla a cabo.
    Esa misma noche se las arregló para fugarse de su tienda sin que los dos guardias que le habían puesto se dieran cuenta. Fue directo a ver a Ropeh y con él concertó una reunión con todos los líderes de su tropa. Desde el destituido Herr Spriggan, de gran prestigio entre la Waffen SS, hasta coroneles de la infantería y la artillería. Todos acudieron a su llamado y la secundaron en su afirmación de que era imposible seguir aguantando los designios de aquella bruja.
    – ¿Qué propuesta tiene para librarnos de esa bruja demente, señora teniente general? – dijo Herr Spriggan en voz alta.
    Ella sabía que dejaría a muchos con la boca abierta pero todos tendrían que entenderlo.
    – Quiero una tregua con los rusos.

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  17. Capitulo 21. «Perder el control».
    La hechicera estaba hecha una fiera cuando el último de los titanes fue destrozado. No importó que hubieran ocupado la mitad de la ciudad, ni que los rusos solo fueran ya unos pocos miles de heridos con hambre, Lynnx quería acabar de tomar Puentegrado y el tercer ejército no había estado a la altura según ella.
    Gamora se había llevado una reprimenda esa tarde. Fue llamada ante la bruja que le dijo que estaba decepcionada de su tropa porque habían desaprovechado la oportunidad de los titanes. Solo fue eso, pero la teniente general se puso de muy malas pulgas. Se sintió como si hubiera acabado convertida en la muchachita de los recados de aquella déspota. Igual aceptó la crítica y salió de la tienda de Lynnx, no iba a provocarla en aquel estado en el que se encontraba. Perfectamente acabaría con el cuello roto.
    Afuera reinaba la calma. Los sanitarios transportaban heridos y los últimos enfrentamientos eran simples intercambios de disparos para mantener la tensión en la frontera que se había dispuesto en medio de la ciudad.
    Ya cansada de aquel día de ataque Gamora fue hacia su tienda viendo a los hombres de la legión invencible con sus uniformes negros por todos lados. Prácticamente estaban allí para controlarlos a todos. Los oficiales que se habían negado a obedecer orientaciones de los fanáticos de la bruja habían sido asesinados en pleno combate. De pronto se había perdido el último rastro de autoridad del Reich por allí, en vez de tercer ejército de la Wehrmarcht eran la tropa de apoyo de Lynnx. Era obvio que a la bruja le daba igual la suerte de sus hombres mientras hicieran lo que quería.
    Camino a la tienda Gamora vio a Spriggan con la camisa desabrochada y una botella de vodka en su derecha. El Obergrupenfürer estaba algo ebrio y le dio un abrazo en cuanto la vio.
    – Celebre, señora teniente General, pronto estaremos muertos si seguimos obedeciendo a esa bruja de Satán. ¿Qué más da emborracharse?
    Entonces el hombre siguió su camino y le dijo un piropo a una moza de las cocinas. ¿Quién hubiera pensado ver a ese hombre así? Si ni él tenía esperanzas pues nadie podía tenerlas.
    Gamora siguió su camino y se encontró a una de aquellas chicas seguidoras de Linnx conduciendo a una fila de prisioneros, hombres en su mayoría. Le llamó la atención como solo una de aquellas brujas podía custodiar a más de cien cautivos. El primero que intentaba negarse a caminar caía al suelo retorcido de dolor, si Ropeh no creía que esas también eran hechiceras pues estaba ciego. La mayoría de aquellos prisioneros acabaría en manos de todas ellas esa misma noche y al despuntar el alba ya vestirían el uniforme negro de la compañía invencible. Siempre era igual.
    Al llegar a su cama Gamora le pidió a su edecán que le preparara el baño y tras quitarse el mugre y el sudor de todo un día organizando ataques se cambió el uniforme por algo más fresco y se fue a dormir.
    Despertó un poco más tarde. Se oían disparos y explosiones en la distancia. De inmediato salió de la tienda con la Parabellum cargada. Por suerte pudo ver que el ataque era lejos, ni siquiera tuvo curiosidad por saber de qué se trataba y regresó a su colchón. El sueño le vino bien, le alivió un dolor de cabeza que ya la acompañaba desde hacía días.
    Amaneciendo supo que los soviéticos habían retomado el pozo de agua. Que obstinados. Debían quedar unos tres mil soldados al mando de ese tal Cantallov y no acababan de dejarse masacrar a pesar de las nulas posibilidades de sobrevivir que tenían. Brujas y fanáticos aparte, el tercer ejército aún contaba con unos cincuenta mil hombres desplegados en todo Ikarus. De ellos cuarenta mil estaban en el cerco a Puentegrado. Si los rusos sabían contar verían que no tenían chance. Además que los zombis sueltos por la ciudad seguro les amargaban la existencia a su propia manera. Aunque no podía reprocharles seguir luchando, ella también hubiera hecho lo mismo en su lugar.
    El nuevo día les trajo una sorpresa cuando cuando desde la mañana comenzaron a explotar edificios y calles en la parte alemana de la ciudad. Fueron más de veinte detonaciones que mataron a cientos de hombres en pocas horas. La ciudad estaba minada y no lo habían descubierto. Al parecer algunos saboteadores se habían infiltrado durante la noche y habían hecho detonar los explosivos convenientemente ocultos.
    – Malditos rojos – dijo Gamora al encontrarse con un edificio reducido a escombros donde habían muerto aplastados muchos soldados que habían usado el lugar de dormitorio.
    Tomaría mucho que los zapadores limpiaran el sitio de bombas pero tocaría ser cuidadoso.
    En la reunión del estado mayor de esa mañana Lynnx dijo que quería tomar la vieja iglesia abandonada del centro de Puentegrado. Al parecer el Reich debía obtener allí un objeto de máximo interés. Eso a Gamora le sonaba como a que el dichoso objeto solo era de importancia para la bruja pero no iba a decir eso en voz alta.
    – Quiero que me escuchen – había dicho la bruja -. No me importa cuantos mueran, quiero que hoy la ciudad sea tomada, esos desgraciados son muchos menos que nosotros. Ya va siendo hora de que los aplastemos. ¿Hay algún problema con eso?
    Spriggan estaba serio esa mañana, tal vez tenía resaca o al menos esa fue su suposición.
    – Yo creo que no hay necesidad de tirarse a un ataque suicida matando a mucha gente cuando faltan varios días para que se cumpla el plazo – opinó el Obergrupenfürer -. No pienso meter a mis hombres a una moledora de carne solo para cumplir ese ridículo plazo. Digo, a menos que la señora bruja nos diga por qué es tan importante que tomemos la ciudad ese día. De momento no veo justificación para tanto apuro.
    Lynnx torció los ojos al oír sus palabras y soltó un hondo suspiro.
    – Entonces supongo que usted no es el hombre que necesito para esta tarea. Queda relevado de su cargo, Herr Spriggan, a partir de hoy se ocupará de dirigir las cocinas, no lo quiero ver de nuevo al frente de nada.
    Todos quedaron en silencio al oír aquello. Hasta Gamora se sintió motivada para poner una objeción.
    – El Obergrupenfürer habla algo que es cierto, señora Lynnx. No es justo que tantos mueran hoy habiendo varios días para ir debilitando a los rojos. Ahí donde usted los ve van a morir matando. No creo que nos sea útil prescindir de la experiencia de Herr Spriggan, es un militar de experiencia.
    La bruja esbozó una sonrisa.
    – Usted también queda relevada de cualquier tarea realcionada con tropas, teniente general – dijo Lynnx – sus ideas no favorecen a la gloria del Reich.
    – No puedes hacerlo, bruja – le contesto ella airada -. Fui asignada a este ejército como su máxima representante y en ningún papel que me diste decía que pudieras disponer de la cadena de mando a tu antojo. Tal vez no te convendría que en Berlín se enteraran de estas chapuzas que haces.
    – Pues mira como lo hago – dijo Lynnx entre risas – fuera de mi vista, Gamora, ya este ejército me pertenece.
    Unos diez hombres de la compañía invencible entraron a la tienda y arrestaron a la teniente general y al Obergrupenfürer. Así acabaron ambos encerrados en sus dormitorios con una custodia de guardias vestidos con uniformes negros. Aquello era el colmo.
    Gamora estuvo en su tienda gran parte de ese día hasta que se escucharon nuevas explosiones. Se oían antiaéreas y cañones y junto a eso el inconfundible sonido de los motores de aviación.
    – Esa gente ha reactivado el maldito aeródromo – dijo para sí misma cuando algo explotó muy cerca de la tienda y la lona comenzó a incendiarse.
    Ahí le tocó correr por su vida. Se escurrió bajo la lona y vio que no había ningún hombre de negro cerca. Las llamas estaban por doquier y un bombardero Tupolev hacía de las suyas dejando caer una carga mortal. Los hombres corrían a la desbandada para ponerse a salvo. Los muertos estaban por todos, los escombros, el polvo que enrarecía el aire. Si antes la ciudad era una ruina ahora se estaba volviendo un nido de topos.
    Gamora tomó un MP-40 que alguien había dejado tirado y se lo puso al hombro por si llegaba a hacerle falta. Una aviación rusa apoyando a los sitiados cambiaba radicalmente las cosas, sobre todo cuando el tercer ejército hacía mucho que no tenía aviones.
    Cuando el bombardero se fue reinó la calma hasta que aparecieron dos cazas minutos más tarde a ametrallar en pases a tierra y a lanzar varios cohetes que acabaron con no pocos tanques.
    Al atardecer las bajas llenaban camiones, el golpe aéreo había sido demoledor y la susodicha bruja no había hecho nada para evitarlo. No menos de tres mil soldados habían caído ese día.
    Muchos de sus antiguos oficiales fueron hasta ella a pedirle que intercediera por ellos ante la bruja. Estaba ordenando ataques suicidas contra los rusos en varios sectores de la ciudad y las bajas eran incontables. Lo peor era que en algunos sitios estaban ocurriendo motines y los hombres de la compañía invencible estaban asesinando a pelotones enteros por no aceptar ser carne de cañón.
    – Es tarde – les decía – ya no dirijo nada en este ejército.
    La defensa rusa estaba resultando encarnizada, el apoyo aéreo había subido la moral de los soviéticos y sus hombres estaban siendo sacrificados en nombre de la locura de Lynnx Bauer. Lo último que pudo soportar fue cuando esa misma noche los hombres de uniforme negro comenzaron a llevarse oficiales para lavarles el cerebro a la fuerza. El tercer ejército iba a tener que obedecer a los designios de la bruja por las malas.

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  18. Capitulo 20. «La lucha por sobrevivir»
    El aeródromo de Mondursk estaba en silencio cuando rompían las primeras luces del alba. En las trincheras externas los soldados vigilaban a los nazis que los tenían rodeados desde hacía mucho. Los alemanes también iniciaban su jornada y salvo algún que otro tiro extraviado se notaba que estaban en las labores del desayuno. Igual el asedio iba a seguir.
    Michael Michaelovich junto a Kamov y Tarazov miraron el entorno que los rodeaba desde la ventana de su oficina. Sin dudas los fascistas daban por sentado que allí no había pilotos pues el apoyo aéreo no se dejaba ver desde hacía ya buen rato. Por eso habían desplegado un cerco alrededor de las instalaciones soviéticas para tratar de rendirlas a como diera lugar. Por desgracia para ellos la defensa del sitio no era débil.
    El aeródromo de Mondursk tenía una reserva aceptable de munición y además de eso contaba con un sistema de ametralladoras antiaéreas muy efectivas que sembraban el pánico cuando abrían fuego a carros blindados o a cualquier otra cosa. Había que ahorar balas pero al menos había para aguantar un buen rato.
    La defensa había sido bien armada y por ende las acciones allí eran tan monótonas como podían serlo en Puentegrado. Los alemanes trataban de colarse y eran expulsados, luego los soviéticos trataban de hacerlos retroceder y la vida se les iba en aquella machacona guerra de trincheras, lo peor que se había inventado pues era la mejor manera de desangrarse mutuamente sin tener un cambio sustancial de las cosas.
    Con los binoculares Michael contempló el teatro de operaciones.
    – Tenemos que quitarnos a esta gente de arriba chicos – les dijo el coronel a los dos pilotos que le quedaban -. Veo que tienen antiaéreas y algunos tanques. Deben ser unos tres mil ahí fuera. Cuanto antes limpiemos el aeródromo más rápido estaremos en condiciones de apoyar a Puentegrado.
    – El combustible es limitado para los vuelos, coronel – le advirtió Tarazov -.
    – Pero hay que volar hasta que se agote, Roger Constantinovich – dijo Michael -. Avisa al personal de tierra. Quiero tres Airacobras listos. Vamos a volar.
    El personal alistó tres Bell P-39, se tardaron un buen rato cargando la munición de las ametralladoras y del pesado cañón M4 de 37 milímetros, uno de los puntos fuertes del avión. Estando todo listo ellos tres fueron a abordar las naves.
    Los alemanes se quedaron atónitos cuando los tres cazas iniciaron la carrera de despegue. Michael tenía una sonrisa fija en el rostro mientras tomaba altura. Estaba tras el tablero de un caza, con los controles en las manos, con la capacidad de desatar el infierno si lo quería sobre los fascistas. No había volado en un buen rato, volver a hacerlo lo hacía vibrar. Ni bien comenzó a separarse del suelo fue viendo el cielo más cercano.
    Bramimchenko voló a baja altura dando círculos para obtener un buen ángulo. Lo seguían sus camaradas. Un par de antiaéreas comenzaron a hostigarlos pero no muy en serio. Tenían que aprovechar que el enemigo no estaba preparado para aguantar un ataque aéreo, era el momento.
    Michael tomó aire y se lanzó en picada hacia un grupo de carros de combate para dar un pase y ametrallar cuanto pudiera. Tras tomar altura nuevamente giraba otra vez y volvía a la carga. Tres pases de aquellos y los alemanes comenzaron a retirarse de allí.
    Los tres cazas hicieron llover balas sobre los alemanes y de paso les destrozaron un par de tanques Panzer con unos cohetes. Ante el restroceso de los enemigos los soldados rusos que cuidaban el perímetro avanzaron hacia las trincheras alemanas abandonadas y las ocuparon.
    El ataque fue un éxito. El enemigo se había alejado de allí pues sabía que con apoyo aéreo los rusos eran más difíciles de doblegar y ellos tres aterrizaron los aviones sin un rasguño y con los depósitos de munición vacíos.

    El atardecer nos ofreció un panorama sombrío. Puentegrado entraba en la noche dividido a la mitad y con combates tomando lugar por todos lados. De cualquier manera el territorio de cada bando era casi igual al del contrario.
    Yo estaba frente a una loma de escombros usando unos binoculares. Casi frente a nosotros estaba el pozo que habíamos cavado con ballonetas custodiado por soldados enemigos.
    Los restos de la sexta división estaban hambreados y sedientos y había que aguantar que los alemanes asaran carne muy cerca de nosotros y nos gritaran si queríamos un vaso de agua. Se burlaban de nuestra desgracia.
    Acompañé al mariscal mientras íbamos inspeccionando la defensa y los recursos que quedaban. Jacque al menos me reconfortó diciendo que no se habían llevado la comida los brutos esos. El saldo de muertos rondaba los mil caídos. Los sanitarios habían tomado casas de campaña para poder albergar a tantos heridos. Las cifras de pérdidas reales de aquel día iban a hacernos perder la cordura.
    Para colmo de males Luth seguía inconciente y las chicas de Fiodorova apenas si se ponían sostener en pie. Las habían llevado al local del hospital para vigilarlas. Si aparecía una desgraciada criatura de los alemanes no ibamos a tener una bruja por allí.

    Danxx dejó a Yekaterina aún muy cansada del esfuerzo por el que Luthien las había hecho pasar a todas. Su chica lo miró con alegría y le preguntó para dónde iba cuando saliera de allí.
    – Cantallov me ha encomendado una misión muy importante – confesó él sin decir nada más que eso -. Pero prometo volver vivo, Yekaterina. Tenemos que llegar vivos al fin de la guerra. Lo prometo.
    A las ocho de la noche Danxx se reunió con el mariscal. Este le dijo que tenía en mente recuperar el pozo de agua. Sería una jugada arriesgada pero las gargantas secas de la gente no daban para mucho más.
    – La deshidratación nos llevará a todos si no hacemos alguna cosa de peso para al menos prevenirla – dijo el mariscal -. Teniente Saburov, esta misma noche va a traernos agua.
    Quedaban treinta hombres de la tropa original de «los tigres de Saburov», esos se ofrecieron al instante. Otros treina eran soldados de la sexta división. Saburov fue muy claro.
    – Camaradas, iremos en misión de reconocimiento – les aclaró -. Hay que ver que tanto está protegido el pozo y ver que defensas podemos neutralizar. Si es posible tomarlo lo haremos, si hay demasiada protección pediremos ayuda y atacaremos más tarde. ¿Entendido?
    Todos asintieron y se desplegaron en dos grupos. Uno iba dirigido por Kotov y otro por Danxx. Ya la noche comenzaba a tender su manto por el cielo y ellos se movieron junto a las sombras.
    Danxx llevaba el automático listo y a la par el machete en su funda en la espalda. Los zombis vagaban por cualquier lado y no se podía estar desprevenido. Detrás de él venían en fila unos treinta soldados. Por suerte el pozo estaba cerca de la frontera con los alemanes. Se habían colado por las ruinas de un viejo edificio de apartamentos. Una vez saltaron a un callejón estaban en territorio alemán.
    Danxx vio a una pareja de guardias que patrullaba la calle. Ambos hombres charlaban y compartían un cigarro mientras iban hacia ellos. Por eso todos se quedaron quietos. Luego que los alemanes doblaron la esquina Saburov dio orden de seguir pegados a la pared de otro edificio colapsado. El pozo estaba en el centro de un parque para niños. Lo vieron una cuadra más adelante. Habían no menos de veinte hombres apostados allí. Más lejos otros patrullaban los alrededores y ya en la calle que hacía frontera con los rusos habían dos nidos de ametralladoras que custodiaban que nadie cruzara. Sus operarios estaban alertas por si algún ruso se animaba a atacar.
    Reinaba la calma. Había sido una jornada de batalla y los heridos abundaban de ambos bandos, los enemigos se miraban con recelo pero todo parecía indicar que los alemanes no tenían intención de continuar el ataque en la noche.
    Danxx hizo sus estimaciones. Consideró que si su grupo era lo suficientemente rápido y eliminaba a los defensores de la calle que hacía de frontera un contingente de soviéticos podía avanzar y tomar el agua.
    Cantallov le había recomendado que buscara una oportunidad exactamente por ese punto. Las sospechas del mariscal eran que por ahí se podía hacer un avance relámpago y ocupar el pozo otra vez. Por suerte sus suposiciones habían sido ciertas. Por su parte Kotov iba con su grupo por la calle paralela y debían encontrarse detrás de una escuela abandonada que había más adelante.
    Los hombres siguieron su marcha en sigilo y llegaron al punto de encuentro. Justo allí tocaba decidir si se atreverían a tomar el pozo por asalto o si esperarían a un ataque más grande con el resto de la división.
    – Si lo hacemos y fallamos van a artillar este lugar de un modo que ya no podremos hacer la operación – dijo Kotov cuando se vieron -. Atacar con el resto de la tropa nos va a asegurar la victoria.
    Sin embrago Saburov era de otro criterio.
    – Llegar hasta aquí fue una suerte y en otro momento puede que no logremos meternos tras las líneas enemigas – explicó -. O aprovechamos esta oportunidad en la que podemos acabar con esas ametralladoras desde adentro o nos vamos y ya perdimos el agua. Las oportunidades se dan solo una vez.
    Ambos tenían razón pero Danxx era el jefe así que se fue quien definió lo que se haría. Kotov aseguraría el pozo con treinta hombres. Tenía que desplegar a su tropa alrededor del parque, aniquilar a los defensores y defender la posición mientras Danxx tenía que inutilizar las dos ametralladoras que cuidaban la calle que daría acceso a las tropa soviéticas. Visto así habían posibilidades de lograrlo. Tenían algunas granadas de mano, ciento veinte balas por soldado y un francotirador llamado Vasili que era de los mejores a juicio de Jacqueline.
    La adrenalina les corría por las venas, podían perfectamente morir todos si el comando fallaba, pero eran riesgos a asumir cuando el resto de los suyos podían morir de sed por perder ese pozo.
    Kotov acomodó su gente pero acordaron que solo cuando el francotirador abatiera a los operarios de las ametralladoras y el grupo de Danxx abriera fuego el segundo grupo cerraría el cerco hacia el pozo.
    Vasili el francotirador preparó su Mosin – Nagant con un silenciador y se tomó su tiempo. Eran cuatro hombres a derribar, dos por cada ametralladora. Los alemanes estaban relajados, no se podían esperar un ataque desde atrás. Danxx estaba muy nervioso, toda la operación descansaba en que las ametralladoras fueran neutralizadas y los soviéticos pudieran pasar por la calle bloqueada. La suerte de todos estaba echada en un disparo de Vasili.
    El francotirador se acomodó en su posición y aguardó su momento. Los alemanes charlaban mirando a la línea rusa que tenían delante. Uno de ellos incluso encendió un cigarro. El caso era que tras matar al primero los restantes podían dar la alerta y llamar refuerzos o sencillamente girar las ametralladoras y hacerles la vida imposible. El francotirador debía derribar al menos a dos y así ellos podían lanzarse hacia la trinchera alemana a acribillar a quien se pusiera delante.
    Danxx le puso un disco lleno de munición a su automático PPsh y rastrilló con cuidado el arma. Todo estaba a punto de ocurrir. Los muchachos también estaban listos, nadie movía ni un dedo, se mantenían expectantes al disparo de Vasili que marcaría el inicio de todo para ellos.
    Pero Vasili se demoraba una eternidad en dar el primer disparo. Con la frente perlada de sudor el francotirador cavilaba la secuencia de los tiros sin llegar a hacerlos. Pasó un minuto, luego dos. A Danxx se le agotaba la paciencia pero por nada en el mundo le diría algo a Vasili, los disparos de aquel hombre debían ser perfectos, no había de otra. La quietud allí era total, desde ese rincón podían verse los hombres de Kotov agazapados alrededor del parque esperando su momento.
    Entonces un operario de la ametralladora de la derecha cayó derribado de un tiro detrás de la cabeza. Su compañero se giró asustado y recibió otra bala en la frente, ya habían caído dos. Solo en ese instante los treinta hombres de Danxx se abalanzaron hacia el nido de ametralladoras para neutralizar a los dos que faltaban y dar la voz a los rusos de avanzar. Los dos soldados alemanes restantes murieron allí mismo. Danxx aseguró la posición y desplegó a sus chicos para defender la brecha de la llegada de refuerzos por esa misma calle.
    Los chicos de Kotov cerraron el cerco sobre los alemanes de inmediato, el factor sorpresa funcionó satisfactoriamente y los fascistas fueron abatidos. El pozo había sido ocupado.
    Desde las filas soviéticas avanzó un grupo de cien soldados que arrastraban par de ametralladoras. El refuerzo entró de golpe por la calle que ellos habían despejado y fue tomando posiciones alrededor del parque. No pasaron dos minutos y ya los nazis vinieron a enfrentarlos. Era un grupo de unos quinientos.
    El tiroteo fue generalizado, sin dudas que fue un choque violento pero por la brecha creada por Danxx siguieron entrando los rusos que a base de ataques frontales hicieron retroceder a los fascistas. La nueva frontera se colocó a dos cuadras del pozo de agua que a partir de ese instante sería fuertemente custodiado.
    Casi amanecía cuando los soviéticos tomaron el sitio y Saburov no podía sentirse más orgulloso. Su misión allí se había cumplido por lo que mandó a sus muchachos a retirarse. Un rato después se encontró al mariscal en su camino a los dormitorios para dormir un rato.
    Cantallov saludó a Danxx y le estrechó la mano.
    – Gran trabajo, capitán Saburov – dijo el jefe -.
    – Pero mariscal, yo solo soy teniente – respondió él haciendo reír a José Alejandrovich -.
    – Queda ascendido a capitán, ya lo sabe – le comunicó muy formal Cantallov para luego seguir su camino.

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  19. Capitulo 19. «Ofensiva»
    El Obergrupenfürer Spriggan formó a sus compañías de las Waffen SS en el campo que estaba tras el campamento alemán a petición de la hechicera. Los hombres que vestían de negro, pertenecientes a la bruja vigilaban por todos lados. También vinieron grupos de la infantería regular y de los artilleros, al parecer Lynxx Bauer quería decirles unas palabras a todos.
    Los oficiales se pusieron el uniforme de gala a petición de Gamora. El propio Spriggan usaba todas sus condecoraciones ese día. Tenía la esvástica en el hombro, la cruz de caballero de la cruz de hierro en la guerrera y sus grados de Obergrupenfürer bien visibles. Se había puesto las botas nuevas y en el cinto llevaba consigo la pistola Parabellum. Era aún muy temprano y las nueve brujas de Lynxx Bauer miraban con ojos gatunos que las alineaciones fueran perfectas. A Spriggan se le ponía la carne de gallina cuando alguna de aquellas criaturas lo miraba, había algo en ellas que no era normal.
    Apenas si estaba amaneciendo. En las trincheras los soldados disparaban de cuando en cuando para hostigar al enemigo pero nada parecía romper el equilibrio entre ambos bandos. Los zombis vagaban en medio del campo de batalla con pereza y algunos se internaban a la ciudad donde se agrupaban contra las barricadas de los soviéticos. Pero era una mañana normal, tan normal como podía serlo en medio de la guerra, la brisa era fresca y el cielo estaba despejado.
    Entonces apareció la bruja vistiendo uno de esos catsuits de cuero negro que usaban sus chicas. La diferencia era el bastón que traía Lynxx. Sin dudas era ese un artefacto tenebroso. Solo mirarlo deba a entender que su dueña sostenía buena cantidad de poder. Ella se había trenzado el pelo también y parecía serena. Si algo llamaba a la atención en aquella mujer era la serenidad con la que se tomaba todo. A veces Spriggan la envidiaba. Nervios de acero tenía esa bruja, era lo más adecuado para definirla.
    Lynxx se paró en frente de las filas perfectas y comenzó su discurso.
    – Vamos a atacar al enemigo muy pronto – dijo -. Pero esta vez será diferente, vamos a lanzarnos contra ellos para romperles las defensas, vamos a meternos en su madriguera.
    Las caras de los soldados eran serías, se notaba que en sus mentes ya estaban planteándose cuantos morirían en ese intento de crear la brecha destructora.
    – Muchos pensarán en por qué hacemos esto, en por qué luchamos – dijo la bruja -. No hacemos esto por un pedazo de tierra más sino por la gloria de nuestra raza. Somos alemanes, somos arios, estamos destinados a ocupar lo que nos plazca. Es nuestra responsabilidad limpiar al mundo de las razas inferiores. Vivimos en un mundo donde el lobo debe refrenarse para que los perros coman, donde el sabio debe callar para que los ignorantes no se ofendan, donde los tullidos nos piden a los fuertes que bajemos el ritmo para que ellos tengan lo mismo que nosotros. ¡No queremos eso! Somos fuertes y queremos lo mejor, queremos Rusia y nos la quedaremos, queremos el mundo y haremos lo mismo y así todos estos bárbaros que pueblan estos lares serán borrados del mapa.
    Sus loas hicieron a los hombres aplaudir del entusiasmo. Sin dudas aquella mujer era una buena agitadora de masas.
    – En el mundo las razas inferiores siguen proliferando como ratas y transmiten sus ideas a diario – continuó -. La humanidad del mañana tiene que ser de hombres arios, inteligentes y sabios. Antropometricamente nuestro cráneo es mejor y por tanto tenemos mayor potencial, nuestras mujeres son rubias y hermosas, nuestros niños son talentosos desde temprana edad. Gran favor le hacemos al mundo exterminando a los inferiores, hacemos más espacio para que los virtuosos nazcan. Hoy están en una guerra por ganar más espacio para el Reich pero sepan que lo hacen para que mañana en esta tierra de bárbaros vivan los superhombres que cambiarán por siempre el panorama mundial. Aquí vivirán los felices, los mejores. Cuando todo esto acabe y sus nietos vean esa realidad todos seremos venerados por esta gran obra, cuando limpiamos a todo un territorio de los inferiores para implantar el gobierno de los fuertes. ¿Quién va a ir hoy conmigo a matar a esos rusos que nos aguardan? Hoy inicia el fin de este asedio.
    De inmediato todos los soldados la estaban aclamando. Sin dudas morirían por ella, la fuerza de sus palabras era hipnotizante.
    Entonces la bruja levantó el bastón y la multitud quedó en el más absoluto silencio.
    – He creado algo para ayudarlos en esta pelea, algo que les será la diferencia entre ganar y perder – anunció ella -. Es el momento de que lo vean.
    La bruja dio un toque en la tierra con el bastón y salieron chispas por el poder. La tierra tembló detrás de ella. Una criatura horrenda salió de golpe. Medía tres metros y estaba cubierta de pelos, su cara era como la de un león pero los brazos parecían casi los de un hombre, eran brazos fuertes y musculosos que acababan en largas garras afiladas. Era de color grisáceo y rugía de manera impresionante. Era un monstruo bíblico.
    Lynxx quedó quieta, en el mismo lugar mientras la criatura se quedaba a su lado.
    – Esto es un titán, una pequeña creación mía, los va a ayudar en el combate. Pero no es el único.
    De la tierra siguieron saliendo bichos de aquellos, unos seis. Cada vez que Lynxx daba toques con el bastón los titanes iban saliendo para quedarse sentados en su sitio sin moverse.
    – ¡Hoy haremos historia, señores! – gritó la bruja secundada por voces de júbilo -. El mundo ya es nuestro.

    Aquel amanecer nos sorprendió aún dando rondas por todo Puentegrado a la espera de las Rusalkas. Las chicas de Fiodorova no durmieron ni un instante con sus arcos listos junto al fuego para asustar a alguno de aquellos engendros que apareciera. Pero fue una noche tranquila, como para desesperarnos aún más.
    El mariscal había estado conmigo en esas tareas, Jacqueline también, resistir no era fácil en aquellas condiciones. Recuerdo que a las seis de la mañana estábamos los tres de regreso a la chabola de Cantallov para ver los mapas y ya de paso compartimos un trago de vodka. Habíamos sobrevivido una noche más y eso era un logro. El mariscal se sentó en su sillón y dejó caer la cabeza hacia atrás, se rindió allí mismo. Jacque se acostó en un sofá y se durmió mientras yo aproveché un saco de dormir que había por allí y de paso me arrebujé en una sábana usando una mochila de almohada. Con la ligera frialdad de la mañana y el cansancio que tenía en el cuerpo el sueño llegó como si me fuera hundiendo en las aguas de un río con una sensación agradable. Desperté cuando el sol me dió en la cara por una rendija que había entre las lonas, ya debían ser las diez al menos.
    Desperté y ya el mariscal estaba analizando los mapas de nuevo. Estaba empecinado en las defensas de las barricadas. Los zombis seguían llegando y formaban grandes multitudes. A los macheteros se les volvía difícil limpiar las calles de muertos vivientes, por cada uno que mataban aparecían pronto otros tres.
    Entonces oímos una exploción que vino del este y un estruendo ensordecedor de disparos. Eso no pintaba nada bien. Recuerdo que tomé mi automático y desperté a Jacque para que fuera encendiendo el Jeep. Teníamos que ver lo que estaba pasando.
    Llegamos al sector este en veinte minutos. Allí encontramos lo imposible. Monstruos de tres metros con caras de animales, torsos peludos y musculosos y grandes garras venían hacia las trincheras nuestras. Eran tres y las balas no les hacían mucho. Las bestias rompieron las alambradas y saltaron a nuestras filas, los hombres huyeron sin control cuando vieron aquello.
    Los seres endemoniados hacían una carnicería ante nuestros ojos. Desmontaban nuestras defensas y se alimentaban de nuestros hombres. Ví brazos ser arrancados de un zarpazo, piernas mordidas y sangre por doquier. Los gritos desgarradores de dolor se oían desde lejos. No quedó más remedio que comenzar a retroceder. Los monstruos nos expulsaron de nuestras posiciones. Detrás de ellos venían los alemanes. Eran varios miles avanzando para quitarnos un pedazo de la ciudad. Disparaban protegidos por aquellos seres y tomaron nuestras trincheras. Nosotros tuvimos que salir de allí para no morir.
    Luego supimos que otro grupo con otros tres monstruos atacaba por el norte. Nos estaban quitando la ciudad. Por todos lados los nuestros estaban retrocediendo. Las bajas eran incontables. Llegó el momento en el que peligrosamente habíamos entregado un tercio de Puentegrado.
    Lo que más nos dolió fue ver cómo nuestro único pozo de agua potable caía en manos enemigas. Habíamos perdido el control. Nuevamente me pregunté si saldríamos vivos de aquello.
    Luthien estaba en la iglesia cuando empezaron los ataques. Al saber lo ocurrido tomó la caja con la daga y se la llevó con ella. Pronto vería a los monstruos gigantes arrasando con todo y las tropas soviéticas retrocediendo.
    De inmediato Luth buscó a Yekaterina, la encontró con sus chicas evacuando civiles. Ella no tenía muy claro que les iba a pedir a aquellas muchachas pero no podía dejar que acabaran con la ciudad sin haber intentado todo.
    – Necesito la ayuda de todas – les pidió -.
    Ellas no pusieron objeción en ayudar pero quisieron saber de qué se trataba.
    – Solo vengan conmigo, del resto me encargo yo – dijo ella -.
    Luth llevó a las muchachas cerca de un monstruo que estaba en una plaza destrozada. Allí una fila de soldados con automáticos le disparaba a la fiera. Al parecer las balas sí se le encajaban en la piel y algunas hasta lo hacían sangrar, pero no eran suficientes para derribarlo. Mientras tanto los tiros al menos retrasaban su avance.
    Luthien le pidió a las chicas que se dieran las manos y formaran un círculo. Entonces tocó a Yekaterina y dejó fluir su energía a través de ella. El resultado fue interesante. Su energía se multiplicaba en la medida en que pasaba por el círculo de mujeres y retornaba a ella de una forma tan fuerte como nunca la había sentido. De momento las muchachas no se quejaban de nada, al caso algunas solo decían tener hormigueo en las piernas.
    Luth se envolvió en energía, tanto como podía asimilar y entonces abrió la caja de la daga. Se lo pensó un instante, el arma relucía con su empuñadura enjoyada y su afilada hoja pero lo que brotaba de ella era pura oscuridad. Una magia retorcida y vengativa que sin dudas sería difícil de controlar.
    El monstruo mató a diez hombres mientras ella armó el círculo y avanzó hacia todas ellas con muy mala pinta.
    El ser con cabeza de León y cuerpo de gigante la miró, de sus fauces goteaba la sangre y sus ojos brillaban como los del depredador que ve a su presa. Iba a atacarlas, era seguro que si ella no hacía algo las iba a desmembrar a todas.
    Luth tocó la daga y fue invadida por una profunda náusea. Le faltó poco para caer al suelo y vomitar. Se puso fría y sudorosa pero se las arregló para no tambalearse. Con la daga en la derecha pudo canalizar la mayor cantidad de energía que jamás hubiera pensado tener. Superada la náusea inicial Luth se sintió sumergida en un éxtasis tal que se creía capaz de hacer cualquier cosa. Era una delicia aquel estado. La única similitud que podía encontrarle era estar flotando en una nube.
    De inmediato canalizó la energía y formó una esfera negra en su izquierda. Salían chispas de aquella cosa. El monstruo se acercó a la carrera, como buscando avalanzarse sobre Luth cuando ella soltó la esfera y está salió disparada hacia la criatura arrancándole un brazo de cuajo.
    El engendro cayó al suelo auyando del dolor cuando ella lanzó una segunda esfera que le destrozó la cabeza. Entonces supo que aquellas cosas podían morir.
    Mientras los combates contra los alemanes seguían calle a calle Luth y las chicas fueron hasta el siguiente monstruo. Derribarlo costó un poco más pues ese de inmediato fue por ellas obligando a Luth a lanzar más esferas de las que debió haber usado. El ser acabó muerto pero ella comenzó a sentir como aquella fuerza iba haciendo daños en su cuerpo. Sus músculos estaban entumecidos y comenzó a sangrarle la nariz. Igual eso no importaba, faltaban cuatro engendros más que estaban haciendo de las suyas.
    Las chicas también comenzaron a fatigarse. Estaban cansadas, algunas se quejaban de fuertes mareos y Yekaterina fue de las que vomitó muchas veces cuando Luth iniciaba con la energía. El deterioro ya era notable. Fuera como fuera todas ellas se mantuvieron firmes y siguieron monstruo por monstruo hasta que el último fue derribado. Para entonces un par de ellas yacían desmayadas en el suelo.
    Los alemanes se sorprendieron un poco cuando perdieron el apoyo de los engendros pero no por eso dejaron de pelear. Al final de su tarea Luth se encontró con una ciudad dividida a la mitad. Los alemanes controlaban todo lo que estaba al norte y ellos defendían lo que quedaba al sur. Lo peor de todo era que el pozo del agua potable había caído en manos enemigas.
    Hubo combates toda la tarde, muchos de ellos sumamente sangrientos pero al anochecer ya estaban bien definidos los límites de cada bando dentro de Puentegrado.
    Luthien guardó la daga en su caja y les dijo a las muchachas que tenían que recuperarse. Poco después vino el mariscal a darle las gracias por haber salvado la vida de toda la tropa.
    – Fue un gran trabajo, doctora Romansky – le dijo Cantallov pero en ese momento Luth se sintió cada vez más débil y cayó al suelo desmayada.

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  20. Capitulo 18. » Una conversación con el monje loco»
    Estábamos sitiados, las raciones de comida eran tan bajas que la desnutrición era visible y si los soldados comían poco, los refugiados y los niños comían menos. La población local nos ayudaba cavando trincheras y arreglando las barricadas pero era escaso lo que podían hacer por nosotros, en cambio sostenerlos a ellos nos hacía un hueco enorme en las reservas. Faltaban tan solo siete días para que se cumpliera el plazo de Gamora y estábamos rodeados de zombis, con la ciudad en ruinas, con los alemanes asediandonos y casi sin combustible y munición.
    Cantallov dio la orden de dinamitar toda la ciudad. Yo estaba allí a su lado cuando decidimos que antes que los alemanes nos masacraran volaríamos a Puentegrado por los aires con nosotros dentro.
    Algunos hombres huían del frente o enloquecían en la lucha negándose a pelear y eso era un duro golpe. Los alemanes venían seguido a tratar de burlar alguna entrada y había que frenarlos. Hubo que aplicar medidas muy duras y fusilar a todos los desertores por cobardía. Ni un paso atrás, era el lema. Tras los nuestros habían destacamentos de fusileros, listos para disparar a todo el que abandonara su puesto, no pelear o rendir la plaza era traición. Nos jugábamos el pellejo y el honor.
    Mientras los zombis seguían apareciendo los macheteros de Saburov limpiaban calles enteras en una pelea metro a metro por recuperar lo perdido. Nos consumiamos rodeados por todos los lados y para colmo los alemanes montaban sus cocinas cerca de sus trincheras para que el olor de la comida enloqueciera a nuestros hombres.
    Luthien seguía en la Iglesia. La noche antes apenas si había logrado dormir en medio de la invasión de las Rusalkas pero su mayor miedo era que en la noche volvieran a aparecer. Esa mañana Luth le había encomendado a Yekaterina que preparara un destacamento de arqueras pues esa noche las chicas deberían patrullar las calles para incendiar a cuántos engendros aparecieran.
    Luthien entró al templo abandonado y fue hacia la caja que guardaba a la daga. Podía sentir su poder en su interior pero no estaba dispuesta a volver a tocar el arma. La cantidad de energía que había en aquella daga era capaz de mandarla a dormir con tan solo un roce, lo cual le daba por pensar que si había algo que la bruja de los nazis quería estaba en relación con eso.
    Nuevamente buscó la caja y la abrió. Un escalofrío recorrió todo su ser. Entonces vió el cráneo humano que acompañaba al cuchillo y lo tomó en sus manos.
    Al levantarlo vió una nota mohosa en un papel amarillo, el papel en cuestión decía: «aquí llace el cráneo de Grigory Rasputín, el monje loco».
    Luth quedó pensativa un instante. ¿Qué hacía el cráneo de un personaje tan poco serio como el monje loco en aquel lugar junto a un objeto sagrado como aquel? Había cosas que no acababan de tomar sentido y aquello era una de ellas.
    Rasputín había sido un místico que acabó bajo la protección de la zarina porque supuestamente era un sanador que podía aliviar la hemofilia de su hijo, pero si por algo fue famoso fue por su vida libertina llena de vino y mujeres y no por haber sido un clérigo importante. Si lo asesinaron en medio de las pugnas de poder de la corte zarista fue por su mala influencia en el gobierno que por su fé.
    Luth comenzó a buscar entonces libros sobre la vida en la corte de esos años. Sorprendentemente los libros que Rope el espía habían dejado tenían algo que ver con eso. Con gran paciencia Luthien se sentó a leer un grueso tomo sobre las memorias de la corte de un noble de la época. En uno de los capítulos encontró datos de Rasputín que ella desconocía hasta entonces.
    «Nacido en un remoto páramo de la Siberia, Grigory Rasputín es un misterio en muchos aspectos de su vida pero podemos afirmar que era la pura imagen de un libertino y un farsante. Se sabe de buena fuente que era partidario de la secta khlysty, donde diciendo ser un creyente se unía a gentes licenciosas a beber, fornicar en grupo y flajelarse con varas de madera cometiendo gran número de pecados e infamias. Luego de tantos excesos los fanáticose se arrepentían en en voz alta y suplicaban perdón pues decían salir purificados. Sé de buena fuente que este hombre es seguidor del mismo demonio y que oculta más de lo que dice».
    Tal vez era cierto y el monje loco había sido parte de una secta pero entre eso y la aparición de su cráneo en Puentegrado junto a una daga llena de poder no había mucha conexión. Tenía que encontrar la explicación de cómo la caja con el arma había llegado a la iglesia en primer lugar, tal vez ahí estuviera su respuesta.
    Buscó toda la mañana y buena parte de la tarde, sin comer ni beber nada. Entonces supo que había funcionado un grupo de cazadores de brujas entre los clérigos de Puentegrado alrededor del turbulento año de 1918. Lo encontró por la constancia de un sacerdote que había plasmado la búsqueda de la comunidad de hechiceras que aún habitaba en la ciudad.
    La página en cuestión decía así: «Hoy la guardia bolchevique se llevó a la señora Chostakov detenida por actividades contra la seguridad del país, colaboraba con agentes ingleses y alemanes de los invasores de la patria. Su casa fue revisada y se encontraron elementos de que la señora era practicante de brujería. Ante este hayazgo una comisión ha trabajado día y noche en buscar el círculo de brujas de Puentegrado, una entidad que desde hace mucho opera en las sombras de nuestro hogar. Descubrimos quienes eran y también su vinculación con actividades de espionaje en favor de la guardia blanca. Todas eran antiguas señoras aristocráticas de la comunidad y fueron puestas a disposición de la justicia bajo cargos de traición. En el proceso encontramos una caja con un objeto perturbador, el cráneo del blasfemo Rasputín y un cuchillo cuya energía maligna emponzoña todo lo que toca. Creemos que se trata de alguna fuerza demoníaca que debe ser contenida por nosotros, por lo que guardamos la caja».
    Luthien concluyó que ya no debería existir ningúna bruja del círculo de Puentegrado, si no las habían fusilado en tiempos de la guerra civil seguro ya habían perecido por la guerra con Alemania. Necesitaba aprender de una vez para que servía aquel cuchillo pero ningún libro le aclaraba ese misterio.
    Entonces vio una niña pequeña parada junto al altar del templo. Estaba toda mugrienta y con las ropas ripiadas pero el rostro era el de la más pura inocencia. La niña la miraba fijamente, cuando Luth se paró a preguntarle quien era la niña salió corriendo y desapareció tras una columna.
    Luthien se apuró a alcanzarla pero fue como si la criatura se hubiera esfumado en el aire. No escuchó ni siquiera un ruido que delatara para dónde había corrido. La iglesia en ruinas estaba en un silencio sepulcral. Luth miró al piso lleno de polvo y vio un pequeño zapato. Se dobló a recogerlo creyendo que le pertenecía a la pequeña pero al hacerlo reparó en una aldaba en el piso que había quedado desapercibida a sus ojos desde el primer día.
    Curiosa, Luth tiró de la aldaba descubriendo que levantaba una puerta hacia un pasillo subterráneo que se abría en la más completa oscuridad. Chasqueó los dedos usando un poco de energía y una bola de luz apareció en su mano. Usar la magia era algo arriesgado pero nadie la estaba viendo y nada le podía pasar. Con calma fue bajando por una escalera de peldaños de piedra erocionados por la humedad de siglos y fue llegando a un sótano lleno de trastos y cajas. Aquello francamente le daba miedo. El aire era pesado y rancio, como el de una tumba acabada de abrir. Las paredes eran de piedra y el piso de viejos adoquines. Nada especial le aguardaba allí más allá de lo que tenía ante los ojos por lo que decidió regresar a arriba cuando la niña volvió a aparecer frente a ella. La pequeña sonreía con el índice extendido ante los labios en señal de que hiciera silencio.
    – Sígueme – dijo la niña con una voz infantil – él te espera.
    Acto seguido la niña accionó una palanca en la pared que abrió una puerta secreta tras un estante y se metió por ahí. Luth se lo pensó antes de seguir por lo que la niña quedó esperando dentro del estrecho pasillo a que ella se decidiera.
    – Su excelencia no gusta de que lo hagan esperar – le advirtió la criatura.
    Luth finalmente se aventuró al estrecho pasillo y lo atravesó con rapidez llegando a una estancia más grande llena de velas encendidas. En el suelo había una gran estrella de cinco puntas rodeada por un círculo y en el centro de la estrella se erigía un montículo de rocas en cuya punta había una gárgola de piedra que miraba hacia la entrada del salón donde ella se encontraba.
    – Es aquí – le dijo la niña antes de finalmente desaparecer.
    Luth dio un paso dentro del lugar y un hombre apareció desde el otro extremo de la habitación. Tenía el pelo largo y vestía una túnica negra, era muy blanco y delgado. En la medida que se fue acercando ella notó los penetrantes ojos azules del sujeto. Tenía un aire como de Jesucristo pero más desmejorado. Pero lo que más le impactó era la sonrisa de lunático que tenía estampada en el rostro.
    – ¿Con quién tengo el honor de hablar? – dijo el desconocido haciendo una burlona reverencia -.
    – Con Luthien Romansky, bruja de la sexta división de Puentegrado – respondió ella -. ¿Quién es usted?
    El sujeto sacó una lujosa petaca de plata y se dio un trago de lo que fuera que estuviera bebiendo para luego ofrecérsela a Luth pero ella le indicó que no quería. El hombre se quedó mirándola alelado por casi un minuto entero y ella tuvo que volver a preguntarle para sacarlo del trance.
    – ¿Quién diablos es usted? – dijo ella más exasperada.
    – Oh, perdón hermosa bruja – respondió él -. Soy solo un viejo espectro del pasado condenado a vagar la eternidad en este foso. En vida fui alguien importante y ahora casi nadie me recuerda, pero supongo que eso es algo normal e inherente a todos los mortales, el olvido es inexorable, solo nos queda recordar nosotros mismos como testimonio de una existencia dedicada a vaya usted a saber que cosas. En lo particular ya no me preocupo por el mundo, ni por mi nombre ni por nada, aunque…
    Luth tuvo que interrumpirlo.
    – Su nombre, pregunté su nombre por favor, solo eso – le recordó ella.
    – Es usted una belleza cuando habla en esos tonos señorita bruja, pero la complaceré. En vida me llamé Grigory Rasputín.
    – ¿Qué hay escondido en este sitio? – siguió cuestionando ella-.
    – ¿No le interesa ni un poco mi historia? – dijo él con una mueca de asombro -. Nunca antes vi a alguien que no se sintiera al menos curioso por saber de mis aventuras y desgracias.
    Rasputin volvió a beber de la petaca y se acercó un poco más a ella hasta tocarla con los dedos en la barbilla. Ella se lo quiso quitar de arriba en un instante dándole una bofetada pero su mano le atravesó la cabeza de un lado a otro sin tocarlo, era un espectro sin dudas.
    Cuando Luth quedó consternada al ver que tenía a un fantasma delante Rasputín comenzó a reír a carcajadas.
    – Eras un charlatán que tuvo la suerte de ganarse el favor del zar, solo eso, ya no le importas a nadie – afirmó ella provocando que el hombre quedara serio un instante -. Fuiste un borracho, un mujeriego y para colmo acabaste muerto a tiros por meterte donde no debías. ¿Qué más hay que saber de ti?
    – Que fui un hombre de fe, por ejemplo – respondió el monje loco -.
    – Dios no perdona a los pecadores de tu talla – dijo Luth provocándole una sonrisa al sujeto.
    – Hay que cometer los pecados más atroces porque Dios siente un mayor agrado en perdonar a los grandes pecadores – dijo él -. Siempre he dicho eso y creo que da resultado. Respecto a tu pregunta de qué cosa se oculta aquí debes saber que soy el custodio de una jaula, tan sencillo como eso. Una jaula que solo se abre una vez cada cien años.
    – Hay una bruja que quiere lo que sea que esté en este lugar y necesito quitarmela de arriba, Rasputín, necesito que me expliques de que va este sitio – exigió ella -.
    Él siguió bebiendo y comenzó a deambular por la estancia. Luth lo siguió para que no se le fuera a escapar pero pronto se dio cuenta que tan solo estaba perdido en sus cavilaciones internas. Pasó un minuto, luego dos, hablar con él era un fastidio total.
    – Las mujeres mandonas son las mejores amantes. ¿Lo sabías? – dijo él -. Recuerdo a la baronesa Ivanna, era muy mandona y me trataba con desprecio pero siempre supe que yo le interesaba, ¡que hermosa mujer por Dios!, por suerte su marido nunca supo…
    – ¡Ya cállate por favor! – gritó Luthien -. Ya sé que te llevaste a la cama a medio Moscú y que te bebiste todo el vino del zar. ¿Me puedes decir lo que necesito?
    – Está bien bella bruja, usted gana – comenzó a decir -. Estamos en la cámara del tirano, el lugar donde la gran comunidad de brujas de la que usted es de las últimas representantes encerró al demonio Baltazar. Un ser horrible, de inmenso poder y corrompida sangre capaz de matar del susto cualquiera. Yo pertenecí al gremio de hechiceros y como no había nadie para cuidar la cámara las últimas brujas de Puentegrado buscaron mis restos y me vincularon a este sitio. Eso fue en 1919 creo yo.
    – ¿Quedan brujas en Puentegrado? – quiso saber ella.
    – Las fusilaron a todas cuando la guerra civil. Les dio por apoyar al bando equivocado – dijo Rasputín que volvía a beber -. Me temo que usted es la última que queda en esta parte del país. Siento a la otra que está del lado de los alemanes pero esa sí que es mala. Es una hechicera negra de talento. En mis tiempos esas no vivían mucho pues hacer lo que ella hace era una aberración pero como las brujas de los bosques como tú ya ni viven no se puede hacer mucho. Ella quiere tomar la daga que encontraste para abrir la jaula del viejo Baltazar, la cual solo podrá ser abierta en este lugar en exactamente seis días cuando se cumpla el aniversario cien de la última noche de la libertad. Baltazar solo puede llegar a la puerta de su jaula por un día cada siglo y si la puerta no se abre se queda dentro otro siglo más. Las primeras brujas así lo dispusieron. Si esa bruja entra a este sitio ese día con la daga en la mano y la entierra en el pecho de la gárgola de piedra reunirá el poder más grande que una bruja haya ostentado. Será capaz de vivir eternamente en los planos terrenales. Quién saque al demonio es su dueño pero a cambio controlar a ese ser es tan difícil que a la larga será él quien acabe controlando al portador de la daga. Esa mujer está loca pero si logra sus propósitos el mundo quedará destrozado. Le corresponde a usted frenarla, bella bruja.
    Luth comenzó a entender un poco mejor lo que estaba ocurriendo. Si los alemanes se apoderaban del poder de aquel viejo demonio pondrían al mundo de rodillas. Todo el mundo dependía de que Luthien Romansky, una inocente hechicera de los bosques con poca experiencia frenara en seco a una mujer capaz de levantar a los muertos y ponerlos a pelear.
    – ¿Cómo hago para usar el poder de la daga contra ella? ¡Tienes que ayudarme, Rasputín! – dijo Luthien.
    – Necesitas un círculo de diez hechiceras para poder usar la fuerza de la magia ancestral de los bosques que hay en esa daga – explicó él -. Puedes usar un círculo de diez mujeres también a falta de hechiceras y al menos podrás tocar la daga sin desmayarte pero tendrás que vincularlas a todas usando tu propia energía y los efectos del uso de la daga recaerán casi por entero en ti. Creo que es tu última alternativa pues según he podido mirar esa bruja endemoniada de los nazis está armando algo que si no mata a todo el mundo aquí va a quedar muy cerca de lograrlo.

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  21. Capitulo 17 «Sospechas».
    El Obergrupenfürer Spriggan encontró a su asistente Elsa Shultz con un moretón en la cabeza cuando fue a preguntar por los infiltrados soviéticos que habían burlado las líneas alemanas. Al parecer uno de ellos la había golpeado.
    – ¿Como sé dio cuenta? – preguntó Spriggan.
    – Los ví y me dieron mala espina – dijo ella – pero cuando le pregunté a uno de ellos en que dirección estaba la tienda de Gamora no supo ni que decirme, ahí llamé a dos guardias y se lanzaron a correr.
    De inmediato el Obergrupenfürer le ordenó a Herr Smiters que organizara una partida de soldados para inspeccionar las filas en busca de otros rusos disfrazados.
    Era obvio que no encontraría a ninguno. Esos atrevidos eran los pilotos de Mondursk con una escolta y a esas alturas ya andarían lejos. Pero no estaba de más ser precavido.
    Spriggan dedicó la mañana a revisar el campamento. La mayoría de los hombres le confesaba que se sentían nerviosos con el trabajo de la bruja. Aquellos zombis que vagaban de un lado a otro les ponían los pelos de punta y a cada rato el aire se sentía distinto, como si hubieran voces susurrando desde todos lados.
    – Algo endemoniado está haciendo esa mujer, señor – le dijo uno de ellos -. Nos da miedo hasta que nos mire.
    No les faltaba razón. La bruja era una criatura misteriosa. Podía pasarse horas dentro de la chabola de Gamora sentada en medio de la estancia con los ojos cerrados o estar toda la noche rezando en un lenguaje incomprensible.
    Las nueve adolescentes que él le había entregado se comportaban igual de extrañas. Si al inicio estaban aterrorizadas de estar allí, con los días se habían convertido en las más fieles seguidoras de Lynxx. Le brindaban su sangre con gusto para que siguiera creando zombis y la obedecían con una seguridad que hacía pensar que les habían lavado el cerebro. Las nueve chicas vestían iguales, con un catsuit de cuero negro y una larga trenza rubia que les colgaba hasta media espalda. No hablaban con nadie que no fuera su señora y si uno las miraba con detenimiento su rostro parecía ser de alguien mayor de lo que realmente eran. Spriggan no dudaba que esas criaturas serían capaces de hacer lo que fuera por la bruja, hasta matar.
    Días atrás habían sido capturados unos guerrilleros rusos, no tenían nada que ver con los obstinados de Puentegrado pero eran de los pueblerinos que se dedicaban a sabotear camiones, hacer emboscadas y atentados. Él los iba a hacer fusilar luego de molerlos a golpes pero la bruja se apareció y exigió que los prisioneros le fueran entregados. Spriggan no pudo negarse.
    Los doce hombres que le entregó a Lynxx fueron llevados al campamento principal donde ella los fue interrogando de uno en uno. Todos eran arrogantes y orgullosos, seguros de que iban a morir sin importar lo que ocurriera. Uno de ellos incluso trató de escupir a la bruja.
    Ese día Lynxx se vistió con un catsuit de cuero negro igual que el de sus chicas y se trenzó el pelo. Los prisioneros estaban de pie, sin camisas y con las manos atadas. Entonces ella tomó al primero y le puso una mano en el pecho.
    El hombre comenzó a gritar de dolor y a retorcerse mientras trataba de alejarse en vano del toque de la bruja. Parecía como si el toque de sus dedos produjera un profundo efecto doloroso en ellos. A cada uno les repetía una sola cosa: «eres un hombre del Reich». Repitió tanto esa frase que Spriggan aún podía oírlo dentro de su mente. Les repitió una y mil veces que eran hombres del Reich mientras los hacía gritar del dolor con la energía de sus manos.
    Durante la noche, la bruja y sus ayudantes siguieron en su macabra tarea y el Obergrupenfürer pudo ver con sus mismos ojos como las adolescentes también usaban magia. ¿Las había convertido también en brujas? Difícil saberlo pero era muy posible.
    Al amanecer del otro día lo que realmente lo sorprendió fueron los doce hombres que habían capturado vitoreando a la bruja como si fueran sus más grandes fanáticos. ¿Que locura era aquella? Pero además, Lynxx ordenó que les dieran armas a los rusos para que fueran a saquear los pueblitos de los alrededores y trajeran más prisioneros. Todos se rieron (en secreto, claro está). Darle armas a esos rusos era botarlas para que se alzaran de nuevo en los montes. Él hasta pensó en impedir aquel disparate pero a última hora le faltó el valor de oponerse a la bruja.
    Los hombres no solo regresaron al día siguiente, sino que trajeron a más guerrilleros prisioneros. Si alguna vez creyó que la Gestapo hacía maravillas con la mente de las personas para arrancar las confesiones más insospechadas el nivel de hipnosis que lograba la bruja en la gente era de temer. En solo tres dias cincuenta exguerrilleros se habían convertido en soldados con disciplina total y obediencia ciega ante Lynxx Bauer.
    De hecho ya los había vestido con uniformes negros, distintos a los del resto de los hombres y los llamó: la compañía invencible.
    Dicha compañía invencible trajo tantos prisioneros y cosas de valor de los distintos poblados de la región que hizo ver a los hombres de las SS como mozalbetes bonachones. A la par el terror que la compañía sembró allí dio muestras de una crueldad asqueante. Asesinatos masivos, violaciones, maltratos, torturas, en fin, que en menos de una semana con aquel manojo de hombres vestidos de negro la bruja tomó el control de toda la provincia cerrando un puño de hierro.
    Gamora ni se dejaba ver por entonces. Ella y Ropeh vivían conversado pero sin dudas el liderazgo de la teniente general se había eclipsado ante el de la hechicera. La compañía invencible comenzó a ser una fuerza temida entre los propios alemanes y nadie quería llamar la atención. Los prisioneros que llegaban de las aldeas caían en manos de Lynxx y sus chicas donde gritaban y sufrían por horas, pero cuando el tratamiento acababa salían convertidos en mansos corderos obedientes. Ningún soldado del tercer ejército se atrevía a pasar frente a un hombre se la compañía del uniforme negro, todos tenían un miedo inmenso a que les lavaran el cerebro.
    Gamora había empezado a beber vodka en grandes cantidades. Ya bastante ebria la encontró Herr Ropeh cuando la fue a ver en la nueva tienda que ella se había hecho montar. La bruja había monopolizado su anterior dormitorio. Al verse ambos sonrieron.
    – Creí que nunca te dabas un trago de esa cosa – dijo su viejo amigo con una sonrisa, la teniente general le respondió sirviendo otra copa para él.
    – No queda alcohol de calidad en este antro. No queda más remedio que consumir esta cosa fuerte y rústica que beben los brutos de aquí – respondió ella -. ¿Y bien? ¿A qué has venido, Ropeh?
    El ex oficial de inteligencia se sentó y aceptó la copa que le ofreció su amiga.
    – Casi ni se te ve en el campamento – comenzó él a decirle -. La gente cree que la hechicera también te lavó el cerebro.
    La cara de Gamora se mantenía en la más fría seriedad.
    – La hechicera ya nos lavó la cabeza a todos, Ropeh, solo que aún no nos hemos dado cuenta, que uno solo ose desafiarla para que veas lo que hará. Ahora mismo es la dueña del tercer ejército y no hace mucho tiempo que se apareció por aquí – acabó diciendo ella de mala gana -. ¿Tienes cigarros?
    Eso sorprendió a Ropeh.
    – No sabía que fumaras – le dijo mientras sacaba del bolsillo una cajetilla y le daba un cigarro a la teniente general que lo prendió con una rapidez propia de la ansiedad, el cigarro temblaba entre sus dedos mientras ella terminaba de soltar una bocanada.
    – Estoy que trepo por las paredes, ya nada me tranquiliza, estamos en medio de algo más grande que la guerra entre el Reich y la Unión Soviética y creo que hasta tú debes tener tus sospechas para estas alturas.
    Ropeh se acomodó en la silla buscando tal vez la pregunta que iba a hacer.
    – ¿Te parece que el plazo de cuarentaicinco días tenga algo que ver con la bruja? ¿Como si te hubieran mandado aquí desde el inicio a prepararle el camino a ella y nunca te lo dijeron? – acabó diciendo él y ella terminó de golpe su trago para llenarse otro y volver a fumar un poco más.
    – Estoy segura, aquí hay algo podrido, pero viene de arriba – dijo Gamora en una voz llena de rabia -. ¿Para que me mandaron aquí de todas formas? Era una movida ilógica y la única explicación que le encuentro es que el Reich esté buscando algo en Puentegrado que nosotros ignoramos. No se trata de ese oro del zar enterrado en la iglesia. El fürer ya ha saqueado media Europa, esto no es por el oro. Nos mandaron aquí porque íbamos a ser la fuerza de apoyo de esa mujer y solo ahora lo entiendo porque ahora es que vine a aceptar que existen las brujas que hacen caminar a los muertos como esa que tenemos.
    Ropeh término su trago y se sirvió otro mientras prendía un nuevo cigarro para sí.
    – Yo también ignoraba que las brujas existieran o que el Reich las tuviera – confesó él -. Pero esto que vemos aquí va más allá de lo que me han dicho. Esa mujer tiene un poder realmente temible y creo que aún no hemos visto ni la mitad de su potencial.
    Gamora soltó una risa neurótica con verdaderas carcajadas.
    – No tienes ni idea – dijo ella como resignándose a algo -. Yo he visto mucho más que tú. Pero antes de decirte unas cosas que ignoras debo recordarte que todos los días Lynxx está hablando del plazo de cuarentaicinco días, de que la ciudad tiene que caer en la fecha señalada, que no antes ni después y estoy segura que eso significa algo para ella. La bruja vino aquí para buscar algo que la hará más poderosa y solo lo podrá obtener dentro de Puentegrado el día marcado como fin del plazo. Solo Dios sabe las cosas que hará para que esa ciudad caiga en sus manos.
    – Eso es algo que también he estado considerando – dijo Ropeh -. Si el Reich tiene una bruja como esa ¿por qué no la usa en Stalingrado donde la estamos pasando peor? ¿Qué hace aquí esa mujer? Solo se me ocurre que su labor aquí sea más importante que los combates decisivos que se están desarrollando a tan solo unos cuantos cientos de kilómetros de aquí. Lo otro que se me ocurre es que ni siquiera sea una bruja del Reich. ¿Y si es una bruja libre y nos está usando para sus propios propósitos? Eso es lo que más temo. Pues en ese caso su lucha nada tiene que ver con la nuestra y destruirnos sería una insignificancia que no le preocuparía en lo más mínimo. Ahora quiero que me digas que es lo que sabes que yo no sé.
    Gamora terminó el cigarro y pisó la colilla con el tacón de sus botas.
    – Pude ver algo que al parecer ocurre con frecuencia en las estancias de la bruja – dijo sirviéndose el último trago de la botella.
    – ¿De qué se trata? Ya me tienes enganchado – dijo Ropeh frotándose las manos.
    – Sabes que he visto la guerra y que no soy sensible a la sangre ni a la muerte, yo misma he matado hombres y he visto la desgracia en todas sus formas pero no hablo de algo repugnante sino terrorífico.
    – Acaba de hablar mujer que ya me tienes nervioso – exigió él.
    – Cuando cae la noche un grupo de hombres leales a ella custodia su tienda en todo momento. Entonces ocurren sus fiestas. Debes saber que las chicas que Spriggan le trajo ya son distintas ¿no te has fijado? – dijo ella prendiendo un nuevo cigarro -. Ya no son muchachitas, es como si hubieran crecido de un día a otro, lucen como chicas de veinticinco. También hablan distinto, las nueve conversan en esa lengua rara que Lynxx también habla. Se visten con esos catsuits de cuero y se hacen esas trenzas largas, si te fijas bien ellas también son brujas.
    – No llevan ni diez días con ella, Gamora – dijo Ropeh -. Me parece un plazo muy corto para aprender magia.
    Gamora soltó una nueva bocanada y se levantó a revisar si no había nadie rondando por la tienda.
    – Digo que Lynxx ha invocado espíritus de brujas y los ha metido en esos cuerpos, puedo jurarlo – dijo casi en susurros bien pegada a Ropeh -. Tiene un grupo de brujas a su alrededor y son buenas, créeme, las chicas tienen tanto poder como ella. No sé qué rayos adoran pero cada noche arman una gran fiesta en su honor y ofrecen sangre. Cada noche Lynxx hace matar a un prisionero y le ofrece su sangre a un cráneo de cabra con cuernos, yo lo ví. También tiene una reserva de niñas adolescentes para fabricar más zombis. Se está preparando para hacer una nueva criatura según he oído. Criaturas que van a hacer temblar a esa ciudad. Los rituales son cada noche y no quieras saber lo que hacen ahí.
    Ropeh seguía con emoción cada palabra de ella. Tanto que el cigarro se consumió hasta quemarle los dedos obligándolo a soltar la colilla encendida y maldecir.
    – ¿Beben vino y danzan alrededor del fuego? – preguntó él bromeando.
    – Te repito que no sé a qué cosa adoran, pero le tienen gran devoción – dijo Gamora -. Las nueve chicas y Lynxx, cada noche se reúnen con doce o quince hombres de sus grupo de confianza. Esos que visten de negro. Comienzan al caer el sol y matan al prisionero. Siempre es una bruja quien lo cuelga de los tobillos a una viga del techo y le corta el cuello. Es repugnante, luego le ofrecen sangre a su ídolo y Lynxx hace que los hombres se quiten la ropa. Ellas también lo hacen y se flagelan con látigos unos a otros hasta que les sangra la espalda, beben mucho vino y no dudo que hagan orgías, eso no le he visto aún. Sé que ya muy cerca del amanecer los he visto a todos abrazados sobre una alfombra, bañados en sangre y ya dormidos. Cuando se despiertan no tienen marcas en la piel, como si no se hubieran flagelado y se visten con túnicas blancas a repetir un rezo en ese idioma que tienen.
    – ¿Como has visto todo eso? – quiso saber él.
    – Me escabullo de vez en cuando y voy a la tienda, los guardias que cuidan afuera en realidad se sientan a beber y yo aprovecho para pegarme a la lona de la tienda y así miro por un hueco que yo misma hice. Te juro que solo de estar ahí puedo sentir el inmenso poder que sale de ese lugar, lo puedes sentir en el aire. Le pertenecemos, Ropeh, todos y cada uno de nosotros serviremos para sus planes. Creo que no saldremos vivos de aquí, somos ratones y ella es el gato.

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  22. Capitulo 16 » El caos»
    Un hombre le había dado fuego a un depósito de combustible y había hecho arder a todo un sector de la ciudad donde las casas eran de madera. Luego se había suicidado. En otro lugar uno de los nuestros había tomado su automático y en mitad de la noche había masacrado a tiros a sus compañeros de dormitorio. Luego se había lanzado de la azotea. Otro grupo no tan pequeño de hombres se había lanzado al otro lado de las barricadas sin armas ni protección a ser devorados por los zombis, otros se habían apuñalado a sí mismos, se habían colgado de los árboles o se habían disparado en la cabeza. Las pérdidas eran incalculables y los zombis se habían colado en lugares donde antes estaban bien contenidos.
    – Son las Rusalkas – nos decía Luthien en la chabola del mariscal donde nos reunimos – hubieron avistamientos por todos lados, han vuelto locos a los hombres y puede que sigan haciendo de las suyas hasta el amanecer.
    – ¿Por qué hasta el amanecer? – quise saber yo.
    – Usualmente solo salían de noche y acechaban en los ríos – me respondió ella – es la primera vez que veo Rusalkas salir fuera del agua y atormentar dentro de una ciudad pero tenemos el río al lado.
    En un primer momento convocamos a Danxx y a los macheteros para que comenzaran a matar todos los zombis que pudieran y que también arreglaran el descontrol que había con las barricadas. Nuestro mayor miedo era que hasta ellos enloquecieran por lo que dividimos el pelotón femenino de Fiodorova y mandamos a una chica con cada destacamento de los nuestros. Las Rusalkas ofuscaban hombres, pero las mujeres eran bastante inmunes a sus encantos. Además detestaban el fuego, con una mujer que supiera usar un arco con una flecha incendiaria las criaturas esas tenían que retroceder y así lo hicimos, les dimos arcos a las chicas de Fiodorova.
    Danxx Saburov y sus muchachos se fueron al ala norte a cazar zombis pero Yekaterina fue con ellos cargando con un arco y un brazero para prender las flechas. Cuando una Rusalka se les cruzó delate y comenzó a hacer de las suyas Fiodorova le metió una flecha en llamas en medio del pecho y el ser se hizo cenizas allí mismo. Acertar era difícil cuando el arquero no era muy ducho pero de que el método funcionaba pues funcionaba.
    El amanecer nos sorprendió sofocando incendios con la propia agua del río y matando a los zombis perdidos que aparecían por cualquier lado. Las Rusalkas siguieron apareciendo pero ya sabíamos cómo defendernos. Aún así no pocos soldados murieron a causa de la locura que aquellos seres endemoniados les causaron.
    Entonces con el alba dando sus primeras luces vimos el desastre que aquella noche nos había causado. El saldo final fue de mil hombres muertos, dos depósitos importantes de combustible destruidos, una infiltración de zombis por el este que nos había arrebatado tres cuadras de nuestro territorio y una noche sin dormir. Fiodorova había matado dos Rusalkas y era la heroína de la noche pero una de sus chicas había muerto degollada por las garras de una de aquellas criaturas. Con tres noches más como aquella podíamos darnos por muertos. La división, si es que podíamos llamar división a aquel grupo de menos de cinco mil hombres, estaba en su peor momento y la cara del mariscal no era para nada festiva. Teníamos un problema y lo sabíamos.
    Entonces los alemanes volvieron a combatir. Vinieron un par de compañías a hostigaros por el norte. Era curioso como cuando los nazis venían los zombis se iban para otro lado a unirse a otra horda.
    Con los alemanes por un lado y los muertos vivientes por los otros tres arrancamos un día singular. De inmediato mandamos a una compañía de infantería con automáticos y ametralladoras a parar a los nazis y a los macheteros de Saburov a matar engendros. El pobre de Danxx a esas alturas estaba que se tambaleaba del sueño pero todos estábamos igual. Resistir era un poco cruel en aquellas condiciones. Ya nada nos importaba mucho, solo queríamos ver una salida para todo lo que nos estaba pasando. Una salvación o una muerte rápida, lo que fuera, pero la fatiga del asedio comenzaba a hacerse sentir cada mañana con un poco más de rigor. Escasos de agua, de comida y de sueño nuestros hombres peleaban como autómatas. El tiempo nos diría cuanto seríamos capaces de resistir.

    Bramimchenko había partido al alba con Kamov y Tarazov. Los acompañaron unos veinte soldados mandados por un sargento. Además de estos Nadia Lenochka se separó del pelotón de Fiodorova para ir con ellos al aeródromo. Se vistieron con uniformes de las Waffen SS y tomaron el camino con sigilo sorteando los zombis usando las calles menos infestadas con estos. Debieron saltar por azoteas y derribar un bicho o dos con armas con silenciador para no alertar a las hordas, pero lograron salir de Puentegrado sin que les mordieran una pierna y llegaron a las avanzadas alemanas donde el enemigo tenía sus postas y trincheras.
    De noche era común que algunas escuadras de saboteadores entraran a la ciudad a tratar de hacer estragos entre los rusos y por suerte lo alemanes que los vieron salir con sigilo de la ciudad hasta los saludaron con agrado. Todo salió a pedir de boca mientras se internaron por las filas alemanas con naturalidad.
    Michael iba un poco tenso, los fascistas andaban por todos lados y ellos en su gran mayoría no sabían decir nada en alemán, salvo el sargento que comandaba el grupo de hombres que sí dominaba bastante bien el idioma. En eso estaban, avanzando entre la maleza con los MP 40 colgados de la espalda y un nerviosismo que no se les quitaba con nada cuando apareció una rubia madura, bien entrada en los treinta con uniforme de las SS. Ella se les plantó delante y dijo unas palabras que ellos no entendieron en lo más mínimo. El sargento trató de hacerlo pasar por alemanes pero la mujer pareció quedarse pensativa con algo que había dicho nuestro hombre.
    Michael Michaelovich se preparó para lo peor cuando la mujer hizo señas a un par de soldados para que se acercaran hablando a gritos. Eso se lo confirmó todo y sus camaradas pensaron igual.
    Roger Constantinovich, que tenía una pistola Parabellum, arremetió contra la mujer golpeándola en la frente y haciéndola caer. Acto seguido corrieron a la desbandada mientras algunos alemanes disparaban hacia ellos. Más adelante vieron un camión y Roger les ordenó subir a él.
    – ¿Qué pretende, camarada? – le preguntó Bramimchenko a Tarazov.
    – Suba al camión, coronel, o estamos muertos – le había dicho su compañero.
    Los camaradas fueron cubriendo la retirada mientras iban subiendo a la plataforma del camión. Roger subió a la cabina para encender el motor del vehículo con una rapidez que impresionó a todos. El carro pegó la marcha atrás para enfilarse hacia un terraplén con tal violencia que los hombres cayeron empujados por la inercia incluido Michael.
    Detrás los alemanes los seguían, primero avanzando y disparando y luego abordando otro camión.
    Tarazov iba a una velocidad de locos tomando las curvas con desprecio hacia su propia vida. Mientras tanto a Michael aquello le producía una adrenalina que solo era capaz de reír mientras asomaba la cabeza y disparaba hacia atrás buscando matar al conductor de los perseguidores. Había también su peligro pues los de atrás también los estaba bañando de balas.
    Nadia Lenochka se pegó a Michael y le dijo que no fuera tan audaz si quería mantener la cabeza pero eso a él no le importaba en ese instante. Con el automático MP 40 siguió intercambiando disparos junto a sus compañeros hasta que una bala extraviada de quién sabe cuál de ellos le hizo explotar un neumático a los perseguidores que se volcaron con gran estruendo.
    Los soviéticos dieron hurras de alegría pero pronto descubrirían a un retén de guardias alemanes que les bloqueaba el paso adelante. Había par de ametralladoras con ellos, Tarazov iba a tener suerte si pasaba por ahí.
    – Ahora sí que nos matan – decían muchos, pero Roger Constantinovich estaba decidido a pasar por allí a como diera lugar.
    Una ráfaga perdida podía matar a Tarazov o quizás hacerlos volcar, pero a la vez no todos los hombres se mantienen firmes tras una ametralladora cuando un camión a toda velocidad les viene de frente. Fue como apostar, y Roger Constantinovich sabía mucho de eso, no por gusto era piloto de caza. Pilotar un avión de combate ofrecía las mismas decisiones de vida o muerte por lo que Tarazov aceleró a fondo y si los alemanes no se llegan a quitar del camino los hubiera arrollado. Cuando el retén de soldados fascistas quedó atrás todos sintieron un inmenso alivio. Mondursk estaba a tan solo cinco kilómetros de allí, la suerte tenía que serles de ayuda.
    Ser lugareños les ayudaba en encontrar atajos. Roger Constantinovich fue muy astuto a la hora de meter el camión por senderos que los alemanes usaban poco para llegar a las inmediaciones del valle donde se extendía el aeródromo soviético fuertemente custodiado.
    Ni bien los suyos los vieron comenzaron a disparar. Tenían una sábana blanca lista para ese momento. La cual hizaron en un palo para ondearla al viento. Todos gritaron que no los fueran a matar, que eran rusos.
    El camión se acercó despacio y los soviéticos quedaron espectantes con mucha desconfianza. Un teniente se adelantó con el automático listo para disparar y les pidió que salieran del camión muy lentamente con las manos en alto. Por suerte ni bien el hombre vio a Tarazov se dejó de formalidades.
    – ¡Bienvenidos de vuelta, camaradas! – les gritó el teniente -. Ya los dábamos por muertos a estas alturas.
    Michael Michaelovich se bajó del camión con un horrible dolor de espalda seguido por Nadia Lenochka. Casi cojeando se adelantó hasta el teniente al cual tomó de la camisa para luego estrecharlo en un abrazo.
    – Muertos van a estar los alemanes cuando yo me suba a un avión – gritó Bramimchenko y todos los hombres lo aclamaron dando hurras.

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  23. Capitulo 15. «Rusalkas»
    Gamora fue a su tienda a ver a la bruja. Los rusos aún no habían caído, los muertos rodeaban Puentegrado pero aún así esa gente se las habían arreglado para mantenerlos a raya y seguir resistiendo. Esa tal Lynxx tenía que ofrecerle un mejor plan porque su experimento con zombis era bastante lento y ella estaba con muchas ganas de ver a esa ciudad en sus manos de una buena vez. Al entrar en la tienda encontró a la bruja muy relajada bebiendo una copa de vino y hojeando un libro de apariencia antigua con encuadernación de cuero.
    – ¿No tienes algo más mortífero para lanzarles a esos desdichados, señora hechicera? – preguntó Gamora con muy malas pulgas -. Esta es la hora que siguen conteniendo tu invasión.
    La bruja esbozó una sonrisa y le sirvió una copa a la teniente general. Gamora aceptó la bebida de mala gana y se sentó frente a Linxx. Tenía que poner en claro si aquella mujer le iba a resolver su problema con los rusos o si todo su misterio era pura cháchara.
    – ¿De donde sacas vino, a fin de cuentas? – quiso saber ella al degustar un trago de un tinto muy bueno -. Ya mis reservas se agotaron.
    Lynxx sonrió rellenando su propia copa con un poco más de vino de una jarra a su lado.
    – Magia, querida. Puedo transformar el agua en lo que me plazca – admitió Lynxx bebiendo un poco y soltando un suspiro de paz interior -. Respecto a tus enemigos los rusos, no te preocupes. Les tengo preparada una sorpresa para esta misma noche. Esta es una tierra muy vieja, aquí se practicaban los viejos ritos y por desgracia muchas chicas acabaron en la hoguera cuando la brujería era pecado. Siento muchos espíritus herrantes en esta tierra, espíritus que vienen a mi llenos de odio. Odio hacia esa ciudad que los condenó en su día y que ahora los ha olvidado. Esta noche ocurrirán cosas muy interesantes.
    Gamora sintió escalofrios de estar parada al lado de aquella criatura.
    – ¿Qué sorpresas? ¿Qué espíritus? ¿De qué diablos hablas? – se empecinó en preguntar -.
    Sin embargo la bruja no dio respuesta y se quedó en silencio con la mirada perdida hasta que un rato después le pidió que se fuera.
    – ¿Irme a dónde? – preguntó la teniente general sorprendida -. Esta es mi tienda, tú la has usurpado pero no me puedes sacar de aquí.
    Entonces la bruja la miró con unos ojos casi negros y le habló con un aliento tan helado que la hizo temblar de frío como si la temperatura allí hubiera bajado a varios grados bajo cero.
    – Te irás, Gamora, no quieras saber lo que es molestarme – dijo Lynxx casi en susurros y la teniente general se escurrió de allí tan pronto está hubiera acabado de hablar.

    Una montaña de libros encontró Luthien en la iglesia, y todos muy viejos, de siglos de antigüedad. Todo un pasado condenado al moho, al polvo y las telarañas. Muchos textos no hojeados en un tiempo indeterminable la aguardaban en el estante de los libros antiguos y de los prohibidos. Había de todo.
    Literalmente de todo, desde textos bíblicos hasta diarios de sacerdotes, desde libros de conjuros hasta actas de ejecuciones públicas. El pasado de Puentegrado estaba allí. Los libros de bautizos y los de entierros de decenas de generaciones de lugareños, los libros con las canciones religiosas y las partituras de las orquestas que alguna vez acompañaron actos solemnes. En la soledad de una iglesia abandonada, condenada al ostracismo de estar en una ciudad vacía ocupada por militares que se defendían de otros militares, descansaban viejos secretos que podían reducirse a polvo el día menos pensado cuando una bomba extraviada, caída de algún Junkers alemán mandara a todo el edificio a volar por los aires. Pero en aquella maraña de cosas encontraría Luth algo necesario para entender las fuerzas que dominaba la bruja enemiga y que los tenía a ellos contra la pared.
    Entre siglos de historia, la doctora Romansky se enclaustró a leer y su búsqueda fue exhaustiva. Miró en inventarios de la iglesia, en diarios y en manuscritos de sacerdotes. La historia decía que los primeros habitantes de allí habían tenido muchos problemas con los paganos. Estuvo aquella tierra llena de viejos creyentes que adoraban a dioses de nombre ya olvidado por la posteridad. El cristianismo vino a instaurarse en una región de campesinos y pescadores que aceptaron a regañadientes la nueva fe.
    En uno de los manuscritos encontró Luth que cuando se fundó el pueblo de Puentegrado, siete siglos atrás, los pobladores practicaban aun en secreto ritos de adoración a deidades de la naturaleza para tener mejores cocechas y años sin plagas. Hubo que ser severo con las brujas de los bosques que trajeron el caos a los seguidores de la nueva fe.
    En un libro escrito por el sacerdote Piotr Paplochenko, ciento veinte años después de las cacerías de brujas Luth leyó lo siguiente: «En estas tierras la mano del demonio era tan fuerte que comunidades de infieles prosperaban entre los propios feligreses de nuestra comunidad. Venían a misa, se decían parte de nosotros, pero en las noches iban a los bosques a entregarse a ritos endemoniados donde reinaba la bebida, los cantos a dioses paganos y hechos de fornicación y desenfreno. Por esto la identificación de las brujas para lograr la tranquilidad de nuestra región fue tarea de primer orden y con el esfuerzo de todos extirpados ese mal que tanto daño hizo a nuestras almas».
    Luth se horrorizó al ver el recuento de supuestas brujas llevadas a la hoguera por entonces. En un solo mes encontró que unas cuatro mujeres de la región fueron quemadas.
    Luego siguió buscando y encontró indicios de que incluso en años más recientes la obsesión por capturar brujas seguía presente en Puentegrado. Los sacerdotes estaban seguros de que en la región seguía operando una secta que seguía activa a través del tiempo y que preservaba los secretos de una antigua religión de la cual ya casi nadie se acordaba.
    Los libros de hechizos que se encontró eran reales, sin dudas habían existido brujas en Puentegrado y no en un número despreciable. La gran mayoría eran de conjuros ancestrales para pedir frutos a la tierra o para curar fiebres o dolores. Nada peligroso ni revelador. Nada que le sirviera de arma. En resumidas cuentas a ella misma la hubieran quemado de haber vivido en aquella época intolerante por tener un libro exactamente igual a aquellos que se exhibían en el estante. Pero ella no se daba por vencida. Debajo de aquella montaña de papeles tenía que descansar una hechicería más oscura y vengativa. Una a la que pudiera hechar mano para defender a los suyos.
    Entonces sacando un manuscrito de su lugar vió una pequeña caja de madera oculta tras dos gruesos volúmenes de alguna enciclopedia. Con calma Luthien tocó la madera de la caja y sintió un estremecimiento. Había energía muy fuerte contenida en aquella cosa. Algo que de inmediato le llenó la mente de imágenes de violencia y asesinatos, de aldeas enteras masacradas por la espada, de sacrificios humanos en medio de la noche, de magia ancestral que se apoderaba de ella con solo tener contacto con el misterioso recipiente.
    Con premura Luth sacó la caja y abrió su tapa descubriendo un cráneo humano negruzco y corroído por el tiempo, junto a este había un puñal envuelto en un trapo ya gris y mohoso que se deshizo en contacto con sus dedos. La daga enjoyada era preciosa, su empuñadura era de oro y su hoja del acero más afilado que hubiera visto jamás. Pero con tan solo tocar el arma un dolor muy fuerte la estremeció cuando una cantidad descomunal de energía atravesó su cuerpo haciéndola gritar. Luth soltó la daga y cayó tendida en el suelo exhausta, como si le hubieran quitado todas las fuerzas. Había comenzado a encontrar lo que andaba buscando pero se preguntó seriamente si ella sería capaz de controlar algo así.

    Tras acabar la jornada me fui a supervisar las rondas nocturnas de la guardia. Pasé por las barricadas pero acabé dándole un ojo al río que rodeaba a la ciudad, ya era tarde y había sido un día cansón. Muy agradable ver el río, hacía mucho que los alemanes lo habían envenenado y lo seguían envenenando llenándolo de petróleo, grasa, animales y hombres muertos, pero tenía su encanto. Lo vigilabamos pues aunque profundo, podía ser usado como acceso a Puentegrado.
    Me entrevisté con el teniente que dirigía aquella posta con cincuenta hombres y comprobé que las cosas estaban tranquilas por allí. En la otra orilla los zombis seguían tirándose al agua desde el otro lado muy de vez en cuando y la corriente se los llevaba sin ningún problema.
    – No hay incidencias, camarada comisario – me dijo el oficial y yo me preparé para marcharme.
    La noche comenzaba a avanzar y ya me estaba entrando sueño. Una brisa fresca movía las ramas de los árboles no muy lejos de allí y una gran luna llena nos iluminaba en un cielo despejado. A veces la guerra le regalaba a uno momentos así de relajantes, aunque a veces esos eran los peores, cuando rompía una emboscada luego de un instante de paz y te pillaba desprevenido. Como fuera ya era tarde y yo me iba a dormir. Recuerdo que me despedí de los camaradas.
    Entonces las aguas se pusieron más quietas de lo habitual. La corriente se fue deteniendo como si una calma fantasmal se hubiera apoderado de todo. Luego aquella figura emergió de las profundidades. El teniente preparó su automático y yo rastrillé mi pistola Tokarev. La criatura fue saliendo despacio, todos nos mantuvimos en vilo. Primero emergió una cabeza con el rostro cubierto de cabellos largos, luego salieron unos hombros con una piel pálida e impoluta, todo un cuerpo fue saliendo de allí pero no era podrido como el de los zombis. A todos se nos aceleró la respiración y el pulso.
    Entendimos que era una mujer y muy jóven. No tenía ropas, su pelo negro mojado y largo le cubría los senos y un montón de algas y plantas de río le cubrían sus regiones más íntimas, era una figura hermosa. Quedamos paralizados admirando aquel cuerpo cuando el rostro emergió al subir la frente y apartarse el pelo con una mano. Era la mujer más bella que ví jamás en mi vida. Sus facciones delicadas y armónicas con un hoyuelo en la barbilla eran perfectas. Tenía unos labios de un color rosado pálido y pestañas largas, pero sus ojos estaban cerrados. Quedamos sin aliento ante tanta belleza. Su expresión era como si estuviera dormida.
    Nadie se había movido ni un milímetro, si una mosca hubiera sonado creo que la habríamos escuchado. Vimos lágrimas salir de sus ojos, lágrimas que rodeaban por aquellas mejillas perfectas. Entonces abrió los ojos. Eran azules, de un tono fuerte, hermosos. Aquella mirada reflejaba tanta tristeza que se nos heló el corazón. Sentí un escalofrío que me recorría el cuerpo, sentí que tenía que consolarla, que haría lo que fuera por ella, así tuviera que darle mi propia vida.
    – Tengo frío – dijo la muchacha casi en susurros con una voz melodiosa que nos dejó enternecidos -. Hace mucho tiempo que estoy muy sola, hace mucho tiempo que no tengo con quien hablar, estoy muy triste.
    De sus ojos seguían saliendo lágrimas y nosotros también comenzamos a llorar sin saber bien por qué. Las lágrimas se me salían y no me importaba nada más que ella. Su tristeza era mía, tenía que hacer lo que fuera para verla feliz.
    Todos estábamos paralizados pero yo no reparé en ello entonces. La chica se acercó al teniente y lo abrazó. Sentí envidia pero me quedé admirandola sin apartar mi vista ni un segundo, igual a los demás. Ella temblaba y él la estrechó en sus brazos.
    – ¿Vendrás conmigo? – dijo ella y él asintió cuando la chica lo besó en los labios -. Camina al agua entonces.
    La muchacha soltó al teniente y este fue directo al río que parecía más quieto que nunca. El hombre se sumergió hasta la cintura y una fuerza desconocida lo arrastró hasta el fondo. Nunca lo volví a ver. Ella iba de uno en uno y los soldados se lanzaban al agua para ahogarse sin cuestionarlo. Perdí la cuenta de cuántos se lanzaron al río, solo sé que yo ansiaba que llegara mi turno.
    Yo quería que me tocara, que me diera su atención solo un instante y me besara, con un beso suyo yo podría morir si era preciso y me daría por bien pagado. Ella estaba lejos, besando a otros chicos que luego se lanzaban al agua.
    – Ven a mi, ven ya – repetí en susurros.
    Pero ella no se volteaba a verme y eso me causaba una pena tan profunda que solo me hacía querer morir. Yo no merecía la vida si no era capaz de tocarla.
    Entonces escuché una ráfaga de automático a mis espaldas que me sacó de mi letargo y me devolvió a la realidad.
    – ¡Gonkarenko, corre que es una Rusalka! ¡Te va a ahogar en el río! – me gritó Jacque y yo la oía como desde muy lejos estando a tan solo unos metros de mi.
    Jacqueline me zarandeó obligándome a mirar hacia atrás. Habían llamas cerca, era un incendio, la ciudad se estaba quemado.
    La Rusalka entonces se giró hacia nosotros y miró a Jacque con rabia, al parecer las mujeres no caían tan fácil en su hipnosis. Se fue acercando con un rostro inexpresivo y de sus dedos crecieron largas garras puntiagudas que sin dudas eran para nosotros. Jacque le disparó al ser hasta quedarse sin munición y tan solo logró enlentecela.
    En serio creí que era el fin hasta que Luthien se apareció con una antorcha encendida y vimos el rechazo que eso causó en la Rusalka. Luth la amenazó con el fuego y la criatura retrocedió. Entonces nos fuimos de allí lentamente dejandola en la orilla del río cuando se avanzaba sobre un soldado que por desgracia no pudo irse con nosotros. Ya lejos de allí oimos los gritos del pobre.
    – ¿Qué está pasando Luth?- le pregunté viendo los edificios en llamas y los hombres lanzándose de las azoteas.
    – Rusalkas, comisario, están por todos lados gracias a que esta desdichada ciudad está junto a un río maldito.

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    1. Ya estoy al día con su relato, camarada, la inclusión de elementos sobrenaturales y del folclor de la región le da un nuevo aire distintivo al asunto. Me ha gustado muchísimo, seguiré a la espera de próximas entregas.

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      1. Gracias por la lectura teniente Saburov. Nos aproximamos a las secuencias finales. Veremos qué tal les parece. El próximo capítulo sale mañana como previsto.

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  24. Capitulo 14: Los macheteros.
    Danxx y Kotov acabaron de matar zombis a machetazos cerca del anochecer, estaban exhaustos, casi no podían sostener el machete en las manos pero estaban alegres por el resultado. Cantallov mandó a traerles vodka y algunas galletas para recomponerlos. Frente a las barricadas se acumulaban los muertos vivientes pero en el suelo habían muchos otros más despedazados. Sin dudas el ataque había sido más efectivo que si hubiéramos gastado miles de balas.
    Como el jefe había dado la orden se trabajó toda esa noche para acabar los machetes que se iban a necesitar para armar una compañía. Luego se escogieron a los hombres. Los cuarenta soldados de la tropa de Saburov se presentaron como voluntarios y una segunda tropa de veinte de los nuestros también brindaron disposición de ayudar. Entonces justo al amanecer hicimos una reunión con la tropa y el mariscal abanderó a los primeros pelotones de macheteros del ejército rojo. ¡Qué orgullo!
    Los macheteros estaban en formación frente al mariscal con sus armas al cinto bien afiladas. Les dimos buenos cascos y guantes, un escudo de roble, así como pistolas Tokarev por si debían defenderse de algún enemigo vivo.
    A los lados los acompañaban hombres de la sexta división que los admiraban. El teniente Danxx Saburov estaba a la cabeza del grupo y recibió de una de las chicas que habían venido con él un estandarte que los identificaba como: macheteros del ejército rojo. La bandera era roja con letras doradas, habían trabajado la noche entera para hacerlo. El mariscal los despidió antes de que se internaran a las calles repletas de zombis para realizar su mortífera tarea.
    – Camaradas, el futuro de todos nosotros está en sus manos – dijo Cantallov -. La patria va con ustedes cada vez que derriben a un engendro. Solo les deseo suerte.
    Todos les dimos muchos hurras y los acompañamos a las barricadas. Entonces su faena inició.

    Danxx puso un pie al borde de las barricadas y respiró hondo antes de dar el salto, sus compañeros le seguían. Estaba a un instante de encontrarse con su destino. Fue solo dejarse llevar y cayó rodeado de engendros putrefactos que venían hacia él. Un tajo y una cabeza rodó, luego otra, los zombis manoteaban por agarrarlo y el les picaba brazos y piernas de un solo golpe rompiendo huesos y cartílagos. Contenía los golpes con el escudo y volvía a machetear a derecha e izquierda acabando con todo lo que quedaba por delante pero los zombis no paraban de llegar.
    Pelear con el machete era como sumergirse en un mar, los movimientos lo alejaban de la seguridad de la barricada y lo aislaban cuando se cerraba un círculo a su alrededor. Sus chicos peleaban a su lado pero poco a poco cada quien hizo su propio sendero entre los muertos. De pronto oía un grito desgarrador y veía los zombis abalanzandose sobre algo y entendía que alguien había muerto despedazado pero eso le daba más rabia para gritar y dar cada vez más tajos a los engendros.
    La sangre negra y podrida de los zombis le bañaba la cara y todo el cuerpo. Cada vez eran más los que lo rodeaban. La velocidad de los cortes tenía que ser exacta para no verse superado. A veces una patada en el pecho de una criatura era la diferencia entre vivir un minuto más o ser agarrado. Pero lo peor era la fatiga.
    Los hombros le pesaban como plomo y ya el agarre no era el mejor en la empuñadura. Sus dedos entumecidos apenas si podían seguir aquel ritmo mortal con aquella hoja afilada que ya era como una parte de él.
    Fue un avance lento pero al final los zombis fueron muchos menos en esa parte de la ciudad. Siguieron así, calle a calle sin detenerse. Los engendros salían de todas las esquinas y a veces eran capaces de sorprender pero los macheteros fueron mejores. Tras ellos los soldados empujaban las barricadas para delimitar el nuevo territorio ganado a la muerte. Cinco cuadras de Puentegrado volvieron a ser controladas por los vivos.
    Con el sol en lo más alto de aquel verano abrazador Saburov y sus hombres no pararon de pelear aunque las afueras siguieran repletas de muertos vivientes que continuaban entrando. Mataron cuantos pudieron y siguieron matando más dejando el asfalto untado de sangre de engendros. Cierto que ya para cuando él se tomó un instante para tomar aire habían muerto unos diez de sus combatientes, muchos de su propia compañía, pero no había sido en vano.
    Sin comer ni beber agua, sudando a mares y con el polvo incrustado en la piel, Danxx dio tajos hasta darse cuenta de que el filo de su arma estaba gastado y mellado. Para ese momento el atardecer caía y sus fuerzas no alcanzaban para más.
    El mariscal desde la distancia ordenaba que se retiraran pero ellos siempre querían probar un poco más de suerte. Solo cuando la luz del sol comenzó a escacear se plantearon en serio parar el trabajo y ya para entonces los montones de zombis despedazados estaban por doquier.
    Danxx y Kotov junto a seis de los mejores cubrieron la retirada mientras nuevos zombis tomaban la calle. Había que admitir que los últimos muertos se habían vuelto más rápidos y por ende más difíciles de matar pero cerrando filas podían mantenerlos a raya. Así, paso a paso, retrocedieron hacia las barricadas donde los últimos aprovechaban para saltar hacia el lado de la seguridad. Danxx estaba tenso en la espera de su chance para salir de allí pero como líder de su tropa debía dar el ejemplo. Esperó su momento con estoicismo.
    Mientras los francotiradores trataban de derribar a los zombis más cercanos para que ellos pudieran saltar más seguros Danxx comenzó a perder el control. Verse tan cerca de la seguridad le hacía perder el equilibrio mientras los muertos se le acercaban más y sus cortes ya no eran ni la mitad de rápidos que los del inicio. En eso resbaló y fue a dar al piso cuando dos zombis se lanzaron hacia él. Sinceramente Saburov creyó que era el final pero Kotov lo tomó del cuello de la camisa y lo arrastró hacia atrás con unas fuerzas sacadas de donde ni él mismo sabía. Gracias a eso Danxx vivió para vivir un día más y se arrastró con agonía por encima de los troncos cruzados de las barricadas para lanzarse hacia el otro lado donde se dejó caer en medio de la calle con los brazos abiertos y a punto de perder el sentido. Kotov le dio unas sacudidas sonriendo.
    – Volvimos vivos, teniente – dijo con aire alegre.
    El mariscal se acercó a él y ordenó que le dieran agua. Un soldado le ofreció una cantimplora y él por poco la dejó vacía.
    – Despacio teniente que no hay mucha – le advirtió el soldado pero Cantallov lo interrumpió.
    – Dénle toda el agua que quiera – ordenó el mariscal – es un héroe de la Unión Soviética, yo personalmente escribiré su solicitud a Moscú.
    Con mucha dificultad Danxx se levantó apoyándose de su amigo Kotov para ir a los dormitorios, tras ellos iban los macheteros igual de cansados pero con la frente en alto y el orgullo visible.
    Saburov creía que se iba a desmayar. Lo peor era que al día siguiente le esperaba más de lo mismo, pero valía la pena.
    Llegó a su habitación, Yekaterina lo recibió con un beso en los labios y tras un baño reparador el héroe cayó en la cama a dormir una noche que le sabría muy corta.

    En la noche me reuní con el mariscal en el estado mayor a hacer un análisis de cuan mal iban las cosas. Ya eran habituales las reuniones así, nos daban las cuatro de la mañana revisando cuadra por cuadra el número de bajas, el avance en la limpieza de los zombis y el estado de las provisiones. Jacque se incorporó temprano para darnos su parte sobre la logística de nuestra situación.
    Estábamos todos alrededor de una mesa en la chabola de Cantallov con unos cuantos mapas extendidos y una botella de vodka semivacía en el centro.
    – Tenemos comida para resistir al menos un poco más – nos aclaró Jacqueline – los refugiados que albergamos son un gasto considerable pero no podemos dejarlos a su suerte, al menos ayudan en el hospital y hacen varias cosas útiles como la lavandería de uniformes y el trabajo en las cocinas. Aún con ellos la comida alcanza, es poca pero de momento hay para que la gente coma algo al menos una vez al día.
    Cantallov asintió y preguntó por el agua, el pozo estaba dándonos cada vez menos y el hecho de profundizarlo nos contaminaba el líquido hasta que acabaran las obras y se pudiera limpiar.
    – No es recomendable hacer ninguna obra en el pozo, mariscal – dijo ella – tenemos niveles muy bajos de reservas y al menos el hospital demanda mucha agua, le sigue el consumo de la tropa que hasta ahora es de una cantimplora al día. El pozo está dando mucho menos que antes pero los muchachos que se encargan de sacar el agua han cumplido la norma hasta ahora, más lento que antes pero han cumplido.
    Dicho eso pasamos a los zombis. Habíamos limpiado cinco cuadras en dirección sur y eso era un logro. Los macheteros habían hecho un magnífico trabajo y era cuestión de máxima prioridad contruir más machetes para crear dos compañías más. Los francotiradores eran otra ayuda, de hecho estábamos dejando en su mayoría a los francotiradores a cubrir a los macheteros porque los soldados con automáticos gastaban un chorro de balas y no eran tan efectivos. Además que la munición comenzaba a escacear.
    Gracias al cielo los alemanes no se animaban a unirse a los zombis porque de lo contrario la íbamos a tener más difícil. De cualquier modo de noche no había macheteros, el problema con los muertos vivientes era el mismo, seguían pegados a las barricadas. Eso nos obligaba a apostar en cada punto a un grupo de soldados con fusiles Mosin Nagant de cinco tiros (para ahorrar balas) a matar con calma a los engendros que fuera posible. Cuando la cosa en serio se ponía fea (cientos de zombis en el mismo lugar) mandábamos a colocar una ametralladora antiaérea convenientemente apuntada al nivel de la calle, para acabar con todo lo que hubiera. Eran efectivas, pero no podíamos usarlas para todo porque tampoco había mucha munición para ellas y luego nos quedábamos sin antiaéreas para espantar aviones, que ya no abundaban pero que podían regresar.
    En esa estábamos cuando se incorporó Bramimchenko.
    – Señores, tengan buenas noches – nos dijo.
    Intercambiamos saludos militares y nos estrechamos las manos. Bramimchenko venía con sus aviadores Kamov y Tarazov, los tres vestían de civil porque no teníamos uniformes que darles.
    – Coronel, bienvenido a nuestra reunión – le dije brindándole un trago del poco vodka que quedaba, sirviendo un trago para cada uno de ellos la botella se agotó -. Parece que estamos cortos de alcohol.
    – Como no tiene ni idea, comisario – dijo Jacque entre risas – estamos bebiendo de mi reserva personal porque el hospital de la doctora Romansky con sus curas de heridas consume más vodka que un batallón de cosacos, ya me quedan muy pocas botellas.
    Bramimchenko se sentó junto a sus hombres. Estaba recién afeitado, los tres lo estaban, y su ropa y aspecto eran impecables, les faltaba una semana allí para acabar tan desaliñados como nosotros.
    – ¿Como puedo volver a mí aeródromo? – quiso saber él con una mirada cansada -. Mis aviones están allá en tierra, cuando deberían estar volando con nosotros dentro para ametrallar a un poco de nazis. Necesito de su ayuda para que me lleven hasta allá. Podríamos usar el truco de disfrazarnos de alemanes. Nos funcionó para llegar hasta aquí.
    El mariscal asintió en silencio. Muy parco y pensativo Cantallov por esa época, aunque bueno, él nunca fue un tipo que hablara de más, tampoco de menos.
    – ¿Como se las arreglaron para burlar a los alemanes? ¿No sé encontraron a nadie que les hiciera unas preguntas? – preguntó el mariscal -. Realmente tuvieron suerte.
    La pregunta hizo a Michael sonreir.
    – La chica, Yekaterina, estudió lenguas extranjeras en Kiev – dijo el coronel -. Nos topamos con un Obergrupenfürer con un camión de soldados y ella nos hizo pasar por una tropa alemana. Sí me preguntas, esa mujer tiene más valor que unos cuantos hombres, por poco nos batimos a tiros ahí mismo con los nazis pero ella controló la situación de una forma impecable.
    – Tengo otros oficiales que dominan el alemán – dijo el mariscal -. No te puedo dar a Yekaterina, es la mujer de Saburov y el hombre tiene una tarea grande dirigiendo a los macheteros. Pero te puedo dar a alguien más. Reúnan sus cosas, en breve formaremos un destacamento para que los escolte. Irán vestidos de alemanes. Partirán al amanecer a ese aeródromo. Dios sabe lo que nos hace falta la aviación, coronel. Solo les deseo que llegando allí no les caigan a tiros por confundirlos con el enemigo. Antes de aparecerse griten.
    Los tres aviadores rieron a carcajadas.
    – Entonces mañana volvemos a Mondursk – dijo Bramimchenko.
    Esa misma noche formamos el grupo y ya con las primeras luces del amanecer nuestros tres pilotos con un pelotón de soldados, todos con uniformes y armas enemigas, partieron a atravesar hordas de zombis y un cerco alemán para llegar a sus aviones.

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  25. Capitulo 13. «Puentegrado sitiado por muertos».
    Cuando Jacque me vino a buscar el mundo se estaba acabando. Los muertos vivientes andaban por las calles y destrozaban a los nuestros.
    – ¿Qué está pasando? – le dije a ella -. Dime qué estoy loco.
    Pero yo no estaba loco, las bajas eran incontables, la gente no sabía como soportar aquello. Los zombis atacaban en manada y un soldado con un automático apenas si era capaz de derribar a uno luego de gastar sesenta balas. Lo más dramático era que todo ocurrió comenzando la noche. Jacque me llevó ante Cantallov. Enseguida fuimos por sectores viendo que tan mal íbamos. En casi todos nos encontramos con que los engendros habían sobrepasado nuestras filas y vagaban con sed de sangre por la ciudad.
    Probamos de todo, los golpeabamos con palos, con piedras, lo que más nos resultó fue asustarlos con fuego porque en serio se espantaban. Tuvimos que retroceder cuadras enteras regalando las afueras de la ciudad y hacer barricadas en las calles con palos cruzados y alambradas para contener a los zombis. Cuando eran muchos prendiamos fuegos y entonces tras las barricadas poníamos a los mejores tiradores a dispararles en la cabeza a aquellos seres. Solo así volvían a morirse. El amanecer nos sorprendió delimitando nuestro territorio calle a calle y limpiando nuestro perímetro de los que se nos habían colado.
    La luz del sol fue un regalo pues matar a aquellos bichos en tinieblas era una locura, sin embargo la artillería de los alemanes comenzó a bombardearnos desde muy temprano.
    Los enemigos no movían ni un dedo, solo esperaban a que nos desmoronaramos rodeados de muertos vivientes mientras nos hostigaban de lejos. La verdad yo no acababa de asimilar que aquello que veían mis ojos era real pero cuestionarlo no resolvía problemas.
    El mariscal convocó a reunión del estado mayor y Jacque, la doctora Romansky y yo fuimos a su chabola a buscarle solución a lo imposible. Todos teníamos unas ojeras horribles y un sueño atroz pero a pocos kilómetros de nosotros se libraba un combate metro a metro.
    Lo primero que nos preguntó el mariscal era si teníamos idea de que demonios había ocurrido.
    – ¿Es algún tipo de sustancia que hace a los muertos caminar? – decía él ya trastornado y con las manos en la cabeza -. ¿Son muertos de verdad o son máquinas?
    Luthien estaba pensativa pero su mirada me dio a entender que algo se estaba guardando. Aún así no supimos que responderle.
    Varios minutos después Luth habló.
    – Es magia negra – aseguró la doctora e hizo reír al mariscal.
    – Por favor camarada, que somos soviéticos materialistas – dijo él -. Yo no creo ni en dios, ni en la virgen ni en el espíritu santo.
    La doctora quería explicar algo pero no sabía bien por qué.
    – Eso está más allá de toda explicación, mariscal – afirmó Luth -. Yo sé de lo que hablo porque ya lo había visto antes.
    Sus palabras nos llamaron a todos la atención. Pero igual no le seguíamos el hilo.
    – ¿A qué te refieres? – quiso saber Jacque.
    Luthien soltó un hondo suspiro antes de hablar.
    – Sé que tal vez a ustedes les parezca algo extraño pero vengo de una familia de brujas polacas y este tipo de cosas se ha descrito por generaciones – confesó ella – lo que estamos viendo es magia de sangre y quien sea que lo esté haciendo tiene mucho poder.
    Quedamos en silencio unos segundos asimilando aquello.
    – ¿Los nazis tienen una bruja? – nos preguntamos todos casi a coro.
    La segunda pregunta que siguió a esa casi de inmediato fue para Luthien.
    – ¿Luth, eres una bruja? – le dijimos.
    Ella asintió con algo de sonrojo.
    – Pero no tengo experiencia en nada de esto – nos confesó ella -. A lo sumo solo he logrado que los campesinos tengan buenas cocechas y que algunas heridas no se infecten. Además que no tengo muchos libros con los que estudiar.
    Entonces recordé el pesado libro que Luth cargaba para todos lados y que yo creía que era un libro de medicina. ¿Sería ese su libro de conjuros? Luego pensé en la iglesia.
    – Hay una sección de libros prohibidos en la iglesia donde está el oro del zar – le dije a Luthien -. Ví unos cuantos estantes de manuscritos viejos que podrían interesarte. Creo que deberías ir ahí a prepararte para que veas si hay algo que puedas hacer.
    Ella asintió en silencio. El mariscal fue del mismo criterio.
    – Nunca pensé que diría esto – dijo Cantallov -. Pero Luth, te nombro bruja oficial de la sexta división. El hospital ya resolverá cómo se pueda. Te ordeno que vayas ahora mismo a la iglesia a leer lo que creas que pueda ayudarte a neutralizar lo que sea que nos estén haciendo.
    Ella asintió y salió de allí para cumplir la orden. Nosotros nos quedamos un rato más actualizando los mapas con el estado actual de las líneas de defensa.
    En eso estábamos cuando un sargento entró a la carrera para avisarnos de algo urgente. El mariscal le dio permiso para dar la información y el hombre tuvo que tomar un respiro para hablar pues venía sofocado.
    – Hemos capturado a un grupo de alrededor de cuarenta hombres y un pelotón de mujeres con uniformes alemanes – nos dijo -. Afirman ser rusos y hablan perfectamente el ruso. Piden ver a nuestro superior para incorporarse a nosotros.
    Cantallov mandó a que los trajeran de inmediato ante él. Un rato más tarde llegaron. Los hombres usaban uniformes de las SS pero entre ellos identifiqué de inmediato al coronel Bramimchenko y a dos de sus pilotos. Sin embrago quien habló en nombre de ellos fue una esbelta rubia que se presentó como Yekaterina Fiodorova.
    – Soy capitana y pertenecí al batallón femenino de la tercera división de Leningrado aplastada por los nazis no muy lejos de aquí – dijo ella -. Me acompaña una tropa de destino especial a cargo del teniente Danxx Saburov y tres aviadores del aeródromo de Mondursk que se estrellaron en un bombardero. Venimos a incorporarnos.
    Hablamos con todos y les explicamos lo que estaba pasando en la ciudad. Nos confirmaron que habían hordas de zombis acercándose a nosotros y que no paraban de aparecer más.
    – Lo que sea que esté fabricando a esos bichos no ha parado de trabajar – nos dijo el teniente Saburov -. Hemos visto muertos salir de la tierra en kilómetros a la redonda.
    En eso todos estamos de acuerdo. Entonces mandamos a los recién llegados con Jacque para que los instalara en uno de los bloques de personal que teníamos. Solo Bramimchenko y sus aviadores se quedaron con nosotros. Estaban desesperados por saber del aeródromo de Mondursk.
    – ¿Los aviones cayeron en manos de los alemanes? – me preguntaron.
    Les comunicamos lo último que sabíamos del aeródromo de aquella misma mañana.
    – El aeródromo sigue vivo y defendido por la guarnición que estaba ahí – le dijo el mariscal -. Pero los dos pilotos que quedaban murieron cuando les derribaron los aviones. Volaban dos Bell P-39, así que ya cuentan con dos menos. Los aviones siguen bien, solo falta que ustedes regresen allá para que los vuelen.
    La cara del coronel Bramimchenko no era para nada alegre.
    – Creo que tardaremos mucho en regresar a Mondursk con todos esos muertos peleando por destriparnos allá afuera – afirmó Michael.

    Luego que Danxx se instalara en uno de los dormitorios con sus muchachos fue con Kotov a recorrer las líneas de defensa. Lo que encontró fue verdaderamente dramático, los soldados disparaban a una masa de zombis que empujaban sin parar a las barricadas. El gasto en balas era enorme, derribar a un engendro era casi cuestión de suerte.
    – ¿Y si les cortamos la cabeza? – le preguntó Kotov a Saburov -.
    Eso dejó a Danxx pensativo un buen rato. Si morían de disparos en la cabeza un zombi sin cabeza debería quedar igual se inutilizado.
    – Creo que tengo una idea – afirmó Danxx con una sonrisa eufórica por poner aquello en práctica -. ¿Se te antoja decapitar a unos zombis Kotov?
    Su amigo le dijo que sí pero la pregunta era con qué. Un cuchillo o una balloneta era muy corto, no había tal cosa como una espada, entonces había que construir la herramienta apropiada. Caminando por allí encontraron la fragua abandonada de un herrero y decidieron hacer unas pruebas con unas buenas piezas de acero que había por allí. Aprovechando que Kotov había sido herrero en su pueblito de los Urales se pusieron manos a la obra y luego de un rato calentando metales al rojo vivo y dando martillo crearon unas hojas largas y anchas de un filo estupendo.
    Usando unas piezas de goma les pusieron unas empuñaduras fijadas con remaches de aluminio y les quedó el arma que estaban pensando.
    – ¿Esto exactamente qué es? – preguntó Danxx.
    – Me parece que es un machete – dijo Kotov con orgullo.
    Machetes en mano los amigos fueron a la barricada más cercana. Allí los soldados batallaban por derribar a algún muerto viviente. Antes que nada ambos se ajustaron bien los cascos y se pusieron un par de guantes para tener mejor agarre. Dejaron sus fusiles contra una pared y fueron al borde de la barricada sopesando las afiladas hojas que tenían en las manos. Con tranquilidad comenzaron a lanzar tajos y a cortar cabezas putrefactas de zombis que caían al suelo para no levantarse, las cabezas sueltas daban dentelladas un rato pero no duraban mucho más.
    Por suerte los monstruos aquellos no eran inteligentes y seguían acercándose aunque los de alante siguieran cayendo. Uno a uno los bichos morían por decenas, aún así Danxx y Kotov machetearon por horas y apenas si limpiaron la mitad de la cuadra. Los soldados se quedaban mirando atónitos la eficiencia del machete contra los zombis y muy pronto aquella azaña llamó la atención de más y más gente.
    El propio mariscal fue hasta allí a ver aquello ante el asombro de muchos. Los dos amigos seguían en su mortífera faena, el sudor y la sangre podrida de los seres los bañaba. Sus armas escurrían ese líquido negro que manaba de los cuellos cercenados.
    – ¡Saburov! – dijo el mariscal -. ¿Qué es esa arma que esgrime?
    – Es un machete – respondió él.
    – Pues quiero una compañía de macheteros para mañana mismo, es una orden.

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  26. Capitulo 12. «Entonces se alzaron los muertos».
    Al amanecer el Obergrupenfürer Spriggan Von Hasselhoff ordenó intensificar los ataques, luego fue a entrevistarse con la teniente general pero cuando llegó a su tienda se encontró con una chica extraña encapuchada que portaba un bastón. Gamora no estaba allí, pero acompañaba a la extraña Herr Ropeh, el ex oficial del SD que se les había unido.
    – ¿Se puede saber quién es usted? – dijo Spriggan a la muchacha -.
    Ella lo miró con frialdad y alzó una mano que por medio de una fuerza desconocida enroscó un flujo de aire alrededor de la garganta de Spriggan. No apretaba lo suficiente para matarlo, en cambio lo mantenía expectante de lo que iba a ocurrir.
    – Tengo entendido que es usted el comandante de las tropas – dijo ella muy segura de sí -.
    Spriggan intentó hablar pero la voz no le salía. Consciente de esto la chica misteriosa lo soltó un poco pero sin liberarlo del todo.
    – Lo soy, mi señora, soy el comandante, pero exijo saber dónde está Gamora y si está viva – respondió él con gran seguridad en la voz -.
    Fue la entrada a la tienda de la propia teniente general lo que lo sacó de dudas.
    – Estoy bien, Spriggan – dijo ella con cierto aire cansado -.
    La teniente general se dejó caer en una silla y los miró a todos. Era la misma, pero se dejaba entrever por su estado de ánimo y las horribles ojeras que lucía que aquella muchacha encapuchada había aparecido para amargarte la existencia. Aún así Gamora Bertold estaba impecablemente vestida y arreglada, como era usual en ella. El aplomo y disciplina del carácter no la abandonaban ni en los peores momentos y eso era algo del agrado del Obergrupenfürer.
    – ¿Qué ocurre Gamora? – preguntó él -. ¿Qué clase de brujería ejerce esta mocosa y por qué no recriminas la insolencia con la que me ha tratado?
    Gamora lo miró con lentitud y se lo pensó antes de dar la respuesta.
    – Quise que Ropeh y tú estuvieran aquí por ser mis hombres de confianza para anunciar que la hechicera Linxx Bauer va a tomar el mando de nuestro ejército. A partir de ahora nosotros nos encargaremos de apoyarla en esta tarea pero será ella quien defina lo que habrá de hacerse con los rusos. Viene desde Berlín y si no hacemos lo que dice nos espera un concejo de guerra. Trajo documentos, los cuales están en regla. El propio fürer los firmó.
    Spriggan quedó muy confundido. ¿Brujas en el Reich? Jamás había oído semejante disparate, pero ya había visto demasiadas locuras a lo largo de sus años en la guerra como para no dudar cosas así. Si el fürer les mandaba una bruja pues no había más remedio que obedecerla. No se había ganado la cruz de hierro haciendo cosas por su cuenta. La vida le había enseñado a confiar en los planes de sus superiores que habían logrado grandes metas para la patria.
    La hechicera se llenó una copa del último escocés que le quedaba a la teniente general y recorrió la tienda de un lado a otro como pensando.
    – No hay nada más difícil de vencer que la obstinación humana señores – dijo Linxx -. Ahí fuera se libra ahora mismo una guerra de ratas. Una guerra entre nuestras ratas enterradas en zanjas y las ratas rojas encerradas en esa pila de escombros humeantes que es Puentegrado. Aún así tenemos una fecha límite de 45 días que está a punto de vencerse. ¿Qué hacer?
    La pregunta se quedó como flotante en el aire unos segundos antes de que la muchacha retomara la palabra con una cadencia rápida que concatenaba ideas de manera hipnotizante.
    – Las guerras de ratas no llevan a ningún lado – sentenció la bruja -. La lucha por la supervivencia es el instinto más básico de todo aquel que se ve arrinconado. No luchan por gloria esos rojos, no luchan por la paga ni por un ideal mayor, luchan por tener un día más y cuántas veces ustedes se lancen a la carga más duro ellos nos golpearán. Ya deben saber lo bien que pelea un hombre que no tiene nada que perder y esos son ellos. No son ingenuos, saben que están más allá de toda salvación. Por eso les digo que ninguna estrategia que ustedes hagan va a acabar con esos pobres diablos en lo que queda de mes. Lo cual nos saca del plazo que tenemos para matarlos.
    – ¿Entonces? – preguntó Ropeh-.
    La bruja sonrió y bebió un sorbo de escocés antes de continuar.
    – Entonces tenemos que desatar el infierno sobre ellos y golpearlos con aquello que nunca antes habían visto.
    Hasta la propia Gamora lucia un tanto intrigada.
    – Ya los hemos bombardeado – dijo Spriggan -. Ya les hemos envenenado los ríos y destrozado las casas, hemos acabado con sus exploradores, los hemos cercado por completo, me parece que ya no hay nada más que hacer. Digo, salvo hacerlos morirse de hambre, pero no sé de qué manera vamos a acabar con ellos para cumplir ese ridículo plazo que enviaron desde Berlín.
    Linxx lo miró con una risa maliciosa.
    – Todo eso es cierto – admitió ella – pero para lograr lo que nos falta estoy yo aquí. Vamos a desatar el infierno como nunca antes se ha visto. Pero para ello necesito de la ayuda de ustedes los que mandan sobre esta tropa.
    – Solo diga lo que necesita, hechicera – afirmó Spriggan-.
    – Quiero cinco chicas vírgenes, las que puedan encontrar por aquí – hizo saber Linxx – será la primera orden que he de darles. Quiero cinco chicas ante mí hoy en la tarde.
    El Obergrupenfürer tomó un camión y lo llenó de soldados de las Waffen SS, luego marchó a cumplir la tarea. Cruzaron por caminos dominados por hombres del tercer ejército.
    Spriggan iba despreocupado en la cabina del camión fumando un cigarro soportando los monótonos baches del terraplén. Entonces se encontró a una compañía de las SS (marchando con la desorganización más grande de la vida) que venía frente a ellos. Los uniformes les quedaban horribles por lo anchos y estaban sucios. Junto a ellos en cambio venía un pelotón de mujeres, muy bonitas por cierto.
    El Obergrupenfürer mandó a detener el camión y se asomó por la ventanilla para ver quiénes eran aquellos descuidados. Aún así los muy ineptos por poco siguen de largo sin mostrar respeto por un militar de su rango.
    – ¡Alto ahí ratas de pastizal ! – gritó el Obergrupenfürer -. ¿A dónde van si es que se puede saber?
    Ni uno solo se dignó a abrir la boca y quedaron mirándose unos a los otros como asustados. Eso hizo sonreír a Spriggan.
    – Veo que identifican al jefe después de todo – dijo entre risas -. A ver, hablen. ¿Quién es su superior y a dónde van?
    Por unos cuantos segundos siguieron en silencio hasta que salió una chica del fondo del grupo. Era rubia y esbelta, al Obergrupenfürer le pareció una belleza, tal vez una belleza campestre pero no estaba nada mal.
    – ¿Eres tú la líder de estos mamarrachos? Identifíquese teniente.
    La chica dio un paso al frente y saludó correctamente luego de cuadrarse. Llevaba el pelo recogido en una coleta y un automático MP-40 colgado del cuello.
    – Soy la teniente Gretchen Brown del segundo pelotón de la división Hermann Göring al servicio de la Luftwaffe, mis respetos señor Obergrupenfürer.
    El tono de la chica era muy seguro de sí, pero no había visto a miembros de la compañía Hermann Göring por aquellas zonas en lo que iba de guerra. Eso lo obligó a preguntar.
    – ¿A qué se dedican ustedes por estas zonas señorita teniente? – preguntó Spriggan con picardía en la mirada.
    Ella no titubeó ni un instante en dar su respuesta.
    – Fuimos enviados para apoyar a la teniente general Gamora Bertold. La Luftwaffe la ha dejado sin aviación por lo que manda a nuestro grupo para compensarla en lo que pueden enviar aviones.
    Aquello no tenía mucho sentido pero ella hablaba bien el alemán y no era que el envío de un refuerzo fuera algo imposible.
    – Tiene permiso para seguir, teniente – le hizo saber a la muchacha -. Pero tenga por seguro que voy a llamar al Estado mayor en Stalingrado para que me aclare sobre su tropa.
    La chica asintió y sus soldados fueron tras ella con una cara de espanto que le daban ganas de reír a carcajadas. Adoraba cuando los hombres temblaban ante su autoridad, igual tenía mejores cosas que hacer.
    Spriggan se demoró toda la tarde recorriendo aldeas y llevándose muchachitas. Unas tenían trece y otras quince años pero de manera general tenía entre ellas a las posibles vírgenes que la bruja iba a necesitar. Algunos soldados vinieron a preguntarles si las chicas iban a ser custodiadas por la tropa pero el Obergrupenfürer fue tajante en que si una sola de ellas era tocada por algún hombre iba a correr la sangre.
    Ya atardeciendo, el camión retornó al estado mayor del tercer ejército cuando ya se había terminado de repartir la comida. Spriggan vió a un cabo y le pidió que avisara a la gente de las cocinas que trajera las raciones de su tropa. Luego hizo bajar a las chicas del camión. Las adolescentes estaban asustadas y temblaban como hojas secas.
    Estaba entumecido del viaje y tenía hambre pero personalmente llevó a las muchachas ante la bruja. Eran diez las chicas que había traído y caminaban en fila con un soldado delante y otro detrás con sendos automáticos. Las llevó a la tienda de Gamora donde pidió permiso al edecán para ver a la teniente general. Hubo que esperar un buen rato pero al final los hicieron pasar.
    Dentro los esperaba la bruja. Al entrar él vio a Gamora sentada a un lado con la mirada algo turbia, al parecer había bebido a juzgar por la botella de vino semivacía que estaba a su lado. En el centro del lugar estaba Linxx y a su alrededor habían un montón de hierbas y huesos. Un olor a azufre enrarecía la estancia pero el Obergrupenfürer se adaptó pronto.
    Las chicas se negaron a pasar pero los soldados las obligaron a hacerlo. Ya dentro de la tienda las pobres no levantaban la mirada del piso. Spriggan pudo ver el grado de alegría que aquella reacción causaba en la bruja que recorrió la fila de adolescentes con un largo cuchillo en su mano derecha. Entonces Linxx se detuvo frente a una de ellas y le levantó la barbilla con la punta del arma. Era justamente la mayor de las muchachas.
    – Esta no es virgen pero lograste traer a nueve. Bravo por usted Herr Spriggan – dijo la bruja -. Manda a que lleven a esta a las cocinas, no la voy a necesitar.
    El Obergrupenfürer asintió e hizo salir de la tienda a la seleccionada. Entonces Linxx dijo que iban a comenzar.
    – ¿Comenzar qué? – dijo él con dudas.
    – Comenzar a desatar el infierno – aseguró Gamora entre risas confirmándole que estaba ebria.
    La bruja agarró a la primera de las chicas de la mano y le hizo un corte a todo lo largo de la palma, luego le exprimió el puño para que la sangre goteara sobre el cráneo de una cabra. La muchacha lloraba temblando de miedo y otra del grupo se inclinó a vomitar cuanto tenía en el estómago. Luego Linxx soltó a su víctima y tomó a la siguiente. Una a una las fue llevando junto al cráneo y fue repitiendo el proceso hasta verter la sangre de cinco de ellas.
    Todos allí quedaron espectantes de lo que iba a ocurrir. La bruja dijo unas palabras en una lengua incomprensible y el aire comenzó a agitarse dentro de la tienda. Primero fue una brisa suave, luego un poco más fuerte que movía los objetos por el piso y por último era una ráfaga de viento que casi los hacía tambalearse. Eso duró alrededor de cinco minutos hasta que la brisa cesó tan súbitamente como había aparecido y el cráneo de cabra se consumió en llamas de forma espontánea.
    El hueso se carbonizó en segundos y los ojos de la bruja estaban inyectados en sangre de lo rojos que se veían. Linxx comenzó a decir las mismas palabras incomprensibles una y otra vez como sumida en lo profundo de un trance hasta que ya no era el monótono susurro del inicio sino gritos que rasgaban los tímpanos.
    Cuando la bruja se calmó alzó los brazos y salió de la tienda seguida por los demás. Por casi un minuto reinó la calma, todos esperaban que ocurriera algo, que cayera un diluvio, Puentegrado se hundiera en un hueco o que llovieran meteoritos pero allí no pasaba nada.
    – ¿Y ahora qué? – dijo Spriggan cuando no muy lejos de ellos un puño huesudo emergió de la tierra.
    Primero salió una mano, luego un brazo, luego otro brazo y después una cabeza con carne putrefacta que se desprendía a colgajos. Luego un cuerpo entero salió de la tumba usando un mohoso uniforme alemán y le siguieron muchos más. Los muertos salían de la tierra y volvían a caminar por todos lados. Algunos eran rusos, otros tan solo eran civiles difuntos, pero todos, sin excepción se lanzaron como una horda hambrienta sobre las defensas de la ciudad. Poco a poco eran miles de muertos vivientes los que caminaban hacia los soviéticos que miraban el espectáculo tan perplejos como si el mismo Satanás se hubiera aparecido por allí.
    Ningún muerto viviente atacó a un soldado alemán sino que todos marcharon hacia los rusos.
    Los soviéticos dispararon como dementes contra la tropa de seres endemoniados que venía hacia ellos. Las balas no los derribaban hasta que alguna los impactaba en la cabeza pero en cambio cuando los muertos vivientes alcanzaban a un ruso lo despedazaban para comerse su carne y sus entrañas. Fue un espectáculo horrible de ver, como la primera fila de defensores caía bajo las garras huesudas de los zombis.

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  27. Capitulo 11 «Llega la bruja»
    El oro del zar no fue un estímulo suficiente para sacarnos de la realidad porque esta era aplastante. El oro no se podía comer, mucho menos beber y servía de muy poco si uno estaba muerto. El enemigo estaba a las puertas y la defensa encarnizada nos devolvía muertos a montones.
    Por seguridad modificamos toda la organización de muestras defensas. Si el traidor de Rope iba a darle a Gamora los papeles que nos robó al menos teníamos que reforzar esos lugares por donde ella atacaría una vez que los viera y empezara a buscarnos puntos débiles.
    Esa mañana luego de recuperarme del descubrimiento en la iglesia le pedí a Jacque que me llevara en Jeep al distrito norte. Íbamos a darle un ojo al campo de operaciones. Llegamos detrás de nuestras líneas, un poco más allá estaban los alemanes peleando por avanzar una calle más. Jacqueline había traído un fusil Mosin – Nagant con mira de francotirador para ver en la distancia que tal iban las cosas. Estábamos cortos de binoculares.
    Subimos al último piso de un viejo edificio de oficinas. Desde allí se dominaba el combate que se libraba tras las barricadas al final de la cuadra. Jacque tomó el fusil y miró en la distancia gracias a la mira telescópica.
    – Hoy los alemanes no tienen mucho ímpetu, disparan para mantener la tensión pero nuestra ametralladora los tiene frenados en esa calle. Pasa lo mismo tanto a la derecha como a la izquierda – me dijo ella.
    Yo tomé el fusil y comprobé también, estuvimos de acuerdo en su conclusión. Los alemanes no estaban teniendo el éxito que ellos mismos esperaban. Luego de un primer golpe habían entrado a la ciudad pero la defensa calle a calle los tenía atrincherados en todos los agujeros posibles. Aunque estaban usando la artillería para hacernos daño ya para entonces Cantallov había hecho trasladar nuestros cañones y tanques para allí y los habíamos obligado a dispersar los de ellos pues con lo juntos que los habían colocado era difícil no dar en el blanco y destruirles alguno que otro.
    Jacqueline me pidió el fusil y se quedó apuntando un instante. Justo cuando la ametralladora nuestra comenzó a disparar ella tiró del gatillo y su disparo quedó enmascarado en el estruendo del combate. Sacó el casquillo tirando del cerrojo y sonreía contenta.
    – Un nazi menos del otro lado – me dijo con orgullo.
    Yo le pregunté si hablaba en serio pero ya ella estaba apuntando nuevamente. Su segundo dispararo al parecer fue igual de efectivo porque seguía con su sonrisa fija.
    – Soy hija de un pastor de los Urales camarada Gonkarenko. Se disparar desde que nací.
    Yo le decía que estaba engañandome pero ella siguió disparando como quien se entretiene y diciendo que estaba derribando alemanes. Se detuvo cuando consumió las cinco balas del Mosin – Nagant. Entonces nos fuimos.
    En la tarde volvió a ofrecerme volver al sector norte para verla disparar, esa vez llevando binoculares para yo ver su desempeño. Acepté el reto y le dije que si no le daba a ningún enemigo me tenía que dar dos latas de carne prensada. En cambio si lo que decía era cierto yo le regalaría mi revólver Nagant, que para mí era un estorbo pero que a ella le gustaba mucho. Hecha la apuesta nos fuimos en el Jeep hacia la segunda planta metalúrgica llamada «Octubre glorioso», donde los alemanes nos estaban atacando.
    Dejamos el carro a medio kilómetro del lugar y avanzamos. Jacque traía el fusil de francotirador, esta vez con un silenciador acoplado y dos grandes bolsos con munición y un par de botellas de vodka para pasar el rato. Yo en cambio traje mi automático PPsh y mi pistola Tokarev por si las cosas se salían de control. Así subimos al último piso de la planta «Octubre glorioso».
    En la oficina del director había una panorámica excelente del campo de operaciones. Los nuestros disparaban detrás de una trinchera que se extendía por todo el frente de la planta hasta tocar con el distrito norte. Los alemanes estaban situados en una trinchera en frente y tenían unas cuantos nidos de ametralladoras que estaban haciendo bastante daño.
    Tomé los binoculares y ví la escena con todo detalle. Las cabezas de los alemanes se asomaban de vez en cuando por la trinchera a disparar y los soldados de las ametralladoras a cada rato se exponían a alimentar el arma.
    Jacque se puso en posición y apuntó con paciencia. Me dijo que iba a acabar con la ametralladora que estaba en el medio.
    Yo esperaba con ansias mirando por los binoculares cuando ella disparó y el operario del arma cayó muerto, uno de los ayudantes dio un salto cuando su amigo cayó encima suyo y Jacque lo derribó de un tiro en el pecho y el tercero salió corriendo a alejarse de la ametralladora cuando un disparo lo alcanzó en la cabeza.
    Sacando el casquillo usado con el cerrojo Jacque se sirvió un trago de vodka y me miró con picardía.
    – Eres buena – le dije – creo que podrías dedicarte a esto.
    Ella se bebió el vodka de golpe antes de volver a ponerse en posición.
    – Ya hice esto antes, camarada – me confesó – pertenecí al segundo destacamento de francotiradores formado en el ’41.
    – ¿ Por qué acabaste dedicándote a la administración en Ikarus entonces? – le pregunté cuando disparaba de nuevo y soltaba una maldición por haber errado el tiro.
    – A un burocráta le pareció que había hecho las cosas por mi cuenta en lugar de cumplir las órdenes y me degradaron – admitió con amargura -. Salvé a mi pelotón del avance de los fascistas pero desatendí la defensa de mi estado mayor. Murieron un par de oficiales del NKVD. No me fusilaron de milagro.
    Eso era algo que yo no sabía. Le dije que sentía mucho lo que le había pasado. Eso la hizo reír. Pero ya para entonces había eliminado a los operarios de otra de las ametralladoras. Era realmente mortífera aquella mujer con un fusil.
    – Cantallov no tiene francotiradores de verdad – me comentó colocando otro cargador de cinco tiros en el fusil -. Esto es una ciudad con varios puntos altos, los fascistas están casi todos al nivel del piso. Estamos desaprovechando una oportunidad. Cuando estás en la trinchera disparando y ves que todos los que asoman la cabeza caen muertos tú por nada en el mundo asomas la cabeza, tus superiores tendrán que obligarte a punta de pistola. Si la cosa se prolonga en el tiempo un francotirador puede paralizar a todo un regimiento.
    En eso estuvimos de acuerdo. De hecho lo vimos en la práctica. Los operarios de las ametralladoras alemanas fueron eliminados, de las tres de ellas. Los nuevos operarios fueron igual de hostigados y llegó el momento en que ningún soldado quiso ocuparse de las ametralladoras porque comenzaron a creer que todo el que las tomaba recibía el disparo. Eso fue letal para ellos pues los nuestros arreciaron más. Incluso comenzaron a lanzarles granadas que los dañaron enormemente.
    Por desgracia la puntería de Jacqueline nos atrajo una atención no deseada. Los alemanes comenzaron a buscar de donde venían los tiros del francotirador. Cuando asociaron los disparos con el último piso de la planta metalúrgica comenzaron a ametrallarnos tan bien como podían. De pronto estar allí se hizo un poco más peligroso.
    Creyendo que ya la apuesta estaba decidida nos fuimos a la planta baja a acabar de bebernos el vodka.
    – ¿Te atreverías a formar un grupo de francotiradores? – le pregunté a ella -. Eres realmente buena y hemos visto el buen resultado que da usar tu técnica. Creo que es algo que debemos usar.
    Jacque se lo pensó antes de darme una respuesta.
    – Se me prohibió desempeñarme como francotiradora desde que me sancionaron – me confesó -. Pero supongo que eso no importa teniendo en cuenta que estamos solos aquí y eso ya no tiene importancia. Supongo que si Cantallov me crea las condiciones puedo ser una buena profesora de tiro.
    – Brindemos por Jacque, la profesora de tiro – dije alzando mi vaso con vodka.
    Ambos brindamos hasta que nos quedamos sin bebida. De regreso a la zona del estado mayor ella me acompañó a mi casa donde le di el revólver Nagant que prometí entregarle. Tenía una estrella roja estampada en la empuñadura de nácar y no tenía casi nada de uso. Me lo habían dado en reconocimiento a mi labor en el partido. Jacqueline se fue de allí contenta con su premio y yo me quedé pensando en cómo le sacaríamos provecho a la estrategia que Jacque me había planteado.
    Esa noche se lo planteé al mariscal y ambos estuvimos de acuerdo en que era algo a tener en cuenta. De inmediato me dediqué a buscar a los mejores tiradores de entre nuestra gente y reuní a unos quince. A todos ellos los armamos con fusiles Mosin – Nagant silenciados y se los entregamos a Jacque durante par de días.
    Supervisé los entrenamientos varias veces y me sorprendió la seriedad conque ella se tomó el asunto. Por desgracia no había mucho tiempo y los chicos debieron aplicarse para retornar pronto al campo. Además de darles una preparación física bien fuerte, Jacque los adiestró en el uso del fusil de cerrojo y en los fundamentos del disparo de precisión.
    Al tercer día ya los tenía asignados a cada compañía y realizaban labores de francotiradores. Eso cambió nuestra forma de hacer la guerra allí en la ciudad.
    Poníamos a los hombres a hostigar al enemigo desde lo alto de las azoteas de los edificios mientras los nuestros trataban de avanzar. Fue grandioso, en dos días expulsamos a los alemanes de la ciudad y los devolvimos a las primeras trincheras que habían creado alrededor de Puentegrado. Hubo encarnizados combates y muchas bajas pero el enemigo tuvo más. El uso de los francotiradores nos dio una ventaja insospechada. De hecho fue tan grande el aporte que Cantallov quiso ascender a Jacqueline a mayor y lo hizo en un acto público frente a todos los oficiales.
    Los nazis estaban nuevamente fuera de Puentegrado. ¿Pero que espectativas teníamos para quitarnoslos de encima? El tiempo sería el decisor.

    Cuando los últimos hombres se aseguraron tras las trincheras externas retrocediendo ante la ofensiva de los rusos Gamora sintió un poco de ansiedad. Faltaba poco para la fecha límite que le habían comunicado desde Berlín.
    Ropeh se había incorporado a su estado mayor, al igual que el Obergrupenfürer Spriggan. Algunos pelotones de las Waffen SS estaban teniendo éxito infiltrandose en las noches por las líneas enemigas para hacer sabotajes y sembrar la inseguridad pero se necesitaban golpes más concisos pues en la batalla no se veían resultados de peso.
    Ropeh vivía pidiendo organizar un ataque aéreo pero ya no habían aviones bajo su disposición. Los últimos dos cazas Messerschmitt habían sido asignados a Stalingrado donde eran más importantes.
    Spriggan quería lanzar un golpe frontal contra alguna entrada a la ciudad al costo que fuera para lograr una nueva brecha. No obstante el costo en bajas sería muy alto. Las cosas estaban empantanadas por allí. Había que hacer algo de peso para acabar con aquella gente. La mejor idea hasta entonces era envenenarles el único pozo de agua que tenían los soviéticos pero lo que no estaba claro era como los saboteadores lo iban a lograr con la fuerte vigilancia que el enemigo tenía montada.
    Esa noche al final de la reunió Gamora pidió que la dejaran sola. Estaba seria y estresada y se le estaba acabando el whiskey escocés por lo que decidió no beber. No soportaba el vodka que abundaba tanto por aquellos lares y su estado mayor no acababa de trazar un plan que sirviera. Era una mala combinación para estar sobria pero como la noche estaba tranquila comenzó a alistarse para dormir. Justo entrando en la cama algo en el aire le pareció raro. Un olor intenso, casi como azufre.
    Entonces una sombra negra comenzó a tomar forma mientras la brisa dentro de su tienda comenzaba a agitarse apagando el farol del techo. La penumbra que quedó fue contorneado una silueta encapuchada sosteniendo un largo bastón.
    Gamora tomó la pistola Parabellum que colgaba en su funda en la cabecera de la cama y apuntó hacia el extraño ser que había aparecido. Lentamente la teniente general se puso de pie con desconfianza.
    – Dime ahora mismo quien eres o juro que te meto una bala en la cabeza – dijo ella.
    La sombra encapuchada dio un paso atrás y un toque en el suelo con su bastón. Entonces el farol del techo volvió a encender su llama y Gamora pudo ver con claridad lo que tenía delante.
    Era una persona pero no se le veía el rostro. Usaba una larga túnica negra con una gran capucha. El bastón era de una madera retorcida y tenía marcas talladas en una lengua desconocida para ella. Lentamente la figura levantó un brazo y tiró hacia atrás la capucha descubriendo el rostro de una muchacha que no aparentaba más de veinte años pero que le sostenía la mirada con una seguridad que le ponía los pelos de punta. Su pelo era castaño y su complexión era un poco regordeta pero sin dudas era una chica aria. Ambas siguieron mirándose con seriedad hasta que la desconocida habló.
    – Mi nombre es Lynxx Bauer y soy hechicera al servicio del tercer Reich – comenzó a decir con una voz profunda y pausada -. Me envían desde Berlín.
    Aún así Gamora siguió con la Parabellum en alto lista para disparar.
    – No tenía ni idea de que el Reich tuviera brujas – dijo ella dibujando una discreta sonrisa -. ¿Han venido a arrestarme por alguna cosa de la que no tengo ni idea? Habla.
    La hechicera recostó su bastón a una mesa y apartó una silla para luego sentarse. Entonces miró a Gamora con severidad.
    – El Reich está en peligro, teniente general. No se lo debo recordar – dijo -. Berlín vio con buenos ojos su invasión a Ikarus pero considera que se ha demorado demasiado. La fecha de 45 días que se le dio fue un estímulo para obligarla a ser más eficiente pero ya vemos que no ha tenido éxito.
    Ya aquello comenzaba a irritarla de más.
    – ¿A qué has venido entonces? – gritó Gamora.
    – A tomar el mando de este ejército.

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  28. Capitulo 10. «Encuentros».
    Michael Michaelovich levantó los brazos al igual que Kamov y Tarazov cuando los soldados alemanes se les acercaron. Uno que era muy alto y fuerte los amarró a los tres con una soga y los miró con mucho desprecio.
    A Bramimchenko le sorprendió que ese otro también hablara el ruso fluido pero eso tampoco era tan raro. Siempre había simpatizantes del enemigo por algunos lugares que acababan cambiando de bando.
    – Ahora los vamos a fusilar, perros rusos – dijo el tipo alto y fornido.
    A ellos tres se le puso la cara muy pálida.
    – Soy el coronel aviador del ejército rojo Michael Bramimchenko y exijo mis derechos como prisionero de guerra al igual que los de mis compañeros – dijo con mucha gallardía.
    Eso provocó una carcajada de toda la tropa.
    El tipo alto rastrilló su subfusil MP 40 y los encañonó a los tres.
    – Caballeros ¿unas últimas palabras? – preguntó el gigante.
    – Malditos fascistas, ¡arderán en el infierno! – gritó Michael.
    – ¡Oh, un ruso cristiano! – dijo el alemán – yo creí que todos eran ateos aquí. Bueno, dejemosnos de jueguitos. Hasta nunca señores, prometo que les daremos sepultura.
    Entonces se escuchó una ráfaga larga y todos apretaron los ojos pero un instante después los tres seguían de pie y bien vivos sin un rasguño mientras el tipo alto reía a carcajadas.
    – Somos la tropa de destino especial «Los tigres de Saburov» camaradas – dijo un pelirrojo que de pronto tenía facciones más eslavas para Michael -. Yo soy Saburov y no estábamos seguros de que ustedes fueran rusos, hemos visto a tropas alemanas cerca de aquí usando el uniforme del ejército rojo para tomar aldeas que siguen ocupadas por sus habitantes y así tomarlos desprevenidos y matarlos. Hace nada pillamos a dos supuestos camaradas que apenas que los capturamos nos revelaron que eran en realidad oficiales de las SS, así que los fusilamos. En cambio ustedes sí son de los nuestros, me alegro de verlos y les doy la bienvenida. Vamos vestidos de alemanes porque nos encontramos a muchos fascistas muertos y tomamos la ropa, así se viaja mejor por aquí. Hay fascistas por todos lados.
    – ¿Para dónde va esta tropa camarada Saburov? – quiso saber Oscar Norelovich.
    – Vamos para Puentegrado, último bastión soviético en esta provincia – fue la respuesta.
    Aquello era perfecto, así que se unieron a los muchachos de Saburov. Michael advirtió que el pelotón de mujeres tenía chicas muy agraciadas. Por desgracia también advirtió que muchas ya tenían pareja entre los hombres de Saburov.
    Mientras caminaban por los montes les dieron uniformes alemanes para que se cambiarán y así lo hicieron. Ya más adelante Michael marchó junto al jefe del grupo para enterarse de lo que había ocurrido por la zonas más alejadas de Mondursk. Así supo de la desgracia de la tercera división de Tortolov y de la gran oportunidad que se había perdido para sacar a los alemanes de Ikarus.
    Michael les habló de lo difícil que se estaba tornando la defensa de la ciudad y de la situación que él tenía con sus aviones. De paso le preguntó a Saburov quien era la hermosa rubia que les había hablado cuando la tropa tropezó con ellos tres.
    – ¿Está casada la chica? Tiene una bonita personalidad – dijo Bramimchenko con picardía.
    Saburov lo miró mientras aguantaba una carcajada. Sin embrago habló con naturalidad.
    – Creo que se refiere a la capitana Yekaterina Fiodorova. Muy bella sin dudas. Es mi mujer por cierto.
    Bramimchenko palideció un instante pero Danxx le dijo que no se preocupara.
    – En mi pueblo – le dijo Saburov – allá en Leningrado, tenemos un dicho camarada coronel: «el que se casa con mujer bonita vive asustado toda la vida». ¿No cree que es así? Es el precio que hay que pagar por una chica linda.
    – Sin dudas camarada, sin dudas – respondió Bramimchenko.
    Esa noche se sentaron junto al fuego y compartieron un poco de vodka. Bramimchenko hizo todo tipo de historias junto a sus nuevos amigos, cuentos de sus hazañas como aviador, de sus penurias en la guerra y de cómo administraba un aeródromo. Todos quedaron encantados cuando habló de esa vez en que derribó un Junkers y aterrizó el avión sin combustible y el motor apagado tan solo planeando. De hecho una adorable muchacha pecosa lo miró con admiración durante todos sus cuentos.
    Michael habló con la chica que se llamaba Nadia Lenochka cuando ya la multitud iba a descansar y los guardias a vigilar el campamento. Ella le preguntó si sus historias eran ciertas y él le aseguró que sí.
    – ¿Me enseñarás un avión si llegamos a Mondursk? – preguntó ella.
    – Todos los que quieras – aseguró Michael – pero quién sabe si lleguemos vivos allá.
    Ella se mordió los labios y sonrió nerviosa.
    – Entonces hay poco tiempo que perder camarada aviador – le aseguró ella antes de besarlo.
    Esa noche Michael fue muy feliz cuando pudo compartir la manta con una mujer por primera vez en ya varios años. Cuando despertó ella ya se había ido pero la vio temprano junto a las otras chicas del pelotón de Fiodorova recogiendo su mochila. Nadia lo saludó de lejos y le dedicó una dulce sonrisa que le resultó adorable. Michael quedó sonriendo como tonto cuando Roger Constantinovich le dio un empujón que lo hizo salir de su letargo.
    – A los héroes enamorados los matan fácil por andar pensando boberías Bramimchenko – dijo su amigo entre risas.
    – Pura envidia que me tiene camarada – contestó él – pura envidia.

    Al anochecer Gamora escuchó la voz de su edecán que le pedía permiso para entrar a su tienda. Cuando lo hizo pasar el hombre la saludó y dijo que tenía una noticia importante.
    – ¿Qué diablos pasa? – quiso saber ella acabando un trago de un excelente whiskey escocés reclinada en su sofá.
    – Nuestras fuerzas han interceptado a un oficial ruso en un Jeep. Afirma ser un espía nuestro que estuvo entre las filas rusas y que tiene información para usted. Habla muy bien el alemán y le manda a decir que recuerde a su amigo Von Neumann que le regaló un anillo en Dresde.
    Gamora esbozó una sonrisa pícara y le dijo a su edecán que trajera ante ella de inmediato a aquel desertor.
    Cuando el hombre entró Gamora corrió a abrazarlo.
    – Ropeh, hace años que te daba por muerto viejo amigo.
    Él se puso colorado en cuanto ella lo apretó con los brazos. Sin dudas que estaba más canoso y un tanto más grueso pero era el mismo.
    – ¿Recuerdas cuando pasamos dos días en Hamburgo en aquel hotel horrible cuidando a tu tía? Por dios, parece que fue hace mil años cuando yo era solo una niña y tú te graduabas en tu especialidad en lenguas extranjeras. ¿Aún tienes la casa en Dresde? ¿El viejo Hans aún vive? Por dios, disculpa que te agobie con preguntas, es que tenemos mucho en lo que ponernos al día. ¿Quieres comida? ¿Té? ¿Whiskey? Dime lo que sea y te lo traigo…
    – Calma, calma Gamora – dijo él sonriendo- tenemos mucho de que hablar. Tengo antes que nada una importante información para ti.
    Ambos se sentaron frente a frente y ella mandó a traer un café bien cargado para los dos.
    – Primero dime cómo te salvaste, Ropeh. Lo último que supe de ti es de antes de la guerra. Eras un adjunto diplomático en nuestra embajada en Moscú pero según tengo entendido la inteligencia rusa te apresó en los primeros tiempos acusándote de actividades clandestinas contra el gobierno. Todos pensamos que habías muerto hacía años en algún campo de prisioneros.
    Ropeh tomó un poco de aire antes de hablar.
    – ¡Oh, pequeña! – comenzó a decir -. Cuantas cosas han pasado. El Reich me dio como tarea recolectar información sobre personajes importantes de la cúpula soviética – Ropeh siempre había sido un gran oficial de inteligencia, no esparaba menos -. Esa fue mi tarea desde que puse un pie en Moscú – continuó él con voz pausada -. Durante mis años allí lo hice muy bien. Asistía a todos los grandes eventos, caractericé a muchos de los altos cargos militares y políticos y suministré una información de inteligencia sumamente valiosa sobre la forma de pensar de nuestros vecinos. Sin embrago al iniciar la guerra los soviéticos trataron de acusarme de organizar actos terroristas. Fui arrestado y acabé en los sótanos de la Lubianka, si me preguntas fue una estadía muy confortable.
    Eso hizo soltar una carcajada a Gamora.
    – Sigue, sigue. ¿Como acabaste metido en el ejército ruso, Ropeh?
    Ella esperaba sus palabras con ansiedad como una niña que ve a su tío favorito.
    – Acabé en la Siberia picando piedras durante tres años – dijo él evocando un recuerdo visiblemente doloroso -. Pensé que mis días estaban destinados a la monotonía y el suplicio de morir en aquellos campos de trabajo. Pero un buen día un grupo de guardias me ayudó a escapar. En realidad eran agentes nuestros. Me llegaron nuevas órdenes desde Berlín. Así me convertí en el capitán Rope Vasilievich Korchaguin, oficial del comisariado para asuntos internos, el NKVD. Mis grandes estudios sobre lingüística y mi doctorado en literatura y lengua rusa fueron de gran ayuda para encarnar a un simple profesor moscovita veterano de la guerra civil y oficial de la inteligencia soviética. Para eso usé la preparación que me dió el SD allá en nuestra patria. Comencé a trabajar en unidades militares y nadie notó jamás que yo era un personaje inventado. Me gané responsabilidades e incluso condecoraciones, de paso recolecté información militar sobre las producciones de armas de la URSS y su desarrollo tecnológico. Gracias a mi llegaron a Alemania planos de complejos industriales y de prototipos de nuevos aviones y tanques. Fue una lástima acabar con mi labor dentro del ejército rojo pero es cuestión de días para que acabes con esos rusos y no iba a quedarme a que me mataran los míos. Desde que supe que al frente de esto venía mi amada amiga Gamora no veía la hora de cambiar de bando. Ahora soy yo quien tiene preguntas para ti.
    Gamora terminó su café y lo miró aún contenta.
    – Soy un libro abierto para ti. Pero solo por hoy – dijo ella con picardía.
    – ¿Por qué tomar Ikarus cuando hay zonas mucho más importantes que te habrían dado más ventajas que un desgaste en esta capital provinciana llena de bosques y aldeas. ¿Por qué te empecinas por tomar Puentegrado cuando lo puedes obtener dejándolos morirse de hambre tan solo sitiando la ciudad?
    Ella se mordió los labios y tomó aire antes de hablar.
    – A mi me mandaron específicamente a tomar este moridero de lugar y ni yo sé por qué, igual no iba a protestar – dijo la teniente general-. El fürer ha tenido una conducta herratica últimamente y han habido varias purgas dentro de nuestra organización, eso lo sabes. No soy tonta de rechazar una orden. La campaña en Rusia se está perdiendo a pasos acelerados y Paulus está a casi nada de ser aplastado en Stalingrado. Las batallas son carnicerías horrendas a tan sólo unas millas de aquí. Me gustó la orden, dije: mira una provincia controlada por los soviéticos y que no le importa a nadie, será algo sencillo y así ocupo a mi gente mientras lo más duro recae en otros. A fin de cuentas me han felicitado por lo que he hecho aquí y he preservado a la mayoría de mis tropas. Tomar Puentegrado es ya una cuestión de orgullo, esos soviéticos se me han resistido demasiado y debo enseñarles quien manda. Pero lo cierto es que Berlín me dio un plazo de 45 días para tomar la plaza. Me van quedando dos semanas ¿Alguna otra pregunta amigo mío?
    Él se puso un poco serio y tomó un sorbo de agua para limpiar el paladar luego del café.
    – Dime algo y quiero la verdad niña. ¿Crees que la guerra acabará favorable para nosotros?
    Ella se tomó un instante para pensarlo.
    – Mientras los aliados no acaben de desembarcar es posible que ganemos – dijo ella.
    – No habló de favorable para el Reich. Me refiero a favorable para nosotros.
    Ella no tardó un segundo en dar su respuesta.
    – No, probablemente acabe muerta en una batalla atroz o víctima de alguna purga dentro del ejército. He subido a lo más alto siendo muy joven. Mucha gente espera con ancias verme tropezar para pisotearme y hacerme caer.
    Ropeh asintió y le entregó un papel a Gamora, era una vieja hoja escrita a mano en ruso.
    – ¿Qué es esto? – dijo ella sin entender.
    – Yo tampoco tengo mucho futuro dentro del Reich vieja amiga – se lamentó él -. Soy un recuerdo del pasado que muchos querrán eliminar si regreso a Alemania. Ya no sirvo de espía y el SD ya debe ser muy distinto para un viejo lobo como yo.
    – ¿Qué me quieres proponer pícaro? – preguntó Gamora maliciosa.
    – Tienes en tus manos la orden de enterrar bajo el púlpito de la iglesia de Puentegrado mil lingotes de oro propiedad del difunto zar Nicolás Romanov por parte de un general de la guardia blanca en tiempos de la guerra civil. Toda una fortuna que podemos usar para comenzar una nueva vida en Suiza. Tengo documentos muy útiles sobre los inventarios de esos ingenuos soviéticos, estado del armamento, municiones, logística, lugares poco vigilados. Te serán útiles para el asedio. Yo te aseguro que ese tesoro sigue ahí, la pregunta es ¿puedes conseguir lo necesario para llevarnos a ti, a unos compañeros discretos y a mi a un lugar seguro donde cambiar nuestros nombres?
    Gamora preparó dos tragos de escocés y le entregó uno a Ropeh.
    – Tú garantiza que ese oro siga ahí que del resto me encargo yo – aseguró ya emocionada.
    Entonces brindaron chocando el cristal de los vasos.
    – Por la nueva vida – dijo él.
    – Por la nueva vida – repitió Gamora.

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  29. Capitulo 9. «Un tesoro de los Romanov».
    Cuando sonaron las explociones Gamora despertó sobresaltada. Salió de la cama con miedo de lo que podría pasar y se vistió con apuro. Cuando ya estaba lista Herr Miller tocó a su puerta y ella lo dejó pasar.
    – Un ataque aéreo mi señora – dijo él – un bombardero ruso, está rondando la ciudad ahora mismo. Prácticamente destrozó los hangares. Perdimos casi toda la aviación que nos quedaba.
    Ella se sintió sumamente molesta pero ya solo quedaba resolver el problema. De inmediato mandó a reunir a su estado mayor. Todos le decían que no se explicaban como había ocurrido algo así pero ya ella había comenzado a creer que estaba rodeada de ineptos.
    Cuando la teniente general se paró frente a todos luciendo su uniforme completo y una expresión severa no hubo quien se dignara a subir la cabeza.
    – ¿Siguen volando sobre Ikarus esos infelices? – quiso saber con rabia.
    – Aún lo hacen, excelencia – contestó un asesor – igual ya contactamos a dos de los cazas que se encontraban en el aire cuando esto comenzó. Me han confirmado que en minutos ya deben estar llegando para derribarlos.
    En efecto los cazas llegaron pero el daño ya estaba hecho. El avión ruso se retiró huyendo de los Messerschmitt pero ya para entonces la cuantía de los daños era incalculable. Los dos aviones que perseguían al bombardero soviético eran los únicos que quedaban bajo su mando. El resto de una flota de doce aeronaves había sido destrozado en tierra. Todo había sido pasto de las bombas y las llamas. La situación allí se había salido de control. Fue entonces que Gamora decidió no esperar ni un minuto más y lanzarse con todo hacia esa plaga que era Puentegrado. Ya tan solo faltaban treinta días para el cumplimiento del plazo y ella no iba a perder su puesto por una divisioncilla insignificante.
    Esa mañana la teniente general salió a la calle a organizar sus planes. De entrada ese día mandó a fusilar a todos los hombres prisioneros en su poder por ser potenciales colaboradores de los soviéticos. Más de quinientas personas fueron ametralladas en la mañana, la cantidad de muertos por esa órden llenó dos camiones.
    Luego, Gamora mandó a organizar todas las brigadas SS que quedaban bajo su mando junto a una compañía de tanques y carros de combate. Al mediodía, bajo un sol implacable, la teniente general partió en un Jeep junto al Obergrupenfürer Spriggan al frente de toda aquella tropa. No iba a quedar piedra sobre piedra en aquella maldita ciudad que se resistía a doblegarse ante ella.
    Por el camino fue viendo a otras tropas suyas que protegían la región. Prácticamente toda la provincia estaba en sus manos pero un error de peso en Puentegrado podía poner las cosas en su contra.
    Ya bien entrada la tarde las tropas alemanas fueron llegando a rodear la ciudad. Gamora instaló su puesto de mando en lo alto de una montaña donde se divisaba perfectamente todo el campo de batalla. Los combates seguían hasta ese minuto con normalidad pero ya era hora de subir un poco el nivel.
    La compañía de tanques se emplazó en fila frente al ala norte de la ciudad. Gamora disfrutó viendo cómo los rusos miraban el espectáculo que se preparaba para ellos. Aquello les iba a molestar pero ese era el objetivo. Herr Miller le había recomendado hacer aquello, además de traer todos los cañones que se pudieran. La artillería les haría unas cuantas bajas y destrozos a esos desgraciados.
    Los pesados cañones comenzaron a disparar al igual que los tanques. Una lluvia de artillería les cayó encima a los defensores. Por doquier las casas se derrumbaban y las calles se hacían pedazos. El trabajo de los cañones duró más de media hora, la destrucción del ala norte estuvo completa. La defensa de los rusos tuvo que retroceder buscando ponerse a salvo de la artillería y en ese momento Gamora mandó que los hombres entraran a Puentegrado para conquistar todo lo que el enemigo retrocediera.
    Las tropas SS entraron a la desbandada acabando con los últimos enemigos que quedaron por allí. La brecha estaba abierta, el ala norte era suya. Ahora solo restaba avanzar más.

    Jacqueline me avisó por teléfono que el ala norte de la ciudad había caído en manos del enemigo y que los nuestros estaban conteniendo a los alemanes a seis cuadras de las plantas metalúrgicas donde estaba mi destacamento.
    De inmediato me fui con mis hombres para encontrar una escena difícil de ver. Los nuestros apenas si podían responder al fuego nutrido de las ametralladoras enemigas. Dispuse los refuerzos donde más se necesitaban y comenzamos a disparar. Por la calle de al lado se acercó otro grupo nuestro y del lado contrario otro más. De repente habíamos contenido el avance de los nazis frenandolos en seco. El combate era infernal pero lo peor se había prevenido, que era la toma de la ciudad.
    Dejé todo preparado y tomé un Jeep hasta el estado mayor del mariscal.
    – Han tomado toda el ala norte, Cantallov, trajeron artillería pesada y acabaron con todo – le comuniqué pero obviamente él ya lo sabía.
    Él me miró con cansancio y me dijo que ya había mandado morteros y hasta un tanque a frenar el avance.
    – Ahora sí vinieron con todo – dijo el mariscal.
    La defensa sería encarnizada en los siguientes dos días, pusimos barricadas para frenar el avance en cada calle y callejón pero el ambiente allí era el de una ratonera. Se peleaba casa a casa y nos consumiamos en una monotonía mortal. Ellos avanzaban y luego los hacíamos retroceder pero luego todo volvía a empezar. El distrito norte de Puentegrado se volvió una especie de frontera con la cual nos vimos obligados a lidiar.
    Mientras nosotros nos rompíamos los sesos para mantener a la gente combatiendo el oficial de la NKVD no nos la ponía fácil. El camarada Rope nos comenzó a visitar pero para recordarnos que habíamos perdido una parte de la ciudad y que eso era culpa nuestra por no haber puesto una mejor defensa. Nos vivía amenazando de mandar un informe a Moscú con sus superiores, yo la verdad no sabía cómo haría llegar ese informe pero al compañero no se le podía molestar pues ante nada le debíamos respeto. Por suerte cuando nos acostumbramos a pelear todos los días en el norte de Puentegrado Rope se dedicó a sus asuntos y la verdad que no le dimos mucha atención.
    Estábamos muy ocupados en la guerra, por eso, cuando el hombre se puso a registrar noche y día los archivos de una antiquísima iglesia ortodoxa abandonada que estaba en el centro de la ciudad nos dimos por felices de no tener que verlo en las reuniones.
    Así las cosas estábamos hundidos en un lodazal de proporciones bíblicas, Gamora nos tenía donde nos quería. Ni nosotros mismos dudabamos que teníamos los días contados.
    Por suerte Jacque había guardado una reserva personal de vodka. Nos reuníamos a las ocho de la noche el mariscal, Jacqueline, la doctora Romansky, y yo. Luego de ver cómo se habían portado el día nos sentábamos en silencio a compartir una botella. Confieso que Luthien y Jacque tenían mejor hígado que nosotros, ya ni el vodka las inmutaba.
    Fue a la semana de asedio cuando nos despertamos con la noticia de que se habían robado un montón de documentos de nuestro estado mayor. Eran mapas con nuestras posiciones de defensa bien explicadas y casi todo nuestro inventario de cosas, desde comida hasta balas, si esa información estaba en manos del enemigo nos iban a dar una paliza muy pronto.
    ¿Pero quién pudo haber burlado la seguridad que habíamos montado? Los guardias nos dijeron que el compañero Rope había entrado al edificio en medio de la madrugada pero que era común que lo hiciera cuando quería revisar los informes. ¿Para qué Rope iba a llevarse papeles tan importantes? Nadie más había entrado esa noche así que solo podíamos ir a preguntarle al oficial de la Checa.
    No encontramos a Rope por ningún lado, luego nos enteramos de todo. Llegaron dos soldados desde la entrada sur, uno de ellos herido en el hombro. El camarada Rope había pedido permiso para salir fuera de la ciudad en un Jeep del estado mayor. Los guardias se habían negado a dejarlo salir por las órdenes del mariscal sobre prohibir la salida de nadie que no tuviera un salvoconducto firmado por él. El hombre se había puesto muy molesto pero como igual no logró que lo dejaran pasar lanzó el carro contra la valla de madera que cerraba el paso y además le había disparado a uno de los soldados.
    ¿Rope era un espía? Nunca lo hubiéramos pensado pero todo parecía indicarlo. Buscamos en su habitación y encontramos muy poco salvo un montón de libros sobre la vida del difunto zar Nicolás segundo. Al parecer era aficionado a eso. Entonces se nos ocurrió ver en la iglesia ortodoxa en la que vivía metido en busca de algo más esclarecedor.
    Solo cuando vi la iglesia por dentro recordé una vieja leyenda de mi familia. Siempre en mi casa me contaron que luego que la famila real fuera fusilada en Ekaterimburgo un general de la guardia blanca había robado una fortuna en lingotes de oro pertenecientes a los destronados Romanov. El general fue perseguido por el ejército rojo hasta ser exterminado junto a su tropa en una batalla campal con miles de muertos. Pero nunca más se supo qué había pasado con todo ese oro. Mi abuela siempre dijo que el general blanco había escondido su gran fortuna debajo de la iglesia de Puentegrado en octubre de 1919 antes de salir a batirse con el batallón del mariscal de la Unión Soviética Antón Petrovsky, batalla de la cual nunca volvería. Nadie le creyó nunca a mi abuela pues para entonces Puentegrado había sido exterminada por la guardia blanca y ningún habitante había vivido para contar lo que hicieron allí los antisovieticos. Pero ella murió diciendo que aquella fortuna estaba en ese lugar porque se había pasado los cuatro días que Puentegrado estuvo ocupada por los blancos escondida en el ático de la iglesia y vió como enterraban el oro bajo las tablas del suelo. Tras la guerra nunca más alguien osó romper el entablado del templo por miedo a castigo divino y así habían quedado las cosas.
    Le comenté todo a Cantallov y él soltó una carcajada.
    – ¿Te parece que la afición de Rope a la historia del zar y su obsesión por registrar la iglesia tienen algo que ver con esa historia de tu abuela camarada comisario?
    Solo estábamos él y yo esa mañana parados sobre el púlpito del templo así que lo miré con absoluta seriedad.
    – Mariscal, ¿nunca te resultó extraño que el tercer ejército viniera con tanto afán a tomar Ikarus? Esta provincia no define nada en el curso de la guerra. Al contrario, desplazó las acciones hacía un terreno desfavorable y obligó al enemigo a devolver territorios que llevaban meses en su poder. Esa Gamora vino aquí por algo que no conocemos y creo que se trata de lo que está enterrado en este lugar.
    Él asintió en silencio, vi que lo había hecho pensar. Pero no acababa de tomarme en serio.
    – Aquí no hay nada Gonkarenko. Rope era un espía que nos hizo mucho daño y punto, su afición a la historia no define nada. Lo otro son suposiciones tuyas – dijo riendo.
    – Te daré mi ración de vodka por tres meses si cavamos aquí y no hay nada – afirmé.
    Él lo dudó un instante sonriendo.
    – No voy a poner a hombres cansados de pelear en trincheras a romper tablas del piso de una iglesia. Muchos dirán que es una blasfemia y un pecado – dijo ya pensándolo fríamente.
    Al final decidimos hacerlo y trajimos a Luthien y a Jacque para darnos ánimos. Era ya de noche y colgamos unos cuantos faroles. Dimos orden de no ser molestados. El mariscal y yo nos quitamos las camisas y tomamos unos buenos picos además de unas palas. Jacqueline había traído un poco de queso y una rueda de jamón para acompañar un buen vino que había guardado para la ocasión. Luth y ella se pusieron a charlar mientras nosotros jugábamos a la minería.
    – ¿A qué hora damos por terminada la búsqueda del tesoro? – preguntó Jacque con una de sus risas habituales – Digo, porque mañana hay que trabajar y me aburre ver a dos tipos sacando tierra toda la noche.
    – Cavaremos hasta que seamos ricos – dije yo para hacerla reír más aún.
    – Brindo por eso camaradas – dijo la doctora Romansky con su copa en alto – sepan que los apoyamos al cien por ciento, con un apoyo moral, claro está. Yo no puedo con una pala.
    Tras dos tragos de vodka para calentar la sangre comenzamos a romper el piso allí donde me había dicho mi abuela, a la derecha del púlpito.
    Nos tiramos dos horas y no encontramos nada.
    – Ya vámonos de aquí – dijo Cantallov pero lo convencí de probar a la izquierda.
    Cavamos dos horas más hasta chocar con lo que parecía ser una gran caja de madera. Rompimos unas tablas con las palas y vimos algo que brilló en el fondo. Metí la mano y saqué nada más y nada menos que un lingote de oro con el emblema de la familia real.
    – ¡Oh por dios! – exclamé -. Encontramos el oro del zar.
    Cantallov estaba como aletargado, luego Luth y Jacque vinieron corriendo.
    – ¿Es oro de verdad? – dijo Luth y le dimos un lingote para que lo comprobara.
    – ¿Qué haremos con esto? – preguntó Jacque – ¿Se supone que tenemos que entregarlo a Moscú?
    Todos nos miramos fijamente al oír eso de entregarlo a Moscú.
    – Creo que debemos esconderlo aquí igual que estaba y prohibir la entrada a la iglesia hasta nuevo aviso – dijo el mariscal -. Nadie fuera de este estrecho círculo sabrá que esto existe. Los alemanes están aquí por esto y no por nada más. Ya tenemos suficientes problemas como para tener hombres queriendo llevarse un lingote de oro. ¿Entendido?
    Todos asentimos en silencio y nos llevó casi toda la noche volver a poner la tierra en su lugar. Para encubrir el entablado roto pusimos una montaña de libros y trastos encima. Con el aspecto ruinoso que tenía todo allí no llamaba la atención. Entonces salimos bien tarde en la madrugada para dormir al menos una hora antes del día siguiente. Sin embrago solo pensábamos en la fortuna que teníamos entre manos.

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